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lunes, 19 de septiembre de 2016

DE LA MAQUINA DE COSER SINGER QUE ME PERSEGUIA EN SUEÑOS AL COMPLEJO DE CASTRACION


 
A razón del título que acabáis de leer, os preguntaréis...¿Qué relación puede haber entre una máquina de coser y el llamado Complejo de Castración, término acuñado por Freud y perteneciente a la teoría psicoanalítica?. Pues bien. Me atrevo a responder que más de lo que en apariencia pueda pensarse. Si bien, antes que nada, me gustaría incidir sobre una cuestión importante. Y es la siguiente: queda muy lejos de mis pretensiones difudir una visión estereotipada acerca del Complejo de Castración. Me he cuidado de no introducir clichés ni  hablar sobre cuestiones banales. A nivel popular y de calle, es obvio, siempre abundan los convencionalismos, las críticas hacia el Psicoanálisis, la práctica del empirismo, el chiste fácil, etc. Pero mi pretensión particular ha sido la contraria. Por ello, me he visto en la obligación de intentar no caer en posiciones demasiado esquematizadas, evitando que la simplicidad y la banalidad puedan influir negativamente sobre el carácter científico de los términos y conceptos desvirtuando su verdadero sentido, así que he intentado referirme a ellos con la mayor objetividad posible dentro de mis limitaciones. No puedo prometeros un análisis pormenorizado como especialista, pues no lo soy. Como neófita, podré tener aciertos, no lo pongo en cuestión. Es bastante probable que haya sido capaz de defender con un mínimo de objetividad la exposición de determinadas conclusiones personales a las que he conseguido llegar, con independencia de haber tenido que realizar un trabajo de documentación que se corresponde con las cuestiones principales de la teoría general del Complejo de Castración. Pero desde el conocimiento profesional, os adelanto que es imposible. Así que os pido por favor que me disculpéis si en relación a este objeto de estudio he podido incurrir en imprecisiones o errores respecto del Psicoanálisis y el tema que se va a abordar. He querido establecer esta línea de demarcación de antemano y también dejar claro que no soy psicóloga, psiquiatra o facultativa, aunque sí un poquillo autodidacta.

Dicho esto, voy a comenzar...

La idea de hacer este post surgió tras leer un artículo publicado en un magnífico blog amigo, Ensayísticamente Hablando . De los ensayos de su autora, Carmorán, soy lectora habitual. El artículo al que me refiero en realidad está dividido en dos posts: Coppelius: la atracción inconsciente hacia el miedo (I)Coppelius: la atracción inconsciente hacia el miedo (II)
Os invito a que leáis estas dos entradas, son muy interesantes. Como trasfondo nodular se analiza todo lo que rodea al cuento de Coppelius, de E.T.A. Hoffmann, historia literaria que describe el tipo de temor que siente su protagonista, el niño Nathaniel, hacia la figura de El Hombre de Arena. Sin embargo, la cosa no acaba ahí. Ese miedo incipiente llegará a convertirse en el hilo conductor de su vida personal como adulto, afectando a diversas áreas sociales. Bueno, no voy a detenerme aquí a desarrollar ambos artículos, prefiero que los leáis directamente entrando en la fuente original y que extraigáis vuestras propias conclusiones. Tan solo precisar que ambas lecturas han sido las propulsoras de mi particular ensayo, el mismo que aquí os muestro.

El elemento primario entrelazado con la teoría científica es una vieja máquina de coser de la marca Singer, el prototipo comercial más utilizado en tiempos del régimen franquista por las amas de casa de la época. Perteneció a mi abuela y fue un legado generacional que mi madre no dudó en acoger con sumo gusto y laboriosidad.


Me parece curioso señalar que yo jamás he necesitado coser y tampoco he experimentado la vocación para ejercer tan honrada actividad, con la excepción del aprendizaje de punto de cruz que me impusieron las monjas en el instituto religioso donde cursé la E.G.B. Lo que sí presentí desde pequeña al observar a mi madre en sus labores, fue que el artilugio que conseguía remendar las rodilleras de los pantalones y las coderas de mis suéteres y chaquetitas de niña, era considerado una pieza clave en el hogar por parte de todo el mundo. Eran tiempos de ahorro, de trabajo artesanal, de bricolage casero y amor doméstico, elementos intrínsecos que se justificaban también por el tipo de economía, aunque en mayor medida por criterios costumbristas y de rol de género. Por ir al fondo de la cuestión en este aspecto, añadiría que el factor educacional propio del Patriarcado y que limitaba coercitivamente la libertad e independencia de las mujeres, era a su vez un componente costumbrista, pero hasta ese momento incuestionable y ligado inexorablemente a la ideología y al contexto histórico-social en una etapa donde el género femenino no había alcanzado apenas cuotas de autonomía. En cualquier caso, las libertades públicas y los derechos individuales adquiridos durante la II República habían sufrido un intensificado retroceso debido a  los años de Dictadura, como todos sabemos. Por supuesto, la evidencia sociológica y política de este argumento, se sostiene por su propio peso. Prácticamente nadie se atrevería a negarlo a día de hoy. Por aquel entonces tenías claro que solo te ibas a encontrar un porcentaje reducido de mujeres disfrutando de cierto grado de independencia. Si jerarquizamos la edad, lo determinante en edades superiores a los treinta y cinco - cuarenta años era depender económicamente del marido, una imposición del Estado que se matuvo hasta bien entrada la década de los setenta, unos años después del inicio del aperturismo. Creo que el motivo de explicar esta problemática, aunque parezca una redundancia histórica innecesaria, tiene un efecto muy concreto, porque así puedo aportar una causa adicional a la aparición del ingrediente psicológico que después cobrará vida a la hora de reafirmarse como uno de los protagonistas de mi niñez, esto es, el terror nocturno asociado a una identidad clásica: el hombre del saco.

Efectivamente, a mi modo de ver, de forma pueril, pues tan solo contaba con cuatro o cinco añitos, me había autoconvencido de que el hombre del saco existía personificado en la figura misteriosa de la máquina de coser de mi madre, una Sínger de color negro que andaba mediante un soporte de ruedecillas y que tenía capacidad de orientación independiente. Esa era la conclusión, pues muchas noches repletas de sueños lúcidos la máquina era capaz de salir por sí sola del cuarto de costura y pasearse por la casa en dirección a mi habitación.

Atendiendo al concepto psicoanalítico del Complejo de Castración, Freud lo define como el temor a la pérdida del pene en los niños. En el caso de las niñas, esta conjetura iniciática que se convierte en una realidad pragmática a través de la observación de sus propios órganos y de percibir la carencia del elemento fálico, queda supeditada a la creencia temporal de que no se tiene pene porque o bien debe ser más pequeño y no se ve, o bien porque todavía tiene que crecer. 

El concepto fue descrito originariamente por Sigmund Freud en 1908, en un documento titulado "Sobre las teorías sexuales infantiles". Aunque había sido citado superficialmente en el libro "La interpretación de los sueños", también de Freud. 

Cuando la amenaza de castración se convierte en un hecho consumado, la apreciación de que el falo nunca llegará a reproducirse en el cuerpo femenino recrudece la mala relación o la visión negativa hacia la madre por parte de las niñas. La amenaza de la pérdida en los niños mantenida en el tiempo pero sin llegar a producirse nunca, es un factor clave que retroalimenta el final del proceso, el Complejo de Edipo. En las niñas se deriva hacia la creencia de que la madre es quien ejerce la castración. La versión femenina que demarca la identidad del progenitor castrante, en este caso la madre, se reconduce hacia el llamado Complejo de Electra. 

En cualquier caso, el Complejo de Castración no deja de ser una nueva y consecuente fase de desarrollo, de evolución de la psiquis ligada a la sexualidad, un acontecimiento no solo cronológico, sino mental, asociado y vinculado a la formación psico-fisico-social dentro del proceso de maduración. Pero si se añaden agravantes circunstanciales que operan contra la autoestima y la aceptación identitaria del niño o de la niña, tales como la intolerancia o el castigo paternos en distinto grado, la angustia puede comenzar a ser un factor determinante en el proceso; en algunas ocasiones, un condicionante negativo que afectará a la vida adulta. Todo dependerá del tipo de relación que perdure durante las primeras etapas de la infancia, - el temor a la castración suele ocurrir entre los tres y los cinco años-, de si el padre y la madre han sabido comprender las reacciones naturales de los infantes, si se han tratado las manifestaciones de la sexualidad fálica infantil con la sencillez y naturalidad que se requiere en una fase tan temprana, donde la comprensión y el entendimiento respecto del propio cuerpo y sus señales fisiológicas son premisas indisolublemente necesarias y adaptativas.
  
Cuando el niño o la niña se autocensuran en su comportamiento, siendo como es la actitud de negación hacia el padre o la madre marcadamente inconsciente, inevitablemente deberá aflorar alguna huella residual en su psiquis infantil. El problema se convierte en estructural cuando la angustia no se libera emocionalmente por completo y crea algún tipo de condicionamiento posterior, influenciando de alguna manera la futura conducta.

En una niña, el factor temporalidad en cuanto al inicio del conflicto es diferente. Al principio, el niño siente el temor de la castración y todo queda ahí, no hay consumación porque el hecho no se ha producido, éste puede visualizar su propio órgano masculino. Es susceptible de sufrir la inducción a la perdida imaginaria, programada, en todo caso a efectos de riesgo, según la creencia particular del niño. Pero solo en términos especulativos o de posibilidad incierta. El Complejo de Castración masculino tras un proceso en el que el chiquillo se ve obligado a salvar su órgano recurriendo a la renuncia sexual o a la manipulación genital, pondría fin al Complejo de Edipo. Posteriormente se normalizará la situación. Para la niña, descubrir que no tiene pene significa prolongar dicho proceso, al deducir por la evidencia visual su carencia, llevándola a considerar que ya está castrada de antemano. Esta angustia queda reforzada todavía más al observar que la madre es otra castrada. Por lo tanto, el desapego y el rechazo hacia lo materno adquieren una intensidad notable. Ya no piensa únicamente que ha sido mal construida por su propia madre. Al mismo tiempo, se da cuenta de que la madre progenitora se encuentra tan carente de órgano masculino como lo pueda estar ella. El factor agudizante queda ejemplificado en la demostración práctica visual que le permite descubrir a otras mujeres en su misma situación generándose el detonante de la atracción hacia el padre como realidad necesaria. Las aguas vuelven a su cauce normalmente de manera natural, inherente. Esto suele suceder por tres vias:  a través del reconocimiento de la vagina cuando ésta sustituye a la percepción del clítoris; o bien por el incremento del deseo hacia aquello de lo que se carece, es decir, del objeto fálico, siendo el desarrollo inductor hacia la madurez lo que hace transmutar el temor a la pérdida en deseo sexual hacia el pene del varón; o bien cuando es alcanzado el objeto fálico deseado tras finalizar la espera, desencadenándose un instinto maternal que posibilite la idea mental de tener un hijo.


Por otro lado y en mi caso, la angustia quedaba reflejada paralelamente en la manifestación de lo ominoso, situación que no hacía más que reproducir y reforzar el Complejo de Castración en la forma del pánico. Se traducía en un hecho repetitivo generado por la mente infantil al imaginar sistemáticamente que los objetos, las muñecas y los juguetes tenían vida propia. Yo jugaba con la máquina de coser emulando a mi madre de forma inconsciente, hablaba con el objeto en cuestión, le instaba a vivir en una misma percepción dual, me relacionaba con el artilugio a modo de juguete interactivo. Me fabricaba una reciprocidad. Y todas las tardes contemplaba a mi madre mientras cosía. Entendía a mi corta edad que la autonomía y funcionalidad eran cualidades muy positivas de las que mi madre carecía pues no tenía la misma eficacia que mi padre a la hora de imponer su voluntad, ni cuando debía tomar decisiones operativas. Del mismo modo, no disponía de la misma fuerza física que los hombres de la casa. Y tampoco se desprendía de su cuerpo el pene biológico. Era lo mismo que me sucedía a mí. Recuerdo que me sorprendí a mí misma un buen día rompiendo a llorar y reivindicando la voluntad de ser un niño. Quería ser igual que mis hermanos mayores varones que gozaban de plena libertad para ir donde quisieran, que hacían uso de la fuerza bruta, que tenían pene. Por eso, la percepción de que la máquina Singer era un artefacto siniestro comenzó a teatralizar una angustiosa realidad, un paradigma, el criterio de una falsa verdad, un engaño inconsciente acerca de lo que suponía ser manejada por una madre mala. La madre buena que cosía mis pantalones y suéteres, se transformó en la doble maligna, siniestra, que se veía obligada a articular una máquina infernal, ajena a la bondad de quien domina la situación y no tiene que obedecer porque es fuerte y masculino, que no necesita coser los pantalones, los suéteres y las chaquetas de nadie, que trabaja fuera de casa o que puede salir a la calle cuando quiera sin permiso o sin la necesidad de que le acompañe un adulto. Mi madre configuraba a la doble, el clon humano de una máquina de coser Singer de color negro similar a un demonio. Desconocía en lo inmediato que las dos figuras antagónicas que en realidad conformaban una sola,  perfilaban una fuente de contradicción mantenida a buen recaudo en mi inconsciente de forma autocensurada, la repercusión del sentimiento de lo ilícito. No podía aceptarlo abiertamente. Sería una maldad por mi parte el tener que contemplar a mi madre entrando en mi habitación por la noche clandestinamente, para llevarme a rastras al infierno, puesto que era la artífice de mi bienestar, la que me cosía la ropa para que yo pudiera ir vestida decentemente y no pasara frío, quien me protegía para que nadie pudiera burlarse de mí por ir desnuda al colegio, la que me daba de comer.

Así pues, durante un tiempo, soñé repetitivamente que la máquina Singer entraba en mi dormitorio y se me llevaba consigo. Muchas veces, al despertar, la resultante devenía hacia un estado de duermevela donde todo parecía transcurrir de manera tan real como la vida misma. Hasta que despertaba por completo de un sobresalto. Este hecho convertía la experiencia inocua de contemplar a mi madre cosiendo por las tardes en un drama terrorífico cuando caía la noche. Llegué a autoconvencerme de que a por mí venía el demonio resurgido de las entrañas de la tierra. Hasta que una tarde significativa, mientras mi madre se encontraba en plena labor, le confesé que hasta mi habitación se acercaba implacablemente un ser demoníaco en forma de toro. Dadas la forma y el contorno de la máquina de coser y su color negro, a mí me lo parecía. Mi madre me respondía en cada ocasión que el demonio no existía, lo cual me dejaba un tanto perpleja  si bien tampoco terminaba por aplacarse el terror sobrevenido.

Dos cuestiones entroncan con el sentimiento de lo ominoso respecto del fenómeno de las apariciones imaginarias que también han sido definidas por Freud: por un lado, el carácter animista de espíritus que en este ejemplo denotan el mal, lo satánico, caso del toro-demonio y por otro, el fortalecimiento y recordatorio de un hecho o concatenación de hechos que habrían sido previamente reprimidos. El regreso de situaciones y experiencias del pasado, que aunque en sí mismas no fueron necesariamente angustiosas, lo eran de forma fehaciente solo por el hecho de que se volvían a repetir a través de las imágenes oníricas. Reiterándose las mismas situaciones una y otra vez. Es por ello que las pesadillas con fantasmas, insectos, cadáveres y otros monstruos en forma de dibujos animados se convirtieron en recurrentes y en sinónimo de angustia. También el recordatorio onírico de personas que en la vida real eran amigos, familiares queridos, personajes entrañables de la televisión; figuras neutras o benefactoras que por lo pronto se transformaban en monstruosas. Pero lo peor de todo era que en medio de todas esas representaciones morbosas y agobiantes, persistía el miedo a la visita de mi mayor enemigo: la máquina de coser Singer. 

Son estas particularidades que vivencian la ficción en el terreno del peligro, una significación peculiar de los miedos infantiles de origen ancestral: el temor a la oscuridad, a los fantasmas y a los monstruos, a los muñecos que reviven, el miedo a morir en definitiva, aunque no sea representado de manera explícita por el papel que cumple la censura. Para distinguir lo ominoso y angustioso de la ficción, a partir de una experiencia que se repite, contraponiéndola a la realidad consciente, los niños que presentan terrores nocturnos establecen sus vivencias también en el plano de la realidad. Para no quedar insatisfecha y traumatizada, en este caso yo, -y aunque los adultos lo puedan percibir a través de un mecanismo parecido-, la mente infantil suele posponer el final en sus pesadillas. Freud establece la premisa de que es más angustioso y ominoso el sentimiento de lo reprimido cuando no aflora al exterior de forma clara que cualquier experiencia vital real que sea superada o concluída, aunque su final sea potencialmente negativo. Las vivencias reales suelen experimentarse de forma pasiva, mientras que todo signo onírico referido en la ficción o en los sueños, por contra, se conduce o reconduce por el inconsciente variando su contenido manifiesto. De tal forma que una situación que en la realidad transcurre con un principio y un final lineal, unilateral, concluso, es en los sueños y en lo que permanece reprimido donde se representa varias veces y en distintas tonalidades y versiones, provocando diversos e intensos efectos.

Despues de haberle confesado a mi madre lo que me pasaba, tras contarle mis sueños y pesadillas y sincerarme respecto del miedo atroz que se apoderaba de mí durante muchas noches, poco a poco, tales manifestaciones de angustia fueron bajando en intensidad emocional, en viveza y en carga sensitiva, reproduciéndose en intérvalos de tiempo cada vez más espaciados entre sí, disociándose su actividad frenética y remitiendo por completo. 

Para terminar, quiero remarcar que el Complejo de Castración no establece un cuadro clínico ni alude al nombre de una categoría diagnóstica o patologíca, ni tiene por qué ser la antesala de ningún transtorno.
Freud situó la castración como una de las fantasías primigenias del hombre, generadora de acciones y efectos psicológicos sin necesidad de haberlos llevado a la práctica en la realidad.

Las castraciones conforman un catalizador energético importantísimo a la hora de buscar objetos, elementos vitales perdidos y atribuciones asignadas que han sido desposeídas de su carácter original o desaparecido de la personalidad del sujeto. Ayudan a redefinir la propia personalidad identitaria y contribuyen notoriamente a la autorrealización. Por ejemplo, a través de la búsqueda de pareja, de la concepción y el cuidado de los hijos o de la incursión en el desarrollo y la capacitación profesional.

Hasta aquí este apasionante tema. ¿Qué os ha parecido el post? Espero vuestros comentarios, será un placer el poder responderlos.



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