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MATER AMANTÍSIMA

 
No recuerdo la última vez que miré tu foto favorita. Esa en la que te habías puesto un vestido floreado, ceñido, en plena vitalidad de tu juventud, con un tocado en el pelo y zapatitos de tacón alto. Aún eras soltera y estabas con tus amigas un domingo, habíais ido a pasar la tarde a la ciudad. A mí también me gustaba mucho esa fotografía porque reflejaba la dinámica de lo que debía de haber sido. Pero no te recuerdo así. Las imágenes que más se me han quedado grabadas, son aquellas en las que me tú más me necesitabas.
Sé que no te he tenido muy en cuenta, bueno, quizá sí, pero no lo suficiente. Te he desatendido en la vejez, pero no ha sido por egoísmo, ni por mezquindad, he estado demasiado ocupada en mis cosas, en mi literatura, en mi cine, en mi trabajo, en mis relaciones y proyectos, que no terminan de desarrollarse plenamente, en mis amantes. Y he pretendido que me sientas como alguien importante. Esa ha sido mi política del momento. Mi momento en sí. Y tú tampoco has llamado mi atención, no me la has pedido, no te has hecho la interesante, tú misma lo has dicho siempre.
En todo momento has querido pasar desapercibida, no te gustaba ser la protagonista de la historia. Me desconcertaba y me ha seguido desconcertando. He querido huír de la rutina, pero cada vez que me he intentado alejar de ella, los días han continuado transcurriendo de la misma manera. En los últimos años, has pasado mucho tiempo a mi lado y yo no he sabido corresponderte. Hemos sido dos extrañas con demasiada confianza. Nos conocíamos tanto que apenas nos conocíamos. Tú casi siempre en casa, tan hogareña, tan cocinillas, tan limpia, aseándolo todo, con ese sentimiento de culpa tan desarrollado y elaborado, hasta que ya no has podido más, te han fallado las fuerzas. Y yo me he hecho la tonta, quería demostrarte que tenía mucho trabajo que hacer, mucho que presumir y demasiado en qué pensar. Madre amantísima, lo siento, ahora ya no tiene remedio. Y me necesitabas, lo sé, pero no hemos sabido rentabilizar el tiempo. No me importaba que no fueras viajera, que no salieras a divertirte. Ya eras mayor y has llevado una pesada losa a tus espaldas. Sé que papá te enseñó con demasiada intensidad a ser sumisa, dócil en demasía, una mujer de su tiempo.
No me importó que no me contaras tu vida, más que con cuentagotas, que me reprocharas demasiadas veces que no me hubiese casado, que no te concediera la satisfacción de ser abuela. Porque sé que huías de los pesos pesados. Otro peso pesado hubiese sido insoportable y papá fue una figura demasiado beligerante. Hasta el punto de exprimirte el alma, el cuerpo, el corazón y dejarte en los huesos. Ya sabes, madre que cuando el hambre entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Por fin un día te abandonó, yéndose con otra y dejándote dos hijos pequeños a cargo, otro peso pesado más, aparte de las penurias económicas. Madre amantísima, lo siento, ahora ya no tiene remedio.
Como no querías que pasásemos hambre, la misma que os persiguió a tí y a tu familia después de la guerra, y eso sí, eras mujer honrada, tus hijos eran lo primero, decidiste meter a mi hermano en un colegio de curas. A mí en un colegio de monjas. Alli fue donde conocimos verdaderamente la disciplina. Y el fanatismo religioso. Y tú la obcecación. Que te llevó a hacer lo que hiciste. Quizá si mi corta comprensión de niña me hubiese permitido mirarte a los ojos y decirte que te quería, que te necesitaba, que te perdonaba por aquella situación...Ni tú te hubieses hecho puta, ni yo me hubiese convertido con el tiempo en una libertina loca. Si, madre, pasar del coro al caño no es tan complicado si una tiene hambre y también hijos, dos mocosos, una niña de tres y un niño de nueve. Las niñas creo que lo pasan peor, en tales circunstancias. Aunque no sabría decirte, ni con quién compararme, porque enseguida te fuiste del pueblo a ejercer. Madre amantísima, lo siento, ahora ya no tiene remedio.
Te recuerdo de negro, aún eras joven, te recogías el pelo con una toca muy bien arreglada, sujeta con redecillas, llevabas zapatos de tacón alto y tenías muy buen porte. Me llevabas de la mano por el bulevar, me hacías andar muy rápido y yo tenía que dar tres o cuatro pasitos para ir al compás. No me gustaba pasear por el barrio porque se te acercaban los moscones a decirte picardías, tú intentabas zafarte de ellos, entonces se acercaban más para tocarte y decirte cosas al oído, pero tú sin mirarles a los ojos, les apartabas brúscamente.
En una ocasión me atreví a recriminar a uno de esos hombres. Con mis cinco añitos a cuestas le grité: -malo, eres malo-. Él soltó una sonora carcajada y dijo: - y tu madre es una cualquiera-. A partir de entonces, la perplejidad fue un estado emocional que presentí del lado de la lógica. Era tan pequeña que no me atrevía a preguntar, después ya no ví la necesidad de hacerlo. Porque pasábamos los veranos los tres juntos, mientras mi hermano y yo vivíamos en nuestros respectivos colegios. Con el tiempo, cualquier sutileza sospechosa, por muy inocente que ésta sea, acaba por convertirse incuestionablemente en una realidad. Una realidad que en mi adolescencia comparaba con un quiste que se había instaurado en la piel y que había que extirpar, de la manera que fuera. Ya llegarían todas las ocasiones del mundo. Madre amantísima, lo siento, ahora ya no tiene remedio.
Tu hijo mayor se inició como seminarista. Verdaderamente se lo había ganado. Y con creces. Estudió muchísimo, madre. Estoy convencida de que con mucha rabia. También había hecho todo cuanto había podido para que la relación familiar fuese un infierno. Las discusiones eran recurrentes, interminables, desde que empezó a tener la certeza inexorable de que llevabas esa doble vida. Y mucho antes de que te retiraran nuestra custodia. No creo necesario profundizar en el dolor que sentiste, la desesperación que se apoderó de tí desde el momento en que te arrancaron a tus dos hijos.
Nos llevábamos 6 años. Mi hermano tenía una inteligencia y una perspicacia impropia de su edad, lo cual no le impidió crecer como un ser humano cruel y lapidario. La religión y la escolástica de la época del régimen le ayudó bastante en ese camino. Ni él ni yo tuvimos grandes oportunidades para decidir sobre nuestra vida, no obstante. No quiero ser determinista, pero sinceramente creo que él acabó siendo aquello que en condiciones normales, jamás hubiese aceptado. Sin embargo el odio creciente hacia tí y lo que tú representabas fue determinante para acabar viviendo de la manera más antagónica posible. Haciendo todo lo necesario para que el Estado nos separase...
Tribunales, Justicia, jueces, leyes...¿es que no tenía bastante con la justicia divina como para insistir en repudiarte legalmente? Yo declaré a tu favor, ya les había dicho a esos señores que nos visitaron que me tratabas muy bien y que procurabas nuestro bienestar, que querías hacer de nosotros un hombre y una mujer de pro. Dije lo que tú me dijiste que debía decir. Y esas fueron casi tus mismas palabras, calcadas. Pero él tenía dieciséis años, yo diez. Nunca más le volverías a ver. Madre amantísima, lo siento, ahora ya no tiene remedio.
A partir de entonces, se acabaron las vacaciones, los paseos por el bulevar, los helados del puesto de tu amigo el vendedor, aquel con el que habías hecho tan buenas migas y que pasaba muchas noches en casa, esa casa que era mi verdadero hogar, y que todavía lo sigue siendo, la casa de los veranos, los de aquella época. El colegio religioso donde viví, era claustrofóbico, una  horrible cárcel. Lejos de sentir ninguna empatía por las monjas, ni con aquella educación espartana, esclavista, tediosa, de oscuras supersticiones, lo que había esperado desde nuestra separación, con todas las fuerzas de las que podía disponer, era culminar nuestro reencuentro. Once años no habían sido suficientes para olvidarte, ni siquiera para juzgarte.
Me recibiste con frialdad. Lo único que yo pude hacer cuando te ví con ese tocado y un vestido negro, de esos que te solías poner a juego con tus zapatitos de tacón, fue inundar tus mejillas con dos lánguidos besos, dos besos ligeros, suaves, que apenas tocaron la piel de tu cara. No parecías la misma. Tu cutis estaba profundamente envejecido. Conservabas la belleza de tu cuerpo y tu inmensa delgadez, pero no así la de tu carita. Madre, ¡cuantas noches soñé con verte otra vez! ¡Con abrazarte con candor! Y ahora que te tenía enfrente, no sabía qué decirte. Seguía sin atreverme a preguntar. Y tú no parecías muy entregada. Aunque desde lo más hondo de mi ser presentía cuánto debías de haber sufrido y lo mucho que habrías llorado. Madre amantísima, lo siento, ahora ya no tiene remedio.
Jamás de los jamases hablamos de tus experiencias durante estos largos once años, ni de los acontecimientos que suscitaron que te convirtieses en una mujer de la vida. Hablábamos de cosas sencillas, cosas cotidianas, las habituales entre una madre y una hija que viven juntas pero que no se entrometen en las actividades propias y ajenas de cada una. Cosas como la comida, la colada, el aseo de la vivienda, la compra, los programas de la tele, poco más. Creo que para tí era bastante ya, suponía el mínimo de lo que  podías tolerar emocionalmente. Desde luego mi intención nunca fue exigirte más de lo que pudieses cumplir, aun cuando no me prestara demasiado a colaborar ni ayudarte físicamente. En cambio sí hubiera estado dispuesta a darte concesiones, a ofrecerte incluso mi cariño, a brindarte mi ayuda psicológica y a negociarlo contigo si hubiese hecho falta. Tu preferiste, por el contrario, guardar el duelo requerido. Primero por tu marido, luego por tu hijo mayor y después por mí. A pesar de todo, siempre te quise, madre. Sin esperar nada a cambio. Igual que tú.
Tras estos últimos años en los que creo que nos hemos resarcido un poco de lo injusta que es la vida y de su imprevisibilidad, te vuelvo a perder, en esta ocasión creo que por cansancio o por hastío. Te has ido sin rencor, acompañada de tu gran pena. ¿Sabes, madre? Ni yo he conseguido todavía extirpar el quiste ni tu conseguiste expiar tu culpa. Aunque lo cortés no quita lo valiente. Lo mejor que podré hacer ahora es recordar lo bueno que hubo en tí. Sé que después de todo aquello peleaste por tus hijos como una leona,  pero no hubo suerte. Lo sé por otras personas que me lo han contado. Estamos hablando de los años sesenta y poco se podía hacer entonces. De todos modos te quiero. Espero que me estés escuchando porque nunca me atreví a pronunciar estas palabras. También es mi culpa. Mater amantísima, este ha sido mi alegato. Descansa en paz.



 Joan Manuel Serrat - La mujer que yo quiero


Joan Manuel Serrat - Qué va a ser de tí


Joan Manuel Serrat - Soneto a Mamá





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Comentarios

  1. Un relato muy emotivo, de los que hacen pensar y sentir. Es una historia muy realista que no nos deja indiferente como ya he dicho. Muchas gracias por tanto talento. Un beso.

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    Respuestas
    1. Hola Lumy,
      Es un relato intimista, con un transfondo histórico dramático, como lo fueron los años de posguerra, hasta llegar a la Transición. Una historia de amor y desamor, y de promesas incumplidas. Una madre que ante todo y a pesar de todo, siempre intentó serlo lo mejor que pudo con todas las consecuencias. Hasta donde la ley y la injusticia se lo permitieron.
      Te agradezco enormemente tus palabras y tu apoyo. Un gran placer disfrutar de tu compañía.
      Un beso

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