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JAN DE LOS ESPÍRITUS



"Lo que se encuentra en la tercera densidad o dimensión es la frecuencia básica de las moléculas y átomos, es donde la energía se convierte en materia: ésta es la densidad del Microcosmos. Se encuentra en los fluídos y las corrientes eléctricas naturales del cuerpo humano, en esta frecuencia es donde se activa el código genético y se impulsa energéticamente el funcionamiento del sistema celular. 

De manera más compleja es donde habitan los animales y las plantas sin un alto nivel de conciencia. Es la responsable de la variedad biológica y de todas las energías que se encargan de propiciarla como las fuerzas elementales de la naturaleza. Además, en esta frecuencia se mantiene la unión entre las especies, lo que es llamado inconsciente colectivo de las especies.

Se puede decir que el ser humano en algún momento de su consciencia, a partir de algún punto referencial de origen y durante las primera fases de desarrollo de su existencia, se ha encontrado entre ambas experiencias biológicas. La primera pudiera ser durante su etapa prefetal donde solamente existiría un vínculo entre diferentes capacidades a nivel celular y donde se cumplirían unas funciones muy básicas de vida incipiente tal como la conocemos y la segunda se correspondería con la etapa fetal, cuando nos mantenemos sumergidos en el líquido amniótico y ligados a la madre a través del cordón umbilical.

Nuestras almas definitivamente están en la tercera dimensión que es donde las podemos reconocer en nosotros mismos aunque con unas condiciones dadas, por ejemplo, en lugares especiales donde proliferara el magnetismo, podríamos experimentar la cuarta. Nosotros vivimos en cuatro dimensiones, las tres espaciales, ancho, fondo y alto y el tiempo. La segunda sería por ejemplo un dibujo. La tercera seria el hecho de la existencia de un objeto real con dimensiones reales, es decir, prácticamente cualquier objeto. La cuarta es donde hay una relación espacio tiempo y en la que además interviene la energía como perpetuo movimiento.

La quinta se supone que incluiría la posible relacion con otros factores desconocidos como el vacio, los agujeros negros,  los viajes a traves del tiempo. Es impensable que un ser humano pueda vivir en ninguna otra, que no sea la suya, tampoco en la quinta. Muchos científicos imaginan ésta como un gran túnel lleno de luces y colores, a través del cual la existencia vaga eternamente y otros lanzan la hipótesis de que existe un vacío absoluto. En ese estado la propia mente, podría ser capaz de ejecutar inabarcables potencialidades, para crear lo que quisiese solamente con la voluntad. Hay que tener en cuenta que la certeza absoluta en esto último tampoco es demostrable, por el momento, ni está corroborado por la ciencia.

Así que, de existir, los espíritus, ángeles, demonios, se encontrarían en una dimensión que consideraríamos espiritual o celestial, de manera que esto es como un 3D a través del cual puedes ver las cosas en 2D pero lo que hay dentro de ese mundo no nos podría ver a nosotros. Pues lo mismo pasa con Dios, desde la dimensión espiritual El podría vernos pero no nosotros a él, ni a las demás entidades espirituales, a no ser que Dios lo permitiera. Dicho de otro modo, los espíritus, desde esta explicación, pueden entrar en tu casa, aunque la puerta esté cerrada…”

El libro que estaba leyendo era sumamente interesante, pero cortó de facto lo que estaba haciendo para irse a la cocina y prepararse la cena. Las 10 de la noche era una hora demasiado intempestiva como para estar todavía en casa. Y no podía renunciar ahora a ese firme propósito que había conseguido elaborar pacientemente con grandes dosis de ilusión, misterio y espiritualidad. Desde hacía un tiempo su vida había cambiado. Era consciente, sabía por experiencia personal que la cuestión dependía de estar en el lugar exacto y en el tiempo justo. La armonía dulce y ambigua entre espacio y tiempo que solía encontrarse cuando tocaba el punto correcto de inflexión, propiciaba un escenario multidimensional que lo situaba en otras coordenadas no físicas y atemporales, en un mundo paralelo donde tenía claro que se mezclaban caprichosamente fantasía y realidad. Para conectar con esos otros parámetros era necesario acudir a la hora en que arrancaba todo el proceso: las 12. Y permanecer en el lugar propicio: el viejo caserón del Monte de San José, del que todos decían que estaba encantado y maldito.

Jan no podía imaginarse ni remotamente qué harían los espíritus en su dimensión espiritual y eso tiene una argumentación lógica. Mientras nosotros nos hallemos encarnados en un cuerpo físico como el que tenemos y enclaustrados en coordenadas espacio-temporales, nuestra concepción de las decisiones a tomar mediante nuestra voluntad y de qué hacer se mantendrán sujetas a la materia física. Por eso, aunque nos reencarnásemos, siempre que eso fuera posible, no recordaríamos nuestras vidas pasadas, no tendríamos percepción de la materia y del espíritu en esos estados. Pero Jan no dejaba de recordar todo aquello que había leído y bebido de fuentes pseudocientíficas o absolutamente profanas desde el punto de vista material y de las teorías aplicables al campo de la investigación. Ni siquiera le prestaba atención a las conclusiones “oficiales”. Asimismo, la curiosidad había adquirido el grado superlativo de obsesión y no cesaba de leer y leer, acerca de la espiritualidad, los chakras, la parapsicología…Motivado, eso sí, por las ricas experiencias tan inexplicables como inconfesables que había vivido. De todos modos pensaba que era mejor continuar pegado al terrano. La práctica hace al maestro. Quería conocer y ver con sus propios ojos, para poder creer aún más a fondo. Seguir haciéndolo. Porque había dado unos pequeños pasos y estaba dispuesto a ir mucho más allá. Terminado su bocata, se dispuso a adentrarse en el universo paralelo que había descubierto noches atrás, en la mansión de la montaña de San José, territorio infranqueable por las personas sensatas de este mundo.

El caserón era en realidad un viejo molino restaurado que tenía más de 200 años de antigüedad. Aunque desde principios de siglo se había destinado al recreo y a otros fines comerciales de tipo turístico, también había sido un pequeño hotel, pronto quedó abandonado y dejó de visitarse, auspiciado todo ello por una leyenda maléfica. Jan no es que se considerase muy valiente, todo hay que decirlo, sencillamente era que no creía que los fantasmas que habitaban el lugar –y lo había comprobado por sí mismo- fueran malos ni vengativos, todo eso eran historias perturbadoras que se inventaba la gente por temor o por ignorancia.

Entró con paso firme. El caserón del Monte de San José conservaba los techos de vigas y las paredes de piedra del antiguo edificio, con un toque ligeramente moderno pero sin perder la esencia conservadora de antaño. La vieja mansión remodelada era un recorrido que se desarrollaba a lo largo de una serie de escenografías decoradas con un ambiente señorial que carecía de estilos aquitectónicos definidos, ni siquiera imitados. Se lo había recorrido de arriba abajo y tenía la casi absoluta certeza de que no se había dejado ningún rincón por explorar. Las paredes sujetaban cuadros que eran copias de obras clásicas importantes, generalmente religiosas o que esbozaban las figuras de reyes o papas. Grandes lámparas de araña pendían del techo.

Por supuesto, para poder moverse por el interior, ya que era de noche y tampoco había luz artificial, llevaba una linterna, circunstancia que no hacía más que aumentar el misterio y la reservada intimidad. Se adentró poco a poco hasta el fondo del hall con la determinación de alcanzar la habitación que más le interesaba visitar, la número 36, que era la última, ubicada en uno de los pasillos colindantes al gran salón. El aire se hacía cada vez más enrarecido y pesado, hacía mucho frío y era cada vez más difícil respirar. Se sentía como si hubiera llegado a la cima de un pico muy alto, con el consiguiente aumento de la presión atmosférica. La humedad penetraba en los huesos y se habían formado densas capas de vaho que se deslizaban por el aire. Flotaban a través de él formando curiosas figuras. Se acercaba la hora. Eran las 23:55 y su ánimo estaba a flor de piel. Espectante, llegó por fin a la puerta del dormitorio referido. La abrió. Una vez dentro, solo tenía que esperar.

La cama era enorme, con una cabecera muy alta, cubierta por unas mantas raídas por las polillas, al igual que lo estaban los visillos de las ventanas, el edredón y las cortinas que tapaban la sala interior contígua. Miró a su alrededor y pudo ver que había restos de ectoplasma, de aspecto baboso que formaba un hilillo espeso cuyo reguero se alargaba hasta dicha sala. Estaba dentro, seguramente. El fantasma, que en las otras ocasiones se había permitido pasar por su lado con toda tranquilidad y descaro y que parecía comportarse de manera burlesca, como si estuviera jugando al escondite. Hasta experimentar esos momentos indescriptibles, jamás se le habría ocurrido pensar que un espectro se dedicara a ignorar a los vivos de una manera tan evidente, siempre creyó que debía haber un canal de transmisión que conectara un plano con otro, pero parecía ser que su aspecto y forma humana no era percibida. Al menos, no quedaba demostrado que así fuese, por la actitud del ente que vivía allí. ¿Habrían más como él? Se preguntaba, ansiosamente. Tenía que averiguarlo.

Casi sin darse cuenta, empezó a sonar una música medieval de flautas y violines que fue capaz de envolver la conciencia de Jan y transformar las cosas, los objetos, el tacto, en algo intrínseco. Parecía que ya la había escuchado anteriormente, aunque era la primera vez que sonaba a través de sus oídos. También tenía la sensación de captar todas las efervescencias y efluvios, olores, jugos y sabores que emanaban ambientalmente. Todo parecía confluir por sus cinco sentidos, de manera familiar. Era como si hubiera probado exquisitos manjares propios de un banquete celebrado allí mismo durante alguna fiesta y lo recordara ahora, como si captara el perfume de los inquilinos que habían vivido en otro tiempo, como si hubiese pernoctado toda la noche en el aposento, como si hubiese dormido en el lecho, tocado sus sábanas de seda. Se sentía autóctono y oriundo. Emborrachado de placer y cautivo de las sensaciones, de las esencias genuinas, de los aromas y los colores en los que el aire se transformaba, no se había percatado de las otras presencias.

Por fin se dio media vuelta y contempló la escena. Un grupo de figuras luminiscentes, cubiertas con camisones, muy altas y delgadas, con un rostro que en realidad constituía una sombra opaca e imperfectamente definida, estaban frente a él. Permanecían inmóviles. Era muy extraño, volcó entonces su mirada hacia los cuadros que colgaban de la pared. No contenían nada dentro, se habían quedado completamente en blanco. Fue rápidamente hacia el espejo y se miró. Pero no vió nada a través de él. No mostraba su propia imagen. Tampoco reflejaba las imágenes en negativo de aquellos seres espirituales situados por detrás. Giró de nuevo su cuerpo y sus ojos hacia la mesa colocada junto a la cama. Allí se encontraban otros dos de ellos, sentados en dos sendas butacas de corte isabelino. Las manos de ambos parecían sujetar dos tazas de café, sin embargo las líneas y el contorno de todo cuanto era perceptible y cuantificable como “normal” se había borrado, de manera que la impresión suscitada era la de que estaba en algún micro-espacio extrasensorial contenido en otra realidad distinta. Y se decía a sí mismo “realidad” porque todo aquello era similar a la realidad, aunque algo cambiante. No podía especificar con claridad detallada el aspecto de las cosas pero sí estaba seguro de tocarlas, olerlas, verlas, oír la música y los suaves susurros…

Era sábado y hacía un calor agobiante. Continuaban oyéndose de lejos las sirenas de los coches patrulla que iban acercándose. Cada vez había más gente merodeando por el sitio, domingueros que habían acudido alertados por el alboroto y que pertenecían a un camping cercano. Los curiosos murmuraban y se compadecían. Dos agentes de policía se acercaron a los que observaban y les instaron a retirarse. Había llegado el grupo de forenses encargados de examinar el cuerpo. Todos se tapaban la nariz y la boca, porque aquél cadáver despedía un olor demasiado putrefacto para quedar indiferente. Lo metieron dentro de una bolsa de plástico negra y cerraron la cremallera para transportarlo al instituto anatómico y poder realizarle la autopsia. Los primeros indicios parecían apuntar a que el cadáver llevaba ya una semana en avanzado estado de descomposición. Se había dictaminado que no había fallecido de muerte natural, sino de una manera violenta. Porque el cuerpo había sido arrojado al vacío desde lo alto de un cerro y estaba destrozado. O quizá se tratara de un suicidio. Lo sabrían después de la investigación. No tardaron mucho en comprobar la identidad de aquel muchacho que había muerto trágicamente, aunque la policía ya había confirmado que era un chico joven. “Pobrecillo, acabar así”, decía una señora de mediana edad,  mientras se iba yendo. Sus cosas habían sido requisadas por la autoridad, el inspector tenía en sus manos el DNI del desafortunado y estaba leyendo los datos. Entre ellos figuraba el nombre de Jan Rodríguez Mateu.


     

          Spirits in the material world

                       The Police


  

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Comentarios

  1. No sé si lo entendí bien. Creo que el chico logró introducirse en el mundo de los espíritus, que por alguna razón se abre en ese antiguo caserón, y eso le llevó a la muerte: la curiosidad mató al gato, o en este caso a Jan. En cualquier caso, está claro que controlas a la perfección la narrativa. Todas las frases están bien construidas, cada párrafo es un bloque que se abre y se cierra sólidamente, sin agujeros, bien pensados. Y la ambientación y descripciones también están bien formadas.
    La parte en la que todo un mundo de espíritus empieza a rodear a Jan me recordó a ''El resplandor'' de King.
    Un saludo, Marisa.

    ResponderEliminar
  2. Hola Ricardo,
    Bienvenido de nuevo ;-). Así es, lo has descrito a la perfección. Me complace observar que posees una desarrollada intuición para sintetizar las historias, ¡qué emocionante!, ¡me encanta!.
    Me tuve que documentar un poco acerca de los estados dimensionales aunque desde un punto de vista pseudocientífico, no creo que lo haya detallado con mucho rigor científico, si bien, esto es premeditado, quería dar a entender que Jan consigue deslindar un campo de cohesión con los seres espirituales y que este espacio no difiere demasiado del llamado bajo astral en muchos aspectos, distinguiéndose del cielo, pues la historia deja intuir que los fantasmas acorralan discretamente al muchacho para atraerlo a su campo de energía y que en el otro lado, el tridimensional, el mental, o el de la conciencia humana, el muchacho debe morir en el plano físico, necesariamente.
    Me alegra mucho la comparación que haces del relato con el mundo de Stephen King y El Resplandor, es todo un honor, salvando las distancias. Gracias por tu valoración.
    Un placer contar con tu compañía y que me brindes tu participación.
    Abrazos

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