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SUPERVIVIENTE



En este acontecimiento solemne estaban presentes familiares y allegados. Aunque era un personaje extremeño bastante singular, muy conocido por los lugareños, parecía que había querido irse de la misma manera en que había afrontado los avatares de la vida, con la más absoluta sencillez, sin notoriedad. Alvaro tenía en su poder un descubrimiento que le abriría bastante los ojos acerca de los más íntimos detalles del sufrimiento de su abuelo durante su etapa como prisionero del campo de concentración de Mauthausen, en Austria: un cuaderno de anotaciones de su vida, escritas con sangre. Joaquín fue miembro de la Guardia Nacional Republicana y tras su fuga a Francia huyendo de las tropas fascistas, fue apresado por los alemanes y conducido al campo de exterminio, donde permaneció cinco años.

Su nieto, que había venido de Asturias expresamente al funeral, sabía poco de las circunstancias y los padecimientos por los que había pasado su abuelo que había regresado después de su liberación a un pequeño pueblo de Badajoz del que era oriundo. Se habían visto en escasas ocasiones, los mínimos recuerdos eran de años atrás, con lo que la imagen mútua que se guardaban nieto y abuelo era bastante difusa. Joaquín siempre se había mostrado reacio a alejarse demasiado de la granja y tampoco le gustaban las celebraciones en familia, la jarana, ni acudir a acontecimientos sociales, como buen misántropo. Alvaro sabía, por lo que le habían contado sus padres, que era un gran visionario y religioso, devoto de vírgenes y santos y había adquirido conocimientos profundos y ancestrales del alma humana y de todo lo relacionado con el cultivo de las ciencias esotéricas, la cartomancia, el lenguaje de los arcanos, la sanación, la meditación, y todas esas cuestiones, temas muy alejados de su práctica en la contienda durante el alzamiento militar y la posterior Guerra Civil, en plena juventud. Por eso para Alvaro el recuerdo de su figura y todo lo que la rodeaba no dejaba de ser enigmático y profundamente misterioso.

Orgulloso de su nueva adquisición, la fue desgranando página a página, línea a línea, consciente de la importancia de sus reflexiones íntimas, de sus notas personales, de los valiosos secretos celosamente guardados, atendiendo a una comedida cautela y el distanciado recelo hacia un temor latente, esto es, que el abuelo, desde su tumba, pudiese descubrir la profanación de sus recuerdos y echarle un sortilegio o una maldición. El cuadernillo parecía haber estado muy bien custodiado, oculto en el interior de una caja que había sido estratégicamente escondida entre los aperos del corral donde vivían los conejos, las gallinas y los cerdos. Arropado entre la semioscuridad, sentado cerca de la piara y de las jaulas de los animales, acariciaba suavemente las tapas de aquel librillo de piel curtida y ennegrecida por el polvo. Miró su reloj y desafiando al tiempo apuró la lectura. La curiosidad pronto se transformó en avidez, a sabiendas de que lo hacía a contracorriente, puesto que al día siguiente tenía dispuesto volver con sus padres a Oviedo para seguir con su vida. Creía que nadie le echaría cuentas agazapado entre la paja tras escapar del velatorio, pero sorprendido, escuchó el chasquido de unos zapatos crujir sobre el suelo rasposo y súbitamente escondió el libro tras su espalda, convencido de que no debía ser descubierto. Algo le decía que su contenido no debía ser propagado más allá de los límites a los que había sido confinado.

–Alvaro, por fin te encuentro. ¿Qué haces aquí? Todos te andan buscando. Nos vamos a la Parroquia, para dar el último adiós. Luego acudiremos al sepelio.

-He venido aquí porque no me siento con ánimo de acompañaros. Me encuentro bastante aturdido y algo mareado por las emociones de las últimas horas. No me gustan estas cosas, tú lo sabes, papá.

-Debes venir. No sería cortés escabullirse, ninguna razón lo justificaría a no ser que te encontraras muy enfermo. Y desde luego que no lo estás.

Al oír el reproche y con la destreza de un gran teatrero, Alvaro comenzó a llorar y gemir, a fingir un desaliento que finalmente resultó ser de lo más convincente.

-Bueno, bueno, tranquilízate hijo, no es nada –le dijo su padre conmoviéndose-.-La experiencia de la muerte siempre es dura y además debes estar cansado. Tienes mi permiso para quedarte, pero procura reponerte porque mañana nos vamos y vuelven a ser muchas horas de viaje.

Después que se hubo marchado su padre y sintiéndose satisfecho de la estrategia adoptada para salirse con la suya, continuó embaucado en la lectura:

“Conducido por un vagón de carga, como si de un animal que llevasen a desollar se tratara, me encontraba con otros camaradas españoles, éramos veinte o treinta, procedentes casi todos de Cataluña con excepción de unos pocos que como yo habíamos estado luchando en la resistencia francesa. Todos acabábamos de integrarnos entre el grueso del contingente. Nos llevaban a Mauthausen. Aquel complejo situado cerca de Linz fue construido por los propios españoles recluídos en sus recintos, así que cada piedra de granito representaba el aliento de vida de la mayoría de los que estuvimos esclavizados en sus canteras. También se construían cantidades de armas y elementos bélicos.

"Estuve a punto de morir en varias ocasiones, pero la fe en la fuerza de mi espíritu interior hacía que en el último hálito de vida una fuerza superior extraterrena siempre acabara por concederme las llaves de mi destino. ¿Cómo? Consiguiendo pasar desapercibido, resultando invisible, físicamente resguardado, manteniéndome en el lado de lo inmaterial, tal que así pasó por mi lado en numerosas ocasiones el Angel Exterminador husmeando mi presencia, oliendo mis aromas, sin hallar ningún resto de mí. Era la muerte con su guadaña pisándome los talones, escudriñándome el alma, el destino lanzándome retos imposibles, exámenes y pruebas que siempre conseguía superar. Los soldados alemanes no perdían el tiempo y repasaban sus listas y los números con forma humana, para saldar cuentas y consumar las aniquilaciones, llevando a los prisioneros a la fila para ser fusilados o siendo conducidos a las salas de duchas para mantenerlos durante horas en inmersión en naves repletas de agua helada a la altura de la cintura, hasta que no podían más.

Yo pertenecía a la organización clandestina española que repartía medicinas robadas de la enfermería y redistribuía la escasa comida que llegaba a los presos, con el fin de asignar más alimentos a los débiles y enfermos. Todos mirábamos por nuestra gente, la solidaridad nos hacía considerarnos metafísica y espiritualmente al mismo nivel y nos protegíamos unos a otros, no solamente por el respeto debido al historial de resistencia, sino por una cuestión de dignidad, que era lo último que no debíamos perder aunque fuésemos esclavos. Yo mismo había llevado el triángulo rojo que significaba haber hecho tratos en el mercado negro, en otra ocasión me acusaron de sabotaje contra los nazis, pero de todos y cada uno de los acorralamientos logré escabullirme.

La comida era infecta y asquerosa, presentaba indicios de podredumbre. Con una cantidad mínima te aseguraban la subsistencia durante meses, de forma que ingeríamos el mínimo aporte calórico, suficiente como para no tener que estar echados y poder trabajar, pero a la larga tenías asignada una muerte lenta por desnutrición. Pasábamos frío y todo tipo de penurias. Ser de complexión fuerte y vigorosa como yo, tampoco te ofrecía garantías de no caer enfermo. La ropa no era nada confortable ni abrigaba el cuerpo, los zapatos usados que nos proporcionaban provocaban heridas y a muchos les sobrevenían infecciones cutáneas por no poder curárselas. Y ya se sabía que al mínimo vestigio de enfermedad o incapacidad te llevaban a la cámara de gas. Otros morían por las inhumanas condiciones de trabajo o eran arrojados por la cantera. El destino más terrible, sin duda, era ser destinado a trabajos forzados en la cantera. Experimentos médicos, fusilamientos, muertes por hipotermia, en la cámara de gas, asesinatos…he visto morir a compatriotas y otros compañeros rusos, y franceses y también a represaliados alemanes.

Compartía cama con dos personas más, todos teníamos piojos, o sarna. Comíamos el alimento en compañía de las cucarachas y las ratas. No sé muy bien si llegamos a convivir hacinados más de mil desafortunados en el mismo y sucio barracón. Un oficial de las SS que acostumbraba a vigilarme caprichosamente durante mi jornada de trabajos forzados, creo que con intención de liquidarme en la ocasión propicia, porque me la tenía jurada, entró una noche. Era una de esas noches desangeladas de mi cautiverio en las que no lograba dormir y disponía de un tiempo precioso para pensar. Cruzó la puerta desafiante y orgulloso de su condición y de su rango, sujetaba una pistola, probablemente con intención de divertirse a costa nuestra o para amenizar su propia actividad insomne. Se oyeron las pisadas de botas militares, noté al momento como las respiraciones colectivas se tornaban agitadas, nerviosas al detectar la irrupción, al tiempo que este oficial, -que andaba buscando una presa de caza mayor y en esa ocasión mucho me temí que se tratara de mí-, tropezaba con una de las literas y con quien dormía abajo en el lado de fuera, que asustado se destapó sobresaltado. El joven oficial nazi con ganas de juerga, sin pensárselo, le asestó un violento golpe en la cara con la culata de la pistola, partiéndole varios dientes. Ejecutada la acción soltó una sonora carcajada y dijo unas palabras despreciativas en alemán que no entendí. Oímos un sollozo desgarrador, el hombre se retorcía de dolor pero sus quejidos se cortaron en seco por otro duro golpe, esta vez en el pecho de la víctima. El infortunado cayó como una pesada piedra al suelo, quedando inerte. Como si estuviera jugando al juego del gato y el ratón el oficial seguía oteando por el barracón en busca de su objetivo y de su premio. Finalmente me encontró. Lanzándome una mirada diabólica, desafiante, se encaminó en dirección a mi litera hasta detenerse de frente. Levantó el brazo derecho y apuntó hacia mi cara. Observé que acababa de gesticular una sonrisa macabra, de naturaleza psicópata. Yo estaba petrificado, esperando la muerte, sudando, temblando, rezando. Transcurrieron unos segundos, él hizo rodar el gatillo y volvió a fijar la pistola en el punto estratégico. Le observé con detenimiento, era lo único que podía hacer, ya que tenía su rostro muy cerca del mío, podía notar su aliento pestilente a alcohol. Delante de mí tenía los típicos rasgos del sádico, la supina expresión de la perversión. Se podía apreciar cómo le caían hilos de saliva rabiosa por la comisura de los labios. Fueron unos breves instantes donde el cazador se recreaba con la pieza recién capturada. Mi atención me indicó que había dejado de expresar una sonrisa macabra para adoptar la seriedad profesional del verdugo y que ya se estaba concentrando para ejecutar un tiro en mi frente. En cuestión de segundos moriría.

Cerré los ojos y me dejé llevar, apoderándose de mí un intenso sopor. Se obnubilaron mis sentidos y me pareció que transcurría la eternidad. Mi conciencia me teletransportaba a los lugares más alegóricos de mi niñez, en el campo, en la casa de mis padres. Me sorprendí a mí mismo acostado en el lecho infantil, junto a mi madre, en el momento de contarme mi cuento preferido, el de los pastores. Me pareció escuchar los canturreos y los susurros de amor maternal cuando me tapaba el diminuto cuerpecito con aquellas sábanas de tergal que me había bordado mi abuela, mientras me rendía al sueño. Y tras esa imagen, fueron superponiéndose otras similares, de lo que parecía ser una diapositiva de momentos afortunados, montados como una presentación, uno tras otro. La composición hacía todo un recorrido por mis días felices de infancia y juventud, los primeros escarceos amorosos, mi época como aprendiz de tapicero, la celebración de mi boda, el nacimiento de mi hijo…Alrededor de las escenas, amenizándolas, los sonidos de una música celestial. Sonaban arpas y trompetas tocadas por asexuados querubines y arcángeles sentados a la diestra del Trono del Padre, Se superponían a las imágenes y la música símbolos divinos como el del Ojo, el Triángulo y el Misterio de la Santísima Trinidad, al tiempo que se materializaba otra visión, ésta vez era la puerta de una capilla que se abría y dejaba a la vista un camino de flores bordeado a ambos lados por hileras de alargadas velas blancas. Al frente, un majestuoso altar de oro que tenía una cruz de cal clavada en su superficie. Apoyado encima del púlpito, el gran Libro de los Salmos y sobre el altar, el cáliz de Cristo. Respiré los efluvios santos de un sahumerio con incienso que traspasaba vaporosamente la percepción de mi conciencia. También se me aparecieron mis abuelos difuntos, otros familiares y personas conocidas que ya no pertenecían al mundo de los vivos y que me saludaban, me animaban y me apretaban las manos en señal de compasión, las voces de cuyos seres de luz cantaban a coro un repertorio de evocadoras canciones sacras. La sensación del alma en esos momentos era de regocijo y absoluta aceptación. Para mí, todo aquello significaba haber alcanzado la Gloria, haber superado el tránsito hacia la otra dimensión espiritual, la transcendencia de la muerte física. Si definitivamente se trataba de eso, de la muerte, así lo quise creer, tenía la confirmación de que representaba un estado donde quedabas libre de todo sufrimiento o pena. Sin embargo, todavía no había llegado mi hora.

Mi carencia de percepción corpórea no me impidió abrir los ojos y ver cómo el espacio que había alrededor de mí había sido cubierto por un campo magnético que me ofrecía protección y me aislaba del entorno. El aura energética era densa y transparente y a través de ella y lo que mis ojos proyectaban, podía ver todo lo que en ese momento acontencía sin ser visto. Presencié directamente cómo el oficial nazi se pegaba un tiro en la sien, cómo el resto de prisioneros gritaban y se revolvían entre las camas espantados, de cómo la sangre del suicida salpicaba a esos hombres asustados, las camas, las mantas, el suelo y las paredes, formándose un enorme charco de sangre que iba escampándose y emergía de la cabeza del cadáver que permanecía tumbado sobre el parquet a la vista de las esqueléticas figuras de los prisioneros. Intenté mover mi cuerpo y traspasar la barrera sin conseguirlo.

No sé cuánto tiempo estuve rodeado por esa aureola espiritual pero, llegado el momento, su contorno fue difuminándose y dando paso al aire enrarecido de la habitación, ese característico tufo a cerrado y a pestilencia. Poco a poco, mientras las partículas de materia disuelta se iban compactando, me fuí integrando en el espacio tridimensional, los objetos volvían a serme reconocidos por el tacto, notaba cómo se restablecían mis pulsaciones y el latir del corazón, la esencia de las cosas se reconvertía en cotidiana. Todo volvía a ser como antes.

Nadie se había dado cuenta del fenómeno extrasensorial que acababa de experimentar en primera persona, al menos, ningún comentario al respecto profirieron los prisioneros. Lo que acertaron a contarme, una vez calmados, fue que el oficial alemán que me amenazaba y que estaba situado de espaldas a los demás, iba a ejecutar el tiro. Al ver que mi vida corría un severo peligro, intentaron distraerle dándole un fuerte manotazo en la espalda. La borrachera y la consecuente imprecisión en los movimientos hizo que con una facilidad pasmosa el arma se le resbalara de su mano. Intentó recogerla pero ya era demasiado tarde, ésta se encontraba en poder de los prisioneros. Ellos estaban muy asustados, pero con decisión fueron rodeándolo muy lentamente hasta cercarlo. El oficial, que no andaba muy lúcido, pensó que iban a matarle. En ese momento recordó que llevaba consigo otra pistola, la sacó de su cinta y se disparó con ella, prefiriendo mil veces el suicidio a morir a manos de una muchedumbre de convictos rojos. Aclarada la situación, entendí que si no recordaba parte de lo sucedido, es decir, lo que pasó en la realidad a partir del momento en que el oficial me iba a disparar, fue porque me encontraba en medio del trance. Estuvimos largo rato paralizados, sin hacer nada, esperando a que vinieran a detenernos. Pero nadie venía.

Llegamos a la conclusión de que en el exterior nadie se había apercibido de ningún disparo. No se dio ninguna voz de alarma. Al cabo de una hora y habiendo sido confirmada la hipótesis inicial, la que presuponía un hecho transcurrido de incógnito, respiramos tranquilos. Había que actuar con la máxima celeridad, por lo que nos dispusimos a limpiar el habitáculo antes de que los soldados alemanes descubrieran el cadáver y nos acusaran de asesinato, lo que para nosotros significaba tener que asumir la condena de una muerte asegurada. Por una cuestión intrínseca que llevaba aparejado el propio instinto de supervivencia, a pesar del ambiente hostil y el control de todos nuestros movimientos, también dentro de Mauthausen estábamos mínimamente organizados. Era costumbre intercambiarnos cosas y adquirirlas en el mercado negro. Yo me dedicaba a ello, me encargaba del suministro, garantizando lo más básico para los prisioneros, razón por la que también disponíamos de algunos utensilios de limpieza y aseo dentro del barracón. Estaban escondidos de manera cautelar en los sitios más inverosímiles. Conseguimos limpiar la sangre, cambiamos las mantas manchadas por otras nuevas y mudamos nuestros uniformes de rayas azules y blancas que habían sido salpicados. A pesar de la repugnancia y el rechazo que producía en nosotros, convinimos que la mejor forma de hacer desaparecer la prueba principal, era descuartizar el cuerpo e introducir sus restos en pequeños sacos. Dos de los prisioneros del barracón trabajaban en el “Sonderkommando”, en barracas donde clasificaban la ropa y otras posesiones de los gaseados en las cámaras y que habían sido conducidos por los portadores de cadáveres. Urdimos un plan para camuflar los sacos con los restos del oficial, entre los cuerpos que iban a ser incinerados en el horno crematorio. La suerte hizo que no fuésemos descubiertos. Así logramos borrar toda huella de sospecha, si bien, durante un tiempo, no nos libramos de los interrogatorios a los que fuimos sometidos para esclarecer la desaparición.

Ignoraba el cómo y más aun el por qué, lo que sí sabía es que desde arriba el Todopoderoso había lanzado un mensaje de esperanza, que en los hechos suponía también el convencimiento de que, efectivamente, yo era un ser humano elegido expresamente para vivir, aun siendo en medio de las más atroces adversidades. Y lo había logrado a través de un don que me había sido transferido y me permitía conectar con el mundo espiritual, circunstancia que me ayudaría a alcanzar la libertad. A partir de entonces viví en el más absoluto convencimiento de que me había sido encomendada una misión. No lo olvidaría jamás. Desde ese momento, supe que estaba predestinado a investigar acerca de ello utilizando las herramientas del alma y del espíritu para alcanzar la esencia del conocimiento, de los misterios religiosos que aun a día de hoy desconocen en profundidad los eruditos, la ciencia y la misma Iglesia. Pero ante mí se abría una puerta. Y era mi deber descubrir con qué propósito. Por eso pensaba dedicar a esos menesteres el futuro de mi existencia, si ello era posible. Por voluntad de Dios, tal como he expresado al inicio de mis escritos, fueron muchas las veces en las que mi vida corrió un riesgo importante. Lo que sabía a ciencia cierta y hasta el momento era que tenía que cerrar los ojos y retroceder hasta mi pasado para dar impulso a ese proceso místico que sobrevenía después y que me libró con efectividad del brazo ejecutor de los soldados, oficiales y suboficiales alemanes porque la resultante era el olvido completo de mi identidad o bien de mi presencia física. Al final, siempre me ignoraban o me dejaban ir.

Fui parte del censo de supervivientes. Como llegué a saber después, las cifras estimadas eran de 199.400 el número de prisioneros que pasaron por Mauthausen entre 1.938 y mayo de 1.945. De ellos, se cree que unos 119.000 murieron en Mauthausen y sus subcampos. Finalmente, los norteamericanos nos liberaron el 5 de mayo del año 1.945.

Desde entonces mi vida ha transcurrido en plena búsqueda de los canales que pudieran transportarme ante la presencia de Dios. Sin embargo, mi dedicación plena no revertió más que en el advenimiento de una serie de prácticas y actividades en la que ví fracasar mi propósito original. Después de ser liberado y haber recuperado parte de mi vida, me fue negada la apertura hacia el conocimiento divino, todo acababa en intentos de aproximación a la metafísica y a controlar determinadas capacidades pre-cognitivas derivadas de mi incursión en las artes adivinatorias. No sé qué he hecho mal, puede que haya traicionado los principios de la fe, la realidad es que nunca más he vuelto a ser considerado digno para reproducir las experiencias sagradas vividas en Mauthausen. Así fue como me involucré en religiones sincréticas y en el culto iconoclasta, vinculaciones asociadas al Paganismo. Gente de los alrededores me visitaba para que le echara las cartas, las runas o les decretara respuestas a través del péndulo. Me he convertido en un animista, en un guía del esoterismo, en un discreto chamán, un simple curandero que quita la fiebre y el dolor a los frágiles de cuerpo y las penas del alma a los resentidos y obcecados”.

A Alvaro que había sorteado algunos pasajes de la historia, por considerarlos reiterativos, solo le había dado tiempo de leer una tercera parte. Se detuvo, interrumpiendo su quehacer sorprendido por un murmullo escandaloso, rumores de voces y pasos que fueron aproximándose. Observó que ya estaba anocheciendo. Afuera, la fuerte eclosión de lluvia y de niebla espesa que habían marcado durante todo el día el paisaje de la sierra, cerraban su ciclo, dando lugar a una suave brisa cálida más acorde con la realidad estacional de la época de verano que situaba el calendario. Los que regresaban del entierro entraron en la hacienda y saludaron calurosamente al muchacho, entre grandes muestras de incredulidad y expresiones de júbilo. Todo ello fruto de un suceso inexplicable y trascendental que habían presenciado en el cementerio. Una fácil deducción a tenor de las palabras y comentarios. Llegaban enormemente exhaltados, conformaban una gigantesca explosión humana, reían, lloraban, algunas personas rezaban. Los padres de Alvaro, fueron los primeros en acercarse hasta él con la emoción alterada, mostrándole su afecto mediante besos y abrazos. El grupo, constituido por diez personas, entró por el jardín y llegó hasta el porche. Y lo hicieron armando un gran alboroto. No paraban de gritar que había sucedido un milagro. Un anciano encorvado y muy pálido que vestía un traje negro de etiqueta, llegaba el último, andaba muy rígido, llevado por dos personas que le ayudaban a caminar. Junto a ellos iba el cura que parecía estar bendiciéndole y le leía versos de la Biblia. La persona en cuestión, protagonista de tanta algarabía, mostraba una actitud tranquila pero terriblemente cansada, era……el abuelo Joaquín.

Despues de haberle realizado los correspondientes análisis médicos, las pruebas certificaban que Joaquín había estado inmerso en un estado cataléptico.

Mas tarde y una vez que los ánimos se hubieron calmado, el médico no tardó en hablar con los padres de Alvaro:

-La catalepsia se percibe como un estado biológico en el cual la persona yace inmóvil, con todos los miembros rígidos, su apariencia es la de una persona muerta, carece de signos vitales, cuando en realidad está viva, pudiendo permanecer consciente o inconsciente. En algunos casos, las personas que la padecen pueden estar vagamente conscientes, en otros, pueden oír o ver mínimamente todo cuando sucede a su alrededor en función del grado de intensidad de los síntomas –explicaba el doctor a los padres de Alvaro en presencia del muchacho, quienes habían prolongado la estancia unos días más-. El facultativo continuó intentando explicar lo ocurrido: -Su origen puede estar ocasionado por diversas causas, por ejemplo, padecer el mal de Parkinson, sufrir epilepsia, o por los efectos de ciertas drogas como la cocaína u cualquier otro estimulante que altere el sistema nervioso central. Se observa también en pacientes con cuadros graves de histeria, esquizofrenia y algunas psicosis. Ahora mismo, de lo que se trata es de evaluar el estado mental del afectado para determinar si padece o no algún transtorno de carácter psicótico, si ha ingerido alguna sustancia adictiva, o si por la influencia de la edad pudiera estar experimentando una fase incipiente de Parkinson... En definitiva, lo que queremos es precisar un correcto diagnóstico descartando otras causas pero, en cualquier caso, no podemos asegurar nada sin atender a un adecuado diagnóstico diferencial, circunstancia que nos puede llevar un tiempo.

Alvaro, no pudo reprimir la indignación, al escuchar las palabras del médico: -¿Cómo que mi abuelo es un loco? ¿Cómo se atreve? ¡Mi abuelito es una gran persona, un hombre excelente, un sabio! ¡Usted. no le conoce!¡Es un ignorante!

-¡Alvaro! ¡Como le hablas así al doctor! – recriminó su padre al momento.

-No se preocupe, deje al chico que se desahogue. Su reacción es comprensible. Ciertamente, no es agradable tener conocimiento de estas cosas y mucho menos cuando afectan a un miembro muy querido de la familia.

-No, no se trata de eso -volvío a corregirle Alvaro- Usted. no conoce la trayectoria de mi abuelo. Es un personaje ilustre, posee una gran espiritualidad, puede hacer cosas asombrosas.
-No pongo en cuestión que tu abuelo sea una excelente persona, de eso no me cabe la menor duda, Alvaro, pero… - continuó, con un tono más grave y dirigiéndose ahora a sus padres-: -uds mismos deberán reconocer que no ha llevado una vida, digamos… “normalizada”, y ya saben a lo que me refiero cuando empleo esta atribución. Quiero dejarles claro que doy mi opinión desde el respeto y la consideración que me merece don Joaquín, por supuesto, pero si he de serles sincero hasta a mí me han llegado rumores de ciertas actividades públicas susceptibles de poder ser catalogadas como “excéntricas” y que podrían guardar relación con posibles síntomas patológicos. Además, sabemos que fue prisionero de guerra durante su juventud. Lo cual es un agravante, desde el punto de vista psicológico. No me lo pueden negar.

-Ya…ya… Si en eso estamos de acuerdo, doctor- respondió la madre-.- Desde luego que nosotros, como hijos, vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos, para que papá no sufra más, con su ayuda, por supuesto. Confiamos plenamente en usted.

-¿Cómo? ¡Pero mamá…!

-Tranquilízate, Alvaro. Todo esto es por el bien de tu abuelo. Ahora, respóndanme a una pregunta vital: ¿Confían ustedes. en la psiquiatría, señor y señora González?

-Si...claro. Confiamos en usted y en la psiquiatría.

-¿De veras? ¡Pues por mí podéis iros todos a la mierda! ¡Y su ciencia también, doctor matasanos! – le gritó Alvaro al psiquiatra.

-Alvaro, sube inmediatamente a tu cuarto. Eres un maleducado. Ya hablaremos tú yo seriamente de esto- le reprochó el padre.

Con toda la información recibida acerca de un pronóstico dictaminado como reservado para Joaquín, los padres despidieron al doctor que había orientado su ingreso para dentro de dos días en un centro psiquiátrico. Precisamente este médico, el doctor Galvez, director-jefe de la residencia, se había comprometido a llevar personalmente el caso. Según su criterio era necesario ejercer un estricto control sobre el enfermo durante los primeros meses hasta la confirmación del diagnóstico. Mientras tanto, se le iría aplicando la terapia más adecuada. De momento le estaban dando un tratamiento ambulatorio provisional que estaba enfocado a mejorar las causas neurológicas subyacentes. Como la causa subyacente, según este psiquiatra, no era absolutamente desconocida y existían indicios más que probables de que pudiera tener su origen en un transtorno psicótico, se le había prescrito haloperidol.

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Alvaro pasaba el máximo de tiempo con su abuelo que ocupaba el día durmiendo. Mañana mismo debía ingresar en la clínica y a pesar de que su principal deseo era verle despierto y entablar una conversación con él, se sentía verdaderamente frustrado al ver cómo se iba truncando ese deseo a medida que pasaban las horas, pues el diálogo antes de la partida parecía prácticamente imposible. 

Tras varias horas realizando su actividad preferida, que era la lectura, no se había percatado de que el viejo hacía un buen rato que se había incorporado para sentarse sobre la cama, se había puesto la almohada sobre la espalda y más fresco que una rosa, le miraba con atención plena. Finalmente preguntó:

-¿Qué lees, hijo?

-¡Abuelito!- dijo con sobresalto- ¡Despertaste al fin! ¡Qué bien!.......Pero dime…a todo esto, ¿cómo te encuentras?

-Pues si te digo la verdad, teniendo en cuenta que ayer cumplí 95 y que –según lo que recuerdo- hace tres días aun estaba muerto…¡fenomenal! Jajajajajajajaja- rió muy intensamente, rió y rió como hacía tiempo que no reía.

-¡Abuelo, eres un crac!, jajajajajajaja

-¿Un qué…has dicho? ¿se puede saber qué es eso? Je je je je

-Abuelo y nieto se miraron con un cariño indescriptible, valorado solamente desde el criterio de aquellas almas conectadas por un mismo e inseparable destino. Más tranquilos, se fundieron en un profundo y prolongado abrazo.

-Abuelo…¿es verdad que tienes la capacidad de ahuyentar a la muerte?

-Pues claro. ¿No te han contado que me puse a llamar como un poseso desde el interior del ataúd para que me abrieran y conseguí salir vivito y coleando?

-No, abuelo. Hablo enserio.

-No sé a qué te refieres, hijo.

-A que estuviste a punto de morir a manos de aquel oficial de las SS que iba a dispararte y al momento, un aureola magnética te rodeó y te protegió, a que lograras burlar al destino y fuese entonces cuando el mismo tipo que quería matarte se suicidara, exactamente porque Dios te había encomendado una misión, que en un principio era escapar de aquel lugar… a partir de ese momento desarrollaste una habilidad especial que te hacía conectar con el universo metafísico y que te ayudaba a salir idemne de todas las situaciones de riesgo para tu vida… y volviste a casa… y entonces desarrollaste un don para ejercitar la espiritualidad y la magia, ¿no es así? Y venía mucha gente a verte para que les ayudaras y…

-¡Párate, un momento! ¿Tú cómo sabes todo eso?

-Vale…verás…yo…leí parte de tu historia. No quise hacerlo, me encontré el cuaderno por casualidad y algo dentro de mí me impulsó a…es que…me invadió tanto la curiosidad que una vez que empecé me dí cuenta de que era imposible dejar de leer…era todo tan inquietante y tan trágico…y al mismo tiempo tan enigmático…

-El gesto del abuelo Joaquín se había vuelto triste y taciturno. Con cierto énfasis señaló:

-Alvaro, todo lo que escribí es absolutamente mentira, no tiene razón de ser, es pura fantasía, propio de las mentes calenturientas. Pero aun así debes prometerme que nada de lo que has leído saldrá de nosotros, de nuestra privacidad…

-No debes esforzarte en disimular conmigo, ni debes preocuparte de si en un momento dado, puedo poner en entredicho tu honorabilidad o tus principios, incluso tu cordura, muy a pesar de lo que pueda decir cualquiera, la gente, papá y mamá, o el psiquiatra. Estoy convencido de que lo que cuentas es la pura verdad –dijo el muchacho.

-¿Y cómo puedes estar tan seguro de lo que pueda decir este viejo engreído, lunático y fantasioso?

-Tú no eres un viejo lunático y fantasioso. Eres un maestro, un sabio, un ser privilegiado y también un hombre sencillo y bueno, que ha sido tocado por la vara espiritual. Debes reaccionar, sobreponerte y luchar. No permitas que te encierren de nuevo. Ya pasaste por eso una vez.

-Alvaro…Alvaro…mira –le advirtió el anciano.

Hacía unos segundos que acababan de entrar en la habitación los padres de Alvaro. Les acompañaban el psiquiatra y dos enfermeros.

-Alvaro, no sabíamos que estabas aquí…Vienen a recoger al abuelo, creemos que es bueno que ingrese esta misma noche, cuanto antes mejor. Debemos actuar con la mayor premura. Es por su bien –apostilló el padre, con la complacencia de su mujer, que asentía con la cabeza corraborándolo todo-.

-Pero…pero…si se encuentra muy bien. Yo mismo puedo demostrarlo, hemos estado hablando con la mayor naturalidad de nuestras cosas. Papá, mamá, creédme. Al abuelito no le pasa nada. ¡Abuelo, háblales! ¡Convénceles! ¡Demuéstrales que eres una persona normal y corriente!

-Hijo, es por su bien, vuelvo a insistir.

-¡Noooooooooooo, no os lo vaís a llevar! ¡No lo voy a permitir!

-Alvaro se había colocado estratégicamente sobre la cama, cubriendo con sus brazos al anciano, intentando protegerle. Anticipándose al movimiento, el médico había hecho señas a los enfermeros, ordenándoles que se acercaran hasta el lateral para levantarlo y tumbarlo en la camilla. Pero no resultó tan fácil como parecía en un principio, el abuelo Joaquín se resistía con desesperación, el muchacho no paraba de propinarles puñetazos y patadas por todo el cuerpo, los padres también habían ido hasta ellos para hacer fuerza y separar a Alvaro. Hubo un dramático forcejeo entre los siete. Joaquín y Alvaro se mantenían abrazados el uno al otro, aferrados a la cama, fue entonces cuando el médico se dirigió corriendo a buscar su maletín, sacando una jeringuilla y una cápsula que contenía un calmante muy potente. Con rápidez preparó una dosis intramuscular. Alvaro seguía dando golpes a diestro y siniestro, la madre cayó al suelo en una de las embestidas sangrando por la nariz. El padre fue a socorrerla, el chico dándose cuenta de que la inferioridad numérica contaba a su favor, se ensañó con mayor virulencia contra los enfermeros, aunque poco a poco éstos estaban consiguiendo reducirle. Aún así no se dió por vencido y en un último intento por zafarse, cogió la lámpara de la mesita con suma destreza y la estampó con contudencia contra la cabeza de uno de los enfermeros. El otro, sin apenas tiempo de reaccionar, sorprendido por la propina que acababa de recibir su compañero, se echó atrás para evitar un segundo impacto contra él tropezando con su compañero, que se había quedado tirado en el suelo. Alvaro había conseguido ganar un poco más de tiempo. De nuevo volvía a la acción el psiquiatra que iba a por Joaquín, a clavarle la aguja. Demostrando que sus reflejos no estaban tan mermados, le puso la zancadilla cuando estuvo lo suficientemente cerca, consiguiendo desestabilizarle. La jeringuilla había ido a parar al suelo pero antes que nadie pudiera hacerse con ella, el muchacho se avalanzó con ferocidad sobre la jeringa y con una limpia precisión inoculó el líquido en el muslo del psiquiatra. Inmediatamente, abuelo y nieto echaron a correr cogidos de la mano, se dirigieron a la puerta y salieron huyendo.

Bajar por las escaleras con un anciano que había perdido gran parte de su vigor y cuyos lentos movimientos dificultaban enormemente la escapada, representaba de antemano el fracaso más absoluto. Peldaño a peldaño, pisada a pisada, Alvaro y Joaquín, fueron descendiendo en dirección hasta la planta baja. A cada paso el muchacho se daba la vuelta en medio de una progresiva sorpresa respecto del hecho de que nadie les estuviese siguiendo. Atormentado por sus malos pensamientos, luchaba indefectiblemente contra tres ideas incisivas que se clavaban como una estaca en su cerebro. Estas eran el arrepentimiento, la preocupación y la incertidumbre de qué hacer en un futuro inmediato. Atendiendo al sentido de la lógica y recuperando la sensatez, no tuvo más remedio que aceptar la evidencia en los hechos, en primer lugar la total inoperancia de la maniobra que estaba ejecutando, a lo que se añadía la desorientación en la toma de decisiones. Pero, en cambio, si se guiaba por el más profundo de sus anhelos interiores el arrojo y la determinación ganaban la partida y le obligaban a persistir. Esa dicotomía en forma de disyunción hizo que dudara unos instantes para luego retomar la decisión anterior. Así que continuaron su lenta marcha atravesando el comedor y el pasillo que conducía a la salida. A continuación cruzaron el jardín y se encaminaron después por un sendero pedregoso que les condujo campo abierto hasta un pequeño montículo, donde pararon a descansar. Habían andado durante aproximadamente media hora y la fatiga había hecho mella en el anciano. Por detrás, se ubicaba una pequeña aldea de ganaderos. Algunos lugareños se percataron momentáneamente de su presencia, aunque afanados en sus tareas no les prestaron demasiada atención así que todo el mundo continuó con su rutina.

Poco les duró el parántesis, porque desde lo lejos divisaron el coche de los padres de Alvaro que se dirigía por el sendero de gravilla hacia la aldea. El abuelo Joaquín al verlo se postró detrás de una de las cabras que pastaban y se puso a rezar. Alvaro le observaba inquieto sin saber en qué acabaría una aventura de este tipo. No parecía tener muy claro el objetivo de los rezos del viejo, que si bien el muchacho lo desconocía, respondían a un propósito dirigido. El viejo alternaba sus plegarias con palabras que intentaban mitigar la tensión: -Ten fe, hijo mío. No pierdas nunca la fe en ti mismo-. Alvaro le miraba escéptico, estaba convencido de que habían perdido la partida, cuando oyó al abuelo exclamar enfatizadamente, mirando al cielo y sacando toda la potencia de voz posible. Reproducía un fragmento del Antiguo Testamento:

“Estaban conversando mientras caminaban, cuando un carro de fuego, con sus caballos de fuego los separó al uno del otro: Elías subió al cielo en un torbellino.

Eliseo lo vio y gritaba: “¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Carro de Israel y su caballería!” Luego no lo vió más. Tomó entonces su ropa y la partió en dos”.

El vehículo se había parado a cierta distancia porque era imposible subir la cuesta del monte. A continuación salieron de él los padres de Alvaro, el médico y los dos enfermeros:

-¡Ahí están! ¡Vamos! ¡Acerquémonos! –Dijo el padre-.

-¡Alvaro! ¡Alvaro, hijo mío! ¡Menos mal que os hemos encontrado! -dijo la madre, gritando.

-No se inquieten. Vamos a proceder con calma –El psiquiatra intentaba contribuír aportando serenidad-.-No nos precipitemos y todo saldrá bien.

Los enfermeros y el psiquiatra avanzaron unos metros y empezaron a subir la cuesta, siguiéndoles en la retaguardia iban los padres de Alvaro, mostrando una preocupación creciente.

-Abuelo, no sé qué más podemos hacer. Nos han localizado y se están acercando.

-Ten fe, hijo, ten fe- No paraba de decir el abuelo Joaquín. Fue en ese momento cuando el cielo se ennegreció de repente, las nubes empezaron a desprenderse de su acúmulo de agua y ésta empezó a caer torrencialmente mientras se escuchaban rayos y truenos portentosos de aquello que prometía ser una estrepitosa tormenta. La atmósfera se había oscurecido por completo y solo se notaba algo de claridad cuando estallaba un relámpago al ritmo de una cadencia casi contínua.

-Dios mío, ¿qué significa esto? ¡Cariño, no puedo ver bien, tengo miedo! ¡Alvaro, tenemos que llegar hasta Alvaro!

-¡Tranquila!, ¡no te asustes, estoy a tu lado. Doctor, ¿hay alguna explicación para esto?

-¡No sé qué está ocurriendo, pero debemos ir hasta el coche y resguardarnos! ¡Vámonos ya!

-¡Yo no me voy sin mi hijo y sin mi padre! ¡No podemos irnos y dejarles solos! ¡Es usted un cobarde! – le recriminó la mujer, encolerizada.

-El viento sopla muy fuerte, este tiempo es demencial, debemos protegernos bajo techo, no se puede dar un paso.

-Doctor, doctor, ¿a dónde va? -Gritaba un enfermero.

-Yo no les distingo desde aquí, esperemos hasta que pare todo esto pero en un sitio seguro –dijo el otro enfermero.

-No, nosotros no nos iremos sin ellos.- hablaba el padre-.- Debemos intentarlo ahora.

-Oigan, el doctor tiene razón, vámonos al coche, es absurdo quedarse en medio de este vendaval, así no conseguiremos ayudarles. Y nosotros tampoco estamos seguros.

-Mire, escuche, ¿tiene hijos? Probablemente no, porque entonces no hablaría así.

-¡Dejadlo! Discutir ahora no vale de mucho, querida. ¡Dame la mano y no te sueltes!

-Corremos el peligro de que nos alcance un rayo, con toda seguridad se habrán dirigido a la aldea y se encuentren en la casa de alguien.

-Pero no lo sabemos, apenas hay visibilidad si te alejas unos metros. Si nos separamos nos perderemos. Es mejor permanecer juntos y esperar. A lo mejor el tiempo se aquieta en breve. Debe ser una tormenta de verano.

-Pues menuda tormenta. No había visto nada parecido en toda mi vida.

-¿Estamos todos bien, los cinco?...¿qué esto? Doctor, ¿se encuentra bien? ¿Está herido?

-Más o menos mantengo la consciencia, me... me... caí al intentar avanzar hacia el coche. Creo que me he dislocado el tobillo. Pero me encuentro bastante mareado, yo... me siento...

-¡Vaya, hombre, le dije que no se moviera!

A unos metros de distancia, Alvaro y Joaquín, aguantaban como podían. El anciano seguía reclinado. Había dejado de rezar. Alvaro había tendido las manos sobre los hombros de su abuelo para sujetarle. Intentaba mantener el equilibrio de ambos, aunque a duras penas conseguía mantener la estabilidad. Estuvieron así un rato, hasta que poco a poco fue amainando la potencia del viento y la lluvia comenzó a perder fuerza.

-Abuelo, ¿cómo estás? Contesta, por favor. ¡Dime algo!.

Pero el abuelo Joaquín parecía encontrarse en medio de un estado catatónico. Los ojos se le habían puesto en blanco, su piel había palidecido y todo su cuerpo estaba frío y rígido. Se mantenía inmovilizado en la misma postura, arrodillado y fuera de sí. Alarmado, Alvaro se separo bruscamente de él y decidió ir a buscar el apoyo de sus padres y los demás.

-Espera aquí, abuelo, voy a buscar ayuda. Lo siento mucho, abuelito, debemos rendirnos, es lo mejor que podemos hacer dadas las circunstancias. No te preocupes, volveremos a por ti.

Después de correr unos segundos con el rostro desencajado, impaciente por encontrar a sus padres, se dio la vuelta para mirarle nuevamente pero en lugar de ver su apariencia desde la lejanía, vislumbró una luz cegadora del color del fuego, que iba abriéndose por entre la hierba del montículo, justo en el punto exacto donde el abuelo Joaquín se había quedado momentos antes. El brillo de la luz era tan resplandeciente y deslumbraba de tal manera que escocía los ojos. Maravillado miró hacia arriba y observó cómo grandes destellos de esa misma luz refulgente fulguraban entre el vacío del aire y ascendían hacia lo alto, en dirección a las nubes.

De entre el esplendor de los centelleos, que se asemejaban a una explosión de fuegos artificiales, emergía una silueta volátil que también ascendía hasta el firmamento junto a los rayos de luz. Se destacaba de entre las fosforescencias y desdibujaba una clara forma humana que despedía también una gran luminosidad. Alvaro se sentía mágicamente perturbado por la belleza idílica de las imágenes y no pudiendo contener más la emoción comenzó a llorar porque de sobra se imaginaba que quien se abría paso hacia el infinito era su abuelo. De este modo y gradualmente, la silueta fue perdiendo la forma y las líneas, a medida que iba cogiendo mayor altura, hasta su desintegración en miles y diminutas partículas que finalmente se evaporaron.

Todavía no había terminado de reaccionar cuando el grupo le encontró, cabizbajo y ausente, sentado en el suelo. Ni se inmutó al verles.

-¡Amor, mi cielo! ¿Dónde está el abuelo? –Preguntó su madre, mostrándose todo lo sumamente cariñosa y comprensiva que su angustia, los nervios y el sufrimiento experimentado le permitían en esos momentos.

Alvaro la miró consternado, sin saber qué responder.

-Cariño, no te puedes ni imaginar lo preocupados que estábamos. No te apures, si le has escondido en algún sitio, no te vamos a regañar ni nada que se le parezca. Solo queremos comprobar que no le ha pasado nada. No te vamos a castigar, te lo prometemos papa y mamá. Te doy mi palabra- le expresó su padre. Al ver que a Alvaro le caían las lágrimas, no dejó de imaginarse el peor de los escenarios posibles-.- Dinos qué ha pasado. ¿Dónde está el abuelo?

Pero el muchacho se sentía impotente y sin capacidad alguna para hacer frente a la nueva tesitura. ¿Qué explicación podía ofrecer?

Esta vez habló el médico: -Alvaro, sé que has pasado por muy malos momentos, pero si te tranquiliza lo que te voy a decir… te ofrezco todas las garantías posibles y desde luego puedes estar muy seguro de ello, de que tu abuelo no va a ir la clínica. Le pondremos el tratamiento en casa. Yo también te doy mi palabra. Anda, corazón, dinos donde está.

-Por favor, Alvaro, sé bueno y dile a papá y mamá donde está. Si quieres, mamá se va contigo aparte y le cuentas el secreto. De veras que no va a pasarte nada porque me digas la verdad. Vamos…

Por fin el chico se puso en pié y se secó las lágrimas para atender la demanda. Como conclusión definitiva, sabía que era un hecho incuestionable que nada de lo que les pudiera confesar iba a ser creíble. Así que pensó que era el momento de contar con alguna prueba, si es que la había. Cogió de la mano a su madre y empezó a andar junto a ella, para conducirla hasta el lugar donde se había producido el milagro, porque esta vez ya no podía calificarse de otra manera. Y de igual modo, no dejaba de ser consciente de la imposibilidad de buscar ninguna explicación científica porque sencillamente, no la había.

Los demás, les habían seguido con enorme expectación, hasta que llegaron al montículo. Alvaro no pudo evitar la decepción porque allí no había quedado ningún resto, no había ningún hallazgo que hacer, ninguna prueba que certificase nada del misterioso fenómeno. El único garante de la verdad se correspondía con los objetos que habían quedado tirados en el suelo, un pijama, unas zapatillas y un reloj. La reacciones no se hicieron esperar, los gestos y las expresiones eran de horror e impotencia.

-¡Dios mío! ¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado? –La madre empezó a sollozar…

-¡Madre mía, no sé qué es lo que pensáis los demás, pero a mí esto no me gusta nada!

-¡Me temo lo peor, me temo lo peor…cielo santo…!

¡Silencio todos! ¡No debemos desesperarnos ni adelantar acontecimientos, esperaremos a que mi hijo nos dé una respuesta convincente! Angustiarnos de esta manera no nos llevará a ningún lado.

¡Alvaro, comprenderás cómo estamos todos así que haz el favor de decirnos de una vez qué le ha pasado al abuelo!- le instó su padre, quien intentó adoptar un gesto reflexivo y comedido por parecerle más oportuno y para no incomodarle más.

Alvaro hizo una mueca de resignación, se contuvo, tomó aire y respodió con un hilillo de voz imperceptible:

-Está bien. Para empezar, lo único que os puedo decir, es que el abuelito ha ascendido a los cielos.

En ese preciso momento, su madre no pudo aguantar más e invadida por el intenso choque emocional, se desplomó en el suelo víctima de un desmayo.


Mercedes Sosa - Sobreviviendo

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Comentarios

  1. Comparto este fascinante relato, que intuyo será inspirado en algún hecho real de la pasada contienda republicada y el ejército franquista, aunque como gran narradora que eres podrías haberle infundido tu propia creatividad. Ya me sacarás de dudas, amiga Marisa y te agradezco que hayas elaborado un amplio reportaje acerca de un pasado que ensombreció la dignidad de nuestro país

    Muchos besos y un fuerte abrazo.

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