lunes, 14 de abril de 2014

Pink Floyd - Us And Them


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ERA COMO SI EL CIELO DEJARA CAER LÁGRIMAS FÚNEBRES

 
 
Damián llegaba sucio y reventado después de una dura jornada en el campo. Cayendo la tarde y mientras escuchaba por la radio el consultorio de Elena Francis, Dora le remendaba amorosamente los pantalones de vestir. Mañana era domingo y tocaba ir a misa. -¿Te comiste el puchero que te llevó la niña?- Preguntó. Él contesto con la cabeza mientras se liaba un cigarrillo, un tanto cariacontecido. Entre quehacer y quehacer  y de manera excepcional, la abuela había hecho una tarta de manzana, de esa que hacía relamerse los labios. 

Era una época muy dura, llena de baches. El jornal no llegaba aunque ella siempre se las apañaba para estirar lo más que podía las raciones de las comidas, de manera que esa noche con el caldo que guardaba para la semana y cuatro patatas cenarían los tres. El perro, siempre en guardia por lo que pudiera pasar en un pueblo al parecer demasiado tranquilo, comía de las poquísimas sobras, apenas unos miserables trozos que Dora había conseguido recopilar como había podido. Estaba raquítico, se diría que enfermo.

La niña, como la llamaban cariñosamente, en realidad tenía 42 años y sufría un  retraso que la apartaba de la rudeza del trabajo. Era una boca más que alimentar y para el padre otra preocupación a añadir porque obviamente no podía ejercer de chacha en casa de ningún rico o trabajar en el campo como jornalera.

-Anda niña, no te quedes ahí como un pasmarote y ayúdame a calentar el agua y preparar la jofaina pa que se lave padre.
-Mira, madre, una mariposa de luz. ¡Ay, se me escapa!.
-Rediez, deja eso de una vez y ven a ayudarme.
Habían sido momentos inolvidables los que Dora había vivido con la criatura, a pesar de todo. Haberla visto crecer y hacerse mujer, no tenía precio, aunque  nunca se casaría, eso lo sabía, ni pariría...
"Angel inocente y puro, ¿qué voy a hacer contigo?" Pensaba. Lo pensaba sin acritud, era justo lo contrario, profundo agradecimiento. Al contrario que su marido, que lo consideraba una circunstancia desgraciada, Dora estaba convencida de que le había sido concedido un regalo del Todopoderoso. Nunca tendría nietos, pero sí una hija que jamás se iría de su lado. Como tener un juguete en la senilidad.

-Buenas noticias pa la cosecha, Damian. Se acercan lluvias.
Pero el abuelo estaba serio. Y preocupado. Siempre le habían inquietado cosas como las corrientes de aire de la casa, porque eso podía provocarle un resfriado y  no poder ir a trabajar la tierra de su señorito. Pero el desvelo actual era mayor y más trascendental. Aun así, no se atrevía a abrir la boca, a pesar de las insistencias de su mujer, que intentaba hacerle soltar  prenda. Pero Damían no decía ni mu.

-Habla, hombre. Estás muy callao y eso no me gusta. ¡Algo te pasa, caray!.
-Na, no me pasa na.
-Dime qué te pasa, viejo...
- Me marcho a Cuba...
-¡Anda, anda! ¡No digas tonterías!. Siéntate y come. .
-Que no, Dorita, que no. Que es verdad, me marcho a Cuba.
-Pero Damían, hombre, que ya no tienes edad pa esos trotes. 
-Mujer, que no te preocupes, que aun ando ligero y me queda fuerza pa trabajar en lo que me echen.
-¡Válgame el Cielo! ¿Tú solo por esos mundos de Dios?. ¿Pero te lo has pensao bien? ¿Cómo no me has dicho na?
-Está to pensao así que tú a callar. Mira, es lo mejor, nos ha dicho Don Alberto que no nos sube la paga  y hay que tirar palante. Yo te mandaré dinero to los meses. Me voy este lunes.
¡A estas horas a cuba, ni más ni menos que a Cuba¡ ¡Ha perdío la cabeza, está claro¡¡A quién se le ocurre? - La mujer continuaba  rabiando por lo bajo mientras se sentaban a la mesa. Cenaron sin más aunque, de vez en cuando, Dora emitía suspiros de intranquilidad, mientras reflexionaba para sí misma. -¡Viejo cabezota! ¡Vaya idea peregrina, irse a Cuba!.

Llegó por fin el lunes. Como venía siendo habitual desde principios de siglo, había una fuerte oleada de emigrantes que se trasladaba a los principales puertos para subirse a los buques con destino al país del azúcar. En el momento de embarcar, las despedidas de los que se iban y sus familias solían ser de gran dramatismo y dolor. Ahora, en 1950 un nuevo empuje de la emigración y de las fuerzas productivas de aquel país, que necesitaba nueva mano de obra, habían hecho que fuese uno de los destinos predilectos de los españoles que buscaban una vida mejor.

En esa situación estaban, como tantos otros, Dora, Damián y la hija de ambos, quien abrazaba fuertemente a su padre y lloraba desconsolada. Su mujer, en cambio, permanecía serena, aunque muy  triste. No dejaba de observarle todo el tiempo con detenimiento, como si vaticinara que ésta iba a ser la última vez en que le miraría a los ojos. Damián y Dora se besaron con intensidad. Casi con la certeza de que éste era un punto de no retorno, se resistían a soltar sus manos entrelazadas. El silencio había sido su inseparable compañero durante las últimas horas en tren y demostrándoles su absoluta constancia, hizo que se despidieran sin hablarse. 

Ese día llovió a borbotones. El mar fue el reflejo gris de la niebla y la tormenta. Era como si el cielo dejara caer lágrimas fúnebres.

                PABLO GUERRERO - EMIGRANTE                     

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