martes, 27 de mayo de 2014

¿QUIÉN ME LO IBA A DECIR A MÍ?

 

Inmersa en un soliloquio interno, meditaba nuevamente sobre su situación. Había pretendido durante todo este tiempo desconectar emocionalmente sin conseguirlo lo suficiente como para poder dedicarse plenamente a su família. Ella siempre se había sentido orgullosa de su condición de madre soltera, de mujer independiente y autosuficiente, poseedora de una desarrollada capacidad para comerse el mundo ya incluso desde que estudiaba la carrera universitaria con notas brillantes. Recordaba de aquella época los reproches dirigidos a sus compañeros universitarios del sindicato de estudiantes, por considerar que se metían en fregaos innecesarios, en tediosas reuniones políticas, mitines dentro del campus, manifestaciones contra la Otan...Ahora lo que le preocupaba realmente era esa disyuntiva que le había hecho dudar intensamente entre firmar o no firmar y sorpresivamente, quién se lo iba a decir, la situación de crisis en esa España actual, que afectaba ya a casi seis millones de parados.

Ni siquiera le comunicó el cese de su actividad laboral la propia empresa sino su ETT, a través de un compañero de Selección de Personal, donde ella había estado realizando sus mismas funciones durante 10 años consecutivos. Paradójico, si, contradictorio, también. Como lo era mismamente la injusta y decadente reforma laboral aprobada, lo veía claro en este preciso momento, con reticencias al principio y con absoluta conciencia después de todo el proceso. Sufrir en carne propia las consecuencias de un despido improcedente, no había sido plato de su gusto, lógicamente no lo debía ser para nadie. ¡Cuantas veces había dirigido ese proceso! Con la seguridad y la prepotencia que le daba el cargo que ocupaba, el sueldo, las condiciones, el respeto por parte del jefe de sucursal. La maquinaria perfecta para contratar y despedir se organizaba con pulcra eficacia, en ocasiones llegando al "sumum". Sin embargo éste último proceso, íntimo y particular, había sido terriblemente doloroso, agotador y aleccionante. Todo un aprendizaje. Y también una condena, sin duda.

Avergonzada, hizo ademán de esconderse entre la turba de demandantes al reconocer un poco más atrás de la fila a Esteban, ese padre de família desquiciado que tenía a su madre con alzheimer, el más reciente damnificado de su lista. Lo último que le gustaría en este mundo es ser reconocida por una de sus víctimas precisamente en la cola de las oficinas del INEM.

                                         


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