martes, 10 de junio de 2014

LA CÁMARA

Esta es una historia que describe el mágico apego hacia un objeto preciado y de cómo la vida da sus vueltas y sorprende a sus actores. El personaje influyente: un fotógrafo neófito, por naturaleza aficionado, encarando su trabajo pseudo-profesional del mejor modo posible, con la noción cumplimentada en su práctica de vida de que el periodismo presencial no se iba a convertir en su principal medio de vida. Acompañándole en  sus costumbres foráneas los paisajes abruptos y la geografía escarpada del Oriente Medio o el Norte de África y siempre en su cabeza el manual imaginario de cómo comportarse en zonas de guerra. Y la verdadera protagonista: la cámara. Era un modelo no demasiado sofisticado, una canon EOS 5 mark2. Con ella se había dedicado por un tiempo a sacar fotos vendiéndolas a las agencias por un módico precio.

Habiendo decidido asentar su inconfortable espíritu rebelde en las oficinas donde ejercería su próximo trabajo como traductor, sucedió el hecho imprevisto de la pérdida. Momentáneamente depositada encima de la barra de aquel bar inhóspito, en ese hostil barrio del extrarradio de la ciudad, la cámara había desaparecido de repente en un visto y no visto y con ella su inapreciable contenido. Quién le iba a decir a él que un alicaído despiste fugaz propiciado por un incontenido afán de vaciamiento intestinal, le iba a jugar tan mala pasada. Por supuesto y tras un insistente e inquisitivo interrogatorio a los desarraigados presentes, tras su vuelta del servicio, ningún testigo, ni un solo indicio del robo, la indiferencia absoluta en medio de curiosas reacciones de extrañeza. Nadie en la barra, más que el camarero que había renegado tres veces de ella y que como Pilatos se había lavado las manos sin mover un solo dedo acusador. Además de tres gatos solitarios en aquel cutre receptorio con bebidas, repartidos en tres sendas mesas individualizadas, un calor excesivamente sofocante para ser junio y la rabia frustrante de nuestro amigo reportero, que dando por terminada la investigación dentro, se dispone a echar una oteadora mirada por los alrededores del local. Afuera en la calle, ni rastro de transeúntes. El mercadillo gitano que había amenizado el barrio durante toda la mañana, había agotado su actividad y como eran las dos y media del mediodía, todo el mundo se había retirado a comer.

Dejamos por el momento a nuestro fotógrafo, lamentándose por este desagradable hecho, en apariencia irreversible y trasladémonos ahora al interior de una vivienda humilde de ese mismo barrio. Cómo no, la cámara no ha ido muy lejos, aunque sí ha quedado solapada misteriosamente, cayendo en las manos no inocentes de un estudiante de bellas artes aficionado a la fotografía que compartía piso con otros dos muchachos. El embaucador reproductor de imágenes era sujetado por el joven indivíduo que se lo mostraba a sus compañeros estudiantes, maravillados por la adquisición. A partir de entonces el carrete empieza a cobrar nuevamente vida, una vez revelado, mostrando los trabajos culminados como fin de carrera, premiados con notas muy altas y que se exponen en una sala donde varios compradores hacen acopio de los formatos y las representaciones fotográficas. La galería permanecerá dos días más abierta de cara al público con las supuestas obras del chaval artista nobel, que se está ganando unas pelillas a costa del infortunado ex propietario del artilugio.

Sus compañeros habían vendido a Reuters las antiguas fotos del carrete y posteriormente habían cubierto eventos de blogueros y publicado las fotos en diferentes redes sociales y en webs de internet. La profanación era absoluta, mínimamente rentable y no se libró de la mezquindad del plagio. Al cabo de un tiempo, como un amante que siente asfixiado el amor cortés por la amada, sustituyó su codiciado objeto amoroso por otro de más novedosa belleza, así que el muchacho estudiante de bellas artes cambia el imperfecto y gastado utensilio de plasmación visual por otro último modelo digital, la Cyber-shot DSC-TX200V, que es una cámara de fotos hermética protegida por una placa de vidrio reforzado, mucho más acorde con sus expectativas de futuro profesional. Está equipada de una pantalla táctil Xtra Fine Tru-Black de 3,3 pulgadas, un sensor Exmor R CMOS de 18,2 megapíxeles (la mayor resolución para este tipo de cámaras) y de un zoom óptico de 5x. Es hermética y resistente hasta 5 metros de profundidad y resiste el polvo y el frío (hasta -10° C). Con estas referencias notables de prestigio creciente para sus futuros trabajos y seguro de que la antigua receptora de impactos para la retina no le sirve, decide llevarla a una casa de empeños, de su mismo barrio. En definitiva, el objeto amoroso en un principio admirado y después traicioneramente despechado es arrinconado en la tienda a la espera de que el mejor postor adoptante pueda hacer un uso práctico, no menos artístico, quizá con una recategorización inesperada de la resultante técnica con que su par de lentes de bajo costo hacen el trabajo, como unas 17-40 y 70-200 4.0. Pero no olvidemos que el artilugio prostituído se ha reconvertido en una cámara de segunda mano y su antiguo dueño sufre de la frustración más abyecta, aunque claro está, la vida sigue y con ella los principales advenimientos, nuevos empleos, personas que como él trabajan ocho horas y olvidan sus rutilantes aventuras experienciales por los dilatados espacios lejanos de otros países mitificados donde había visto muchas veces chadores, burkas, zocos, hambre y vestigios de conflictos armados. Él que había representado uno de los últimos estertores de la plasmación eterna de la guerra, lo estuvo haciendo a contracorriente, conocedor de que la fotografía digital actual, que manipulaba los detalles, estaba acabando con la fotografía pura y dura.

Por esas inquietantes maniobras del destino, el elemento captador de imágenes que conocemos había llegado a las voluptuosas manos de una atractiva fotógrafa que trabajaba de manera no muy legal en bodas y bautizos. Lo hacía con la consecuente cautela para no ser multada, sin cotizar y sin seguridad social, para mantener a sus dos mochuelos de siete y cinco años, evitando las inspecciones como mejor le indicaba su intuición de currante en negro. También ofrecía sus trabajos a páginas web sin ningún tipo de regulación. Ganarse la vida, suponía en ocasiones, un trabajo arduo y temerario. Podía sentirse en las condiciones de riesgo y temeridad de nuestro amigo reportero, pero en un grado inferior y en mucho menos intensidad, aunque la naturaleza de lo que hacía desvelaba unos intereses por trascender lo cotidianamente habitual que hacía que los dos afrontaran sus experiencias sin quejarse. Indudablemente ambos tenían la percepción del riesgo alterada, sobre todo ella cuando se tiraba en paracaídas y practicaba el puenting. Pero eso es otra historia. En su práctica laboral solo tenía que centrarse en alguna parte del bebé como las manos o la mirada, utilizar fondos blancos para evitar fuertes contrastes, y que para la fotografía en las iglesias debía jugar mucho con los parámetros de la cámara si quería conseguir nitidez y un adecuado contraste de luz. 

Así fueron pasando los meses hasta que la nueva poseyente dejó su trabajo para dedicarse a otro menester mucho mejor remunerado, puede que más duro y sin sintonía con el arte visual, consiguiendo una nómina y entrando en una gran multinacional como la Ford, en sus cocinas concretamente, no sin antes, sacarle partido al artilugio multiusos del que hablamos, vendiéndoselo a un contacto que tenía en una academia de fotografía y maquillaje de Madrid. Esta escuela contaba con ilustres maquilladores y estilistas y un amplio fichero de modelos. Entre sus catálogos y books, destacaba una silueta de arcángel que en un futuro no alejado de su misma presentación en sociedad había conseguido el estrellato y ser ampliamente reconocida por el mundillo. Su nombre: Martina Klein. Muchos de los que más tarde serían imponentes artistas de la imagen hicieron sus pinitos con esta cámara majestuosa y ya veterana, de la que nos hacemos eco.

Mientras tanto, nuestro amigo ex fotógrafo había quedado relegado todo este tiempo a ser el artífice de innumerables traducciones de textos en inglés para una agencia conocida de noticias, sin ser consciente en absoluto de las variopintas proezas que la vida cotidiana depararía a la otrora protagonista de sus desvelos como reportero, su vieja cámara y de cómo él, al menos indirectamente y como quien no quiere la cosa, lo había propiciado, al perder un elemento de tanto valor sentimental y artístico e ir viajando éste de contexto en contexto, de ejecutor en ejecutor.

Sin ir más lejos, un buen día, un amigo de toda la vida, con quien la confianza y el cariño le hacía pernoctar en salidas nocturnas y compartir quedadas en los sitios de copas más característicos de la capital, le propuso reunirse con él en un pub de renombre que estaba de moda entre los cuarentones más activos para celebrar precisamente el cumpleaños de nuestro protagonista influyente. Entre luces de neón, grandes bolas de cristal de colores relucientes que pendían del techo girando voluptuosamente entre una atmósfera donde todavía se podían aspirar los efluvios del humo de los cigarrillos (contamos esta historia en una época donde no se había aprobado todavía la ley antitabaco) y en medio de  música de remember, cubatas cuyo líquido reverberaba a través de la luz entre histriónicas risas y gente bailonga, el reportero avistó como un náufrago a la deriva que acaba de divisar a lo lejos tierra firme, a una muchacha solitaria sentada en una de las mesas situadas al frente de la pista de baile. Era un descubrimiento misterioso, la mujer admirablemente deslumbrante y ¡atención!...no había moros en la costa. Se acercó sin titubear, seguro de sí mismo, -no olvidemos su templado carácter en medio de las mayores dificultades, aquellas que se derivaron tanto tiempo de su arrojo como fotógrafo bélico-. Sin que ella se hubiese dado cuenta se había situado estratégicamente y con pasmosa calma delante de su privilegiada figura de líneas perfectamente marcadas. La muchacha se giró y un tanto sorprendida le miró con descaro, de arriba abajo, sin cortarse para nada, a la espera de  lo que le iba a proponer. Él le preguntó sonriendo pícaronamente: -¿Bailas? A lo que ella contestó con inteligente perspicacia: -Mejor. Te propongo que te sientes conmigo, rubiales, y me invites a un bourbon. El que me acabo de terminar todavía no me ha hecho efecto.- Complacido y satisfecho de lo que prometía ser una nueva conquista de fin de semana, se sentó. 

Y ambos empezaron a hablar y a reír como si se conocieran de toda la vida. Entre piropo y piropo se profesaban miradas cautivadoras que duraban un tiempo intermedio, el suficiente para ir avivando paulatinamente un deseo sexual ardiente que cada vez iba in crescendo. Entonces, la muchacha quiso hacerle una foto, como quien fotografía a una pieza recién cazada que posee su propia importancia estratégica y que merece ser plasmada para poder generar la envidia de sus amigas. Sacó una cámara de su bolso y la cogió entre sus manos, diciendo: 

-Atención, mira al objetivo y pon tu mejor gesto, te voy a hacer la foto con la profesionalidad que mereces. La cámara es muy buena, como puedes observar…

Nuestro reportero al ver ese admirable portento artístico captador de la belleza intrínseca del mundo virtual, se quedó blanco y mudo...La cámara llevaba serigrafiado el dibujo de un trébol de cuatro hojas, rotulado en tinta blanca sobre la superficie de cuero que la envolvía, por lo que no quedaba duda de quién era su genuíno propietario. No podía haber otra similar, era la suya original, sin duda, su extraviada pertenencia, ese oscuro objeto del deseo, la joya que le había sido usurpada tiempo atrás y que como un milagro era sostenida en extraña injerencia por las manos de una absoluta desconocida por la que había perdido todo  interés. Con absoluto convencimiento y con la mirada atónita, clavada en el artefacto irradiador de recuerdos mudos, sin mediar palabra alguna, lo arrancó de las manos de la chica, se levantó súbitamente nervioso y con rápidos movimientos se fue en dirección a la salida del local, perdiéndose veloz de su ámbito de influencia. Ella permanecía quieta, con la boca abierta, recién lanzado un suspiro de susto, todavía con las manos en el aire, sin haber tenido tiempo de reaccionar y sin comprender nada.

Entre las prisas por huir y la desesperación por no ver truncado su deseo de recuperar su cámara, no se percató de que su cartera había caído encima de la mesa donde estaba hace unos instantes sentado, con su posible ligue. En ella, aparte de algo de dinero y tárjetas de crédito, guardaba pósits que eran tarjetas de visita con sus datos personales, teléfono, correo electrónico y dirección.




Depeche Mode - Photographic


Paul Simon - Kodachrome 


The Who - Pictures of Lily


Ringo Starr - Photograph

 





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Debates huecos, polémicas de la estratosfera


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