lunes, 30 de junio de 2014

El Ultimo De La Fila - Insurrección

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UNA PEQUEÑA INSURRECCIÓN




Las fiestas patronales en el pueblo eran todo un acontecimiento. Se festejaban en Septiembre y en ellas se vivía el fervor religioso con cierto adoctrinamiento pero también existía una motivación pagana representada en lo no relacionado estrictamente con las procesiones y actos religiosos. Dentro de los festejos se incluían el concurso de tiro y arrastre y los bous embolats, un festival de música de bandas, verbenas, mercado medieval, castillo de fuegos artificiales, mascletà, concursos para niños, teatro de varietés y otros espectáculos musicales con actuaciones. En definitiva, todo el mundo, fueras fiel creyente o no, participaba del jolgorio y el boato. Era la oportunidad más presente, de mostrar tu marca de paisano, tus mejores galas y atributos y de patrocinarte y hacerte visible. También significaba una oportunidad de buscar novio/a, más si cabe en las lustrosas verbenas donde la endogamia permitía tener contacto con la rama familiar más alejada en el tiempo y los amigos de tus amigos y de tus familiares, todos ellos demasiado próximos, según mi parecer.




Siempre me asfixió el ambiente clientelar y la facilidad  que se te ofrecía de alternar con toda aquella alma que te encontrases. No me gustaba demasiado vivir en un territorio tan acotado y más cuando la confianza en lo ultraconocido te hacía tener que hablar con todo quisqui. Aunque también existía subterfugiamente una metodología obligada para seleccionar. Muy sutil, eso sí. De tal manera que, en ocasiones, no había forma humana de averiguar quiénes eran mis verdaderos amigos y quiénes mis auténticos enemigos.



Una de las cofradías en honor a la patrona era la de San Luís Gonzaga a quien se advocaba en una de las procesiones que había programadas. La particularidad del recorrido no era otra que la exclusión en él de las mujeres y por tanto, vetarlas de la participación. Mi espíritu rebelde y el de otras chiquillas de mi edad se unió un año de mis vacaciones para confabularse contra esa tradición, por considerarla ridícula y sectaria, dando paso así a una minoritaria rebelión en “petit comité”, lo suficientemente escandalosa como para dar  que hablar durante un tiempo.



Éramos cuatro las niñas en contienda. Dos amigas, mi hermana y yo. Urdimos un plan maquiavélico y a la vez simplón para poder nadar en contra de la corriente y significarnos como el grupillo de las “enfant terrible”.



Durante todo el año la virgen se encontraba resguardada en su santuario, en la hermita del segundo monte más alto de la comarca. El primer día era cuando se la bajaba en romería hasta la Iglesia. El segundo día se celebraba una misa de conmemoración y una procesión dedicada, combinándose los actos lúdicos que ya he mencionado con los religiosos. El tercero era la fiesta del Voto de Acción de Gracias y volvían a entrar en acción e intercalados, los actos lúdicos con los propiamente religiosos. Por fin el último día, era el elegido para honorar a San Luís Gonzaga, patrón de la juventud. El último domingo de septiembre se realizaba la “Subida” de la Virgen a su santuario y se celebraba una novena y otra procesión de similares características a la “Bajada”.



El día en cuestión nos habíamos reunido clandestinamente para decidir en qué tramo del recorrido íbamos a irrumpir, con cierto disimulo y como quien no quiere la cosa, al hilo de “yo es que pasaba por aquí y no me había enterado”. Finalmente sería en la calle anterior a la Avenida principal. Con los cirios a cuestas y toda nuestra ilusión por trascender en la historia del Libro de las Fiestas, nos fuimos adentrando por las estrechas callejas, sorteando a devotos y curiosos emperifollados y engalanados hasta las cejas. Llevábamos con nosotras unos aires triunfalistas antes ya de involucrarnos en el meollo, propios de quien va a realizar una justa y honorable azaña en pos de nuestro sexo que nos transformaba de repente en unas prematuras y tiernas feministas.




Una vez dentro de la fila, observamos que, efectivamente éramos las únicas féminas de la procesión, a excepción de una clavariesa uniformada totalmente de negro, seguramente con el objetivo de hacer una legítima promesa al patrón, porque iba descalza. Consideramos, dada su estratégica tranquilidad, que formaba parte del proceso y que era “legal” o que quizá lo hubiese solicitado formalmente a quien correspondiese. Comenzaron pronto las burlas de los clavarios más jóvenes. Nos llamaban marimachos y reían concienzudamente, gastándonos todo tipo de bromas-cliché, como envalentonados piratas bárbaros que no aceptan en su barco a mujeres sino es para ultrajarlas y humillarlas solamente por su intrínseca condición de debilidad y desamparo. Ello no hizo más que animarnos y darnos alas para continuar en nuestra lucha reivindicativa. Mientras avanzábamos hacia la parroquia, las beatas de mediana edad y las más ancianas, nos lanzaron todo tipo de improperios, nos llamaban sacrílegas y pecadoras. Paradójicamente, ningún hombre a partir de la veintena se metió con nosotras. Yo creo que los que integraban esa franja de edad, hasta llegar a la más entrañable vejez, comprendieron nuestro alegato. Los más, nos observaban con indiferencia, los menos con curiosidad e incluso, jocosamente, porque les parecía simpática la iniciativa.



Hasta que una de las cuatro, mi mejor amiga, resbaló por culpa de un reguero de cera derretida en el suelo. A los ojos de nuestras más virtuosas detractoras, había llegado del averno la humanizada señal del demonio para usurpar la paz, envuelta con tela de algodón pintada de frutas que llevaba los calcetines blancos de espuma hasta las rodillas, pero en realidad, así nos pareció, se había precipitado al suelo un elemento sagrado, pueril objeto enseñante de la más angelical de las purezas que mostraba, falda al vuelo subida arriba del ombligo, unas inocentes cubre-verguenzas de nailon color blanco satinado que correspondían a un querubín. Sin embargo, no tardaríamos en comprobar que acabábamos de descender a los infiernos del purgatorio. Las sonrisas y risas de los jóvenes festeros de la cofradía, se transformaron en estridentes carcajadas. Nos encontrábamos justamente en el punto donde faltaban unos metros para alcanzar las escalinatas que conducían a la puerta de la Iglesia, donde se iba a celebrar la misa.



Motivados por el escándalo y por la naturaleza original del acto religioso, solo para hombres, los cofrades no nos dejaron entrar al interior del templo. Sin ninguna sensación de vergúenza, los cuatro ángeles del infierno no paramos de reír concentradamente hasta llegar a casa.



Fue entonces cuando comprendí el valor y el sentido verdadero que había tenido nuestra iniciativa revolucionaria. A partir de entonces, empezamos a proyectar otra imagen a las compañeras de clase y amigas, a nuestras madres, abuelas, vecinas, que habían dejado de mirarnos con los ojos de la infancia para considerarnos abanderadas de la libertad y el libre albedrío. Recibimos sabios consejos de cómo administrar nuestro tiempo y con quién, advertencias acerca de los peligros de la adultez y adiestramiento de nuestro rol en la sociedad. Era como si estuviésemos cruzando un puente frágil e inseguro, desconocido, que nos conducía hacia la búsqueda de un nuevo lugar en el mundo. La frontera de los doce años fue atravesada con cierto descontrol y precipitación. Ya no volvimos a la Iglesia, las clases de religión fueron sustituídas por las de ética, aprendimos a falsificar los carnets de identidad para poder entrar a las discotecas de los pueblos de alrededor y de la capital y dos de nosotras se echaron novio. Al año siguiente se permitió oficialmente la entrada de clavariesas en la cofradía de San Luís Gonzaga.



La regeneración que tuvo lugar en mí, particularmente fue mucho más transcendental, espiritual e ideológica. Sometiéndome a los dictados que la conciencia me dictaminaba y lejos de aferrarme al dogmatismo más conservador y perecedero, me sumé a la investigación y consiguiente hallazgo de la ciencia de la dialéctica, del materialismo histórico y del económico. Abandonando por completo el empirismo y la metafísica, hallé un sistema de creencias no humanistas que me condujeron años más tarde a encabezar la práctica de la lucha política activa. No obstante y a pesar de mi declarado rechazo a la doctrina católica, no me quise alejar demasiado del estudio de las leyes que rigen el Universo y todos sus movimientos, incluyendo en esas concepciones materialistas y profundamente ideológicas, un significado renovado de dios bastante  personal.





         Golpes Bajos - Malos tiempos para la lírica


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