sábado, 16 de agosto de 2014

UNA DE ZOMBIS (Actualización)

  


Hola amig@s:
He rescatado este antiguo post con el objetivo de que mis seguidores actuales y los nuevos visitantes, puedan conocerlo ahora sin necesidad de acudir al archivo. En aquel momento el blog hacía muy poco tiempo que acababa de nacer. En esta ocasión he omitido su primera parte que relaciona el contexto de la crisis con la temática zombi y hace un original paralelismo: con fina ironía, comparo a estos seres mostruosos con la manera que tienen los políticos y la oligarquía financiera de gestionar los intereses fundamentales de la mayoría de los ciudadanos, si bien, prefiero que leáis una entrada más corta y que sea estríctamente el relato.
También he de deciros que aunque me atrae mucho este tipo de literatura, pasé miedo escribiendo por las noches. Fueron dos días de alteración de los hábitos del sueño, jajaja. Terrorífica experiencia la de la imaginación, ya sabéis, a veces juega malas pasadas...
Si lo deseáis, podéis leer la historia original completa clicando aquí
 

Por lo demás, avanzaros que existe un manual de supervivencia para detener una invasión de zombies diseñado por el Pentágono, el CONOP 8888 (¡verídico, no es ninguna broma!).


Os dejo con el relato:


UNA DE ZOMBIS


1.- CAMINANTES



Nos situamos en el año 2030 y una parte del mundo se ha transformado en una  marea de caminantes erráticos. Multitudes gigantescas de mutantes infectados vagan por las ciudades y por los campos. La miseria y la desolación adornan un panorama dantesco: marchan lentamente, con la mirada perdida hacia un horizonte agorafóbico, siendo su práctica habitual alimentarse de cadáveres y de seres humanos vivos no contagiados, si bien de éstos ya no deben de quedar muchos. Si esto es el  apocalípsis o no lo es, todavía está por ver. Pero recapitulemos…



2.- BUNKERS PARA EL STABLISHMENT,  CHIPS PARA TODOS, LA CUENTA MISTERIOSA Y LA PROPAGACIÓN.



Mientras la mitad del globo continua sumergida en una crisis interminable, los hackers consiguen filtrar varios documentos de la CIA cuyo contenido  revela, en primer lugar, que muchos dirigentes, miembros de la oligarquía financiera y altos cargos institucionales, se están construyendo grandes fortificaciones subterráneas. Lo que se sustrae ,en segundo lugar, refleja que todos ellos se han marcado un objetivo prioritario, fabricar una potente arma secreta. Pero con lo que respecta a las elucubraciones más importantes y específicas de la trama y a su planificación, hay un absoluto ocultismo. Oficialmente tienen acceso a ese conocimiento, solamente los miembros del stablishment y los altos mandos militares. El objetivo cualitativo es, en esencia, llegar a controlar la voluntad humana. Se tenía pensado iniciar la segunda fase, en breve. Las ondas cerebrales de los seres humanos iban a ser expuestas y captadas por lo sensores de unos chips diminutos que transmitirían una serie de ondas positrónicas, y que serían colocados discretamente en multitud de lugares públicos.



Mientras se reorganiza todo esto, se produce un hecho destacable del que se hacen eco muchos medios y que parece ser que no responde a ninguna causa aparente. El hecho en sí es que muchísimas personas, de diferente condición social, lo han perdido absolutamente todo y se encuentran viviendo en la calle. Está sucediendo desde hace un año.





Paralelamente, circulan rumores que hacen entrever la existencia de un número de cuenta anónimo al que están siendo transferidos los activos y depósitos de bancos y entidades oficiales ubicados en muchos lugares del mundo. Se habla de ello, incluso bromeando, porque se ha convertido en una popular leyenda urbana, aunque nadie se lo cree. Es impensable que pueda haber relación directa entre el aumento del número de los sin hogar y la creencia de que se les hayan usurpado sus bienes. Fundamentalmente porque nadie se atreve a cuestionar a los Estados. Al fin y al cabo, la mayoría de países son democráticos, entre comillas.



A principios de esta última semana han empezado a aparecer  las primeras señales de alarma. Queda constancia de que existen lugares en el mundo que permanecen incomunicados y con visos de estar sufriendo una catástrofe masiva. Parece ser que el problema ya es oficial y aunque previamente se hayan publicado en medios de comunicación casos puntuales de personas que habían desaparecido sin dejar rastro y otras que habían sido encontradas descuartizadas o devoradas, en esta etapa las evidencias no dejan lugar a dudas. 



Es en este preciso momento cuando la televisión deja de emitir pero las fotografías y las grabaciones de cámaras y móviles visualizan que se ha desatado algo muy grave, mucho más serio de lo que parecía en un primer momento. Definitívamente se confirma que es una especie de epidemia donde los indivíduos que mueren siendo portadores del virus vuelven a revivir convertidos en seres monstruosos. No hay cura. Los hospitales han dejado de prestar atención sanitaria, porque también son un foco de infección. Ya no se puede estar seguro en ningún sitio más que en la propia casa de uno, eso si tienes la suerte de que no se te meta dentro ninguno de esos engendros. La situación alcanza tan alto grado  de virulencia y de caos que es necesario decretar un Código Rojo Internacional. Pero a pesar de la intervención del ejército se ha hecho materialmente imposible poder restablecer el control y el orden.



3.- SUPERVIVIENTE



Hacía dos días que la radio también había dejado  de emitir. No podía llamar por el teléfono fijo ni tenía cobertura en el móvil. Apenas sabía nada de sus familiares, amigos o conocidos y si alguno pudiera estar vivo. Recordaba con angustia cómo había sido la última retransmisión televisiva. Bastante desalentadora. Mientras iba retransmitiendo la noticia, la cara del periodista se transformaba por segundos en un rictus de  horror. De pronto, alguien cercano lanzaba un desgarrador alarido. Suponía que debía tratarse del cámara que le acompañaba, quien ipso facto dejaba de grabar cortándose de manera fulminante la conexión. De modo que fue imposible descubrir qué es lo que aparentemente se había colocado por detrás de él, atacándole. Aunque sospechaba lo que podía ser no pudo ver su aspecto. Tenía un conocimiento básico de lo que estaba ocurriendo, en su momento la radio había estado ofreciendo detalles más o menos minuciosos, que no dejaban de ser espantosos, pero no había visto aun ninguna imagen.



Vivía solo, en un piso interior. Le quedaba muy poca comida y agua y la del grifo no parecía potable. Se había quedado aterrorizado por los ruidos y los gritos que había escuchado en determinados momentos, pero no se había atrevido nunca a asomarse al rellano. -Ojalá tuviese un arma de fuego- pensó. La curiosidad unida inseparablemente a la necesidad le hacía mirar de vez en cuando por la mirilla. Aparentemente no se veía nada fuera de lo normal, todo parecía tranquilo.



Volvió al sofá del comedor. Pulsó el botón del mando, pero por la pantalla de la tele solo se veía un fundido en negro. De repente, se oyó un estruendo que provenía del piso de los vecinos de al lado. Era la puerta. Alguien la había echado abajo. Tras el primer sobresalto, avanzó con cautela y volvió a observar a través de la mirilla pero seguía sin ver nada. A los diez minutos y con firme determinación, aunque temblando, salió de su casa y fue pasito a pasito, lentamente, hasta la morada de la familia Pérez.



Efectivamente, la puerta había sido derribada. Entró. El pasillo estaba oscuro. El suministro eléctrico ya no funcionaba, pero como era media tarde, todavía quedaba algo de luz ambiental. La claridad era mayor a medida que iba penetrando hacia el fondo del pasillo y llegaba hasta el salón, donde estaba el balcón. Aun así no había demasiada visibilidad.



-Vaya,  podía haber cogido una vela de casa- se dijo para sí mismo, asustado.  –Si era verdad que había una gran epidemia y ésta se había propagado a otros lugares, el ejército y las fuerzas y cuerpos de seguridad estarían sobre aviso, seguramente rescatando a gente que aun no estaba infectada. Pero, ¿por qué no habían subido al edificio, ni se había oído en ningún momento el sonido de sirenas de la policía, de helicópteros o de ambulancias? –se cuestionó con enorme preocupación, al tiempo que notaba que el suelo estaba lleno de cristales y objetos caídos y…¡horror!… también había un reguero de sangre que conducía hasta uno de los dormitorios.  ¡Cras!, una lamparilla cayó al suelo y el ruido del impacto le hizo quedarse petrificado. -¡Maldita curiosidad la mía! ¡A qué mala hora habré salido de mi escondite!¡Vaya susto de muerte!- pensó.



4.- UN INFECTADO ANDA SUELTO



Pero el horror no acababa ahí. Al mirar a su alrededor observó con pavor que el salón estaba lleno de trozos de carne descuartizada y las paredes salpicadas de sangre y de fluídos corporales. Una pierna arrancada de su ingle permanecía en una esquina, la otra pierna estaba en el lado contrario, de aquello que parecía ser el cuerpo de un niño. La mitad de la cabeza había quedado destrozada y separada del tronco, se le veía parte del cerebro. Tenía la cara desfigurada, como si se la hubiesen mordido.



Muy cerca se escuchaba una respiración entrecortada que se intensificaba a medida que se iba aproximando al dormitorio. También oía masticar y deglutir fuertemente. Alguien estaba comiendo y por los extraños sonidos parecía una de esas cosas que decía la radio que atacaban por sorpresa, porque rugía y gruñía y por lo visto de placer. Debía estar dándose un festín caníbal por todo lo alto. Se detuvo, paralizado por el miedo. Su corazón latía con agudas  palpitaciones. El pulso lo tenía tan acelerado que parecía que retumbara en sus oídos. Múltiples escalofríos recorrían su cuerpo helándole la sangre que circulaba a trompicones. Notaba el frío fluir de los vasos sanguíneos y el castañeteo de los dientes provocado por una angustia infinita, que más bien era espanto. Un sudor frío  le chorreaba por la frente. El pánico había llegado a un nivel tan extremo que sin poder evitarlo se orinó encima.



Reaccionando por fin, sacó fuerzas de flaqueza de donde no las tenía y empezó a moverse con sigilo a través de los trozos de carne sanguinolienta que iba apartando suavemente con los pies, hasta que llegó definitivamente a la puerta del dormitorio. Estaba entreabierta y sin pensárselo la empujó todavía más para poder ver lo que había en el interior. Sin duda, constituía el espectáculo más macabro y agónico que jamás había visto: el infectado estaba agachado a un lado de la cama, en cuclillas, comiéndose a bocados el vientre de una mujer de mediana edad. No parecía haber sido su víctima ya que el cadáver estaba en proceso de descomposición. Dentro de la vivienda olía de una manera nauseabunda, pero esa habitación despedía un hedor todavía más insoportable, porque junto al cadáver que estaba siendo devorado en esos momentos, yacían postrados otros dos cuerpos que se conservaban enteros y que también estaban pudriéndose.



Aún le dió tiempo a echar un rápido vistazo a la habitación. Encima de la mesita, había varios tubos de pastillas vacíos, de manera que todo apuntaba a un suicidio colectivo. Por seguir con las conjeturas imaginó que el niño probablemente no habría muerto por la ingesta de pastillas y se habría ido de la habitación con tiempo, antes de que los padres y la otra persona, murieran. De ahí a que con toda seguridad fuese encontrado en el salón con vida  por ese asqueroso ser, lo que explicaría que hubiese sangre por todas partes y que su carne  no estuviera corrompida. Y siguió pensando: -seguramente lo del niño ha debido de ocurrir momentos después de escuchar cómo echaba a abajo la puerta, no hace de eso ni veinte minutos-, lo cual le hizo sentirse culpable porque eso significaba que podía haber seres humanos vivos dentro del edificio y no se había molestado en investigarlo. Lo que sí parecía tener claro era que el contagio no se producía a través del aire ni por contacto con sangre o mucosas, al menos no de manera inmediata, a no ser que la sangre y las mucosas tocaran una herida abierta. De lo contrario ya se habría convertido. –Parece ser que quien fallece de muerte natural o por una causa distinta a las mordeduras no revive, acabo de comprobarlo. Esto no es como en las películas que he visto- reflexionó.



De repente, se puso en guardia. Giró la vista bruscamente y se encontró cara a cara con el infectado que se había colocado delante de él, a unos pocos centímetros, con los brazos levantados y en actitud de ir a cogerle la cabeza con las dos manos. Rápidamente se movió y dió dos pasos hacia atrás consiguiendo despegarse, pero con tan mala fortuna que tropezó y cayó sobre su trasero golpeándose la coronilla con el marco de la puerta. Aturdido y sin tiempo de reaccionar, sintío cómo uno de sus brazos era agarrado y estirado con fuerza, en una maniobra tan violenta que tuvo que retorcerse de dolor, mientras le crujía el hueso. A pesar de ello, siguió defendiéndose a patadas. Una de ellas le dio al infectado en pleno estómago consiguiendo zafarse de él, al mismo tiempo que se levantaba y corría en dirección a la cocina. Buscó un cuchillo afilado pero pasaban los segundos y no encontraba los cubiertos. La desesperación hizo gritarle al monstruo, a quien volvía a tener prácticamente encima, lo cual no hizo más que enfurecerlo más.



Transcurrieron otros cuatro o cinco segundos que le parecieron eternos, mientras se esforzaba en realizar movimientos de amago, intentando esquivarle. Al fin vió que a su espalda había una fregona, la cogió y la empuñó por la punta propinándole varios golpes en el rostro que hicieron que se le saltara un ojo de la órbita y se le desprendieran varios dientes de la boca. El infectado se tambaleaba, pero a pesar de los continuos golpes no conseguía derribarle. Tras propinarle un enérgico empujón, aquél cayó sentado sobre la silla que tenía detrás.



Aprovechando la inmovilidad en la que se había quedado , comenzó a abrir cajones y estanterías hasta encontrar, aliviado, unas tijeras grandes. Respiró profundamente, varias veces, y más relajado se acercó hasta el ser mutante. Le observó por unos instantes. Llevaba un ojo colgando. La otra cuenca estaba vacía, con algunos filamentos  nerviosos pegados a ella, la nariz repugnantemente aplastada, la piel de la cara raída con trozos cayéndosele y una profunda hendidura en una mejilla a través de la cual se podía ver el hueso maxilar. Decidido a acabar con él, le clavó las tijeras primero en el corazón, varias veces para asegurarse de rematarlo, luego en el cuello, otras tantas, hasta cercenárselo, continuando por otras zonas del cuerpo, con ensañamiento.



Estaba enormemente fatigado pero no podía detenerse, era plenamente consciente del peligro que corría quedándose allí. Tenía que mover el culo, no fuera que volviera a toparse con otro infectado y entonces… Pero antes, buscó provisiones, encontrándose algunas latas y dos botellas de agua mineral. Después de comprobar que la fecha de caducidad era la correcta, se marchó mucho más rápido que había llegado.



  5.- LA RESISTENCIA EXISTE



Una vez en casa, procedió a examinarse el cuerpo y la piel. Afortunadamente no le había mordido ni arañado, aunque por lógica suponía que eso no tenía por qué significar que estuviese sano y que por tanto, a partir de ahora debía estar pendiente de si se producía algún cambio fisiológico observable.



Se encontraba exhausto por el tremendo esfuerzo realizado y por toda la tensión que acababa de descargar y se tumbó en el sofá. Le costó dormirse, el estrés tenía la culpa, pero al cabo de un rato se le cerraron los ojos, más por cansancio que por sueño.



Cuando hubo despertado miró su reloj. Había amanecido. Más descansado y con la mente recuperada, no tardó en darse cuenta de que los fantasmas que hasta entonces le habían acompañado en esta trágica aventura,  regresaban de nuevo. Se llamaban miedo, duda e incertidumbre y volvían para hacerle la visita de rigor. Sentía la necesidad de tener claro qué hacer, en cambio, en lugar de respuestas la realidad se le presentaba inundada de preguntas: cuánto tiempo iba a durar aquello, si volverían a atacarle y si el salir con vida se podía considerar una posibilidad, eran las tres principales. Lo único que sabía a ciencia cierta era que no debía arriesgarse a perder la única seguridad con la que contaba, que era seguir encerrado en su escondrijo.



Aun cuando debía ser más que probable la presencia de infectados pululando por el edificio, el instinto de supervivencia le dictaminaba que no debía moverse fuera de un espacio acotado como su piso. Eso eliminaba en un elevado porcentaje, la posibilidad de verse cercado por una aglomeración que pudiera detectar fácilmente la presencia humana. Al menos, escondido se encontraba más seguro. Sin embargo, el poder contemplar la calle, aunque fuera desde una perspectiva lejana, era algo que no había experimentado desde  hacía días y como nunca podía sustraerse a la curiosidad, decidió que iba a visitar de nuevo el piso de al lado. – Creo que es lo mejor que se puede hacer ahora- se dijo. En el suyo no se podía ver nada, todas las vistas daban a un patio interior. En cambio en el de sus vecinos, podía salir al balcón y descubrir qué había afuera exactamente, capturar con sus propios ojos una panorámica más realista de lo que ahora mismo era capaz de suponer. Eso sí, esta vez se llevaría consigo un cuchillo enorme por lo que pudiera pasar.



Antes de volver al 1ºB, probó suerte con otra radio que funcionaba con pilas. Se acordaba de que recientemente las había recambiado. –Por probar…nunca se sabe- se dijo así mismo, como intentando justificar una solemne tontería. Pero nada. Claro que no. Acababa de hacer algo absurdo.



Andaba despacio y sin hacer ruído, mirando hacia todos lados. Llevaba un cuchillo agarrado a una mano, el más largo y afilado que había encontrado y en la otra portaba un cirio. De esa manera fue avanzando hasta llegar al balcón, pero una vez allí, en lugar de salir afuera dio media vuelta y se dirigió un poco intranquilo hacia la cocina. Allí seguía estando el infectado. Respiró tranquilo. No había movido un dedo, conservaba la misma postura, aunque estaba mucho más podrido y asquerosamente más arruinado que unas horas antes. Luego en el dormitorio volvió a comprobar su teoría del contagio, que más bien podía considerarse una ley. Si era de valor universal o no, eso ya escapaba a su conocimiento. Al menos los tres cadáveres de la habitación sí era seguro que estaban confinados en las antiguas leyes físicas. Antes de continuar, rezó una oración por esas desgraciadas cuatro almas.



Ya por fin, se dirigió al balcón. En ese preciso momento, lo que sentía era mucho miedo y respeto, así que esperó unos instantes antes de asomarse, hasta que finalmente lo hizo. Pero entonces…¡No! ¡No podía ser verdad! Sin previo aviso el corazón le había dado un vuelco espantoso. Se agachó de repente, en un rápido e involuntario acto reflejo, entre confundido y atenazado por aquello que sus ojos acababan de presenciar. Se los frotó y después parpadeó varias veces seguidas para aclararse la vista. Junto a la amorfa visión de las horripilantes formas humanoides e incompletas que estaba viendo a lo lejos, se podía escuchar también un murmullo de algarabía. ¡Díos mío! Eran muchos. Demasiados. Todos andaban con paso titubeante, tambaleándose pero marchando ordenadamente y con disciplina, sin tropezar unos con otros, en perfecta formación. Parecían un ejército de maniquíes en plena instrucción.



Miraba y remiraba y volvía a remirar, pero por más que miraba ¡no se lo podía creer!. Tenía la cabeza y el cuerpo oculto entre las rejas. No sabía qué hacer. Por lo visto no se habían percatado de su presencia física. De lo que no estaba seguro era de si conservaban intacto el sentido de la vista, o se guiaban por el olfato, el ruído, o todo a la vez. La verdad es que no sabía casi nada de ellos. Lo que sí sabía era que no debía moverse bruscamente, porque eso podía llamar su atención. Aunque está visto que la calma no puede durar eternamente.  Por esa misma lógica y como si el fatídico destino hubiese querido también empujarle con su dedo para castigar su atrevida osadía, acabó por perder el equilibrio y caerse a un lado. Se sujetó a la verja, que se había movido ligeramente, lo suficiente como para que un macetero mal atado a la barandilla se acabara de soltar, estampándose contra el suelo de la calle y haciéndose añicos. Al cabo de unos instantes, todas las miradas acosadoras estaban clavadas en él.



La enmarañada concentración de infectados se había detenido en seco. Permanecían todo el rato plantados en el mismo punto, como si su superior militar les hubiera dado la orden de escudriñar a un enemigo que se movía, en lo alto de un primer piso. Habían comenzado todos al unísono a subir las manos y a moverlas, de un lado a otro, con gestos y aspavientos no muy amistosos. Daban alaridos y ponían muecas repelentes, emitiendo unos gruñidos que se parecían bastante a los de  una manada de jabalíes furientos.



-¿Qué ocurrírá ahora? ¿por qué no me fuí  cuando todavía estaba a tiempo, antes de que pasara nada?. ¡Cielo Santo! ¡Madre de Dios! ¡Esas bestias demoníacas no hacen más que mirarme con odio!-



Contemplando toda esa marabunta rabiosa y en un punto en que la desesperación se había ido apoderando de él, sus finos oídos empezaron a captar remotamente el sonido de  las hélices de un helicóptero. - ¡Un helicóptero! ¡Es un helicóptero de salvamento! –

Ahí tenía la respuesta a un ruego ferviente, el primer signo de ayuda en un ciclo de tiempo tan imprevisible como desalentador. Poco a poco el helicóptero se fue visibilizando hasta que pudo distinguirse con enorme claridad, no quedaba ninguna duda de que su percepción no le había fallado.



Movido por la emoción y la euforia, se había olvidado por completo de los infectados, así que ignorando el riesgo que eso suponía y animado por la inquebrantable esperanza de poder ser visto, empezó él también a vociferar y a mover agitativamente los brazos de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, dibujando un ángulo de 180º, enérgicamente. Sus esfuerzos no habían sido en balde. El helicóptero le había visto y estaba descendiendo poco a poco, al tiempo que se dirigían a él por megafonía:



“Atención, permanezca en el interior del edificio y no salga de él bajo ningún concepto. Vamos a rescatarle. Atención, vamos a rescatarle. Por favor, limítese a seguir las instrucciones que le vamos a facilitar y no tendrá que temer por su vida. Vamos a permanecer en la azotea de su edificio todo el tiempo. Suba hasta la azotea. Mantendremos  el helicóptero suspendido hasta que el rescatador descienda a por usted. Como recomendación principal, deberá llevar un arma blanca, preferiblemente un cuchillo o en su defecto, un objeto punzante. Si durante el trayecto nota la presencia de infectados por detrás de usted procure mantener la calma y póngase a correr, si es lo bastante rápido no le alcanzarán puesto que se mueven con mucha lentitud. Si le cortan el paso, defiéndase. No vaya hacia abajo, ni salga del edificio, las calles están infestadas. No sobreviviría. Enfréntese a ellos si se los encuentra, no huya en dirección contraria, le acorralarían. Cuando te enfrentas a uno de ellos el resto se asusta y se aparta unos metros. Eso hace ganar tiempo. Cláveles el arma apuntando directamente al corazón o a la yugular. Es lo más efectivo. Eso acaba con ellos inmediatamente. Si no puede ser, hay que golpearles fuertemente todas las veces que se pueda o acuchillarles, en las sienes. Si los golpes no les matan en un primer momento, al menos les mantiene aturdidos unos minutos. Nosotros estaremos arriba esperándole. Mucha suerte".



Repitieron el mensaje dos veces más. Al terminar asintió moviendo un brazo y  mostrándoles el pulgar de su mano hacia arriba.



Mientras salía del piso de sus pobres vecinos, no paraba de pensar. La idea que retenía en su cabeza como un mantra durante todo el camino, era ésta:


"Si Dios existe realmente, como así creo, entonces estoy en deuda con El”




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