domingo, 17 de agosto de 2014

LA FILANTROPÍA DEL ESPEJO



Llegaba a casa en un leve estado de embriaguez. Eran las 4 de la madrugada. Con premura y visiblemente mareada se quitó las pestañas postizas, el rímel, el carmín, los polvos, la purpurina dorada de las mejillas y párpados y entró en la ducha, frotándose con agua y gel exfoliante con sílice. Luego se dio una crema regenerativa por todo el cuerpo y se perfumó con lavanda preparándose para ir a dormir. 
 
Pero antes se sentó unos instantes en el tocador. El sillón giratorio era sumamente elegante, con respaldo y asiento cimbrados en contrachapado de haya. Escudriñándose cautelosamente en el espejo reflexionó para sí misma sobre el aspecto deslustrado que con el paso de los años se había ido incrustando como una lapa sobre su rostro y su piel.  A tenor de lo que estaba viendo reflejado meditó con rotunda lógica acerca de la necesidad de poner fin a esas noches locas de los viernes y sábados. Y llegó a la conclusión de que tanta vorágine nocturna no era una cosa buena para el mantenimiento del cutis. Lo que le resultó extraño era que hasta el momento no hubiese llegado a esa misma conclusión. De repente, le sobrevino un déjà-vu y tal y como ocurre en esos casos, no logró precisar con exactitud, por más que lo intentó,  a qué momento anterior se asociaba esa percepción temporal. Pero estaba convencida de haberla vivido demasiadas veces en los últimos tiempos. 

Siguió mirándose. Observó malhumorada cómo se desdibujaban dos amplios surcos cuyo recorrido iba desde los laterales de la nariz hasta la comisura de los labios y que muy hábilmente lograba esconder con maquillaje caro. La otra segunda gran observación se correspondía con la visión de dos montículos ojerosos por debajo de los ojos, que incluso se intensificaban en un color más oscuro que el resto de la cara, además de algunas patas de gallo, lo que hizo saltar la alarma: la semana siguiente debía acudir sin falta a que le volviesen a inocular bótox y colágeno. Estaba pendiente también de una operación de reducción de papada. Aunque una intervención quirúrgica ya era harina de otro costal, con todos los riesgos que eso conllevaba. 

No importaba. Lo haría por su novio, veinte años más joven que ella, justo los años que le acababan de caer encima en apenas media hora en que se había despojado de toda su apariencia casquivana. Esa era su cruz y debía cargar con ella lo que le quedara de vida. Bajo el glamour que le conferían los puntuales arreglos estéticos, aparentaba tener 40 años, aunque en realidad tenía sesenta. Desde su sillón de retocado, no dejó en ningún momento de contemplarse con todo detalle y minuciosidad, concentrando su atención en cada centímetro cúbico de piel, en cada poro, arruga, mancha o imperfección que destacaba sobre las facciones y recovecos corporales.

Permaneció largo rato tal y como Dios la trajo al mundo. Observándose con absoluto descrédito, despreciando todo aquello en lo que su vanidad la había convertido. Ahora estaba completamente limpia,  aséptica, despojada su alma de todo artificio, engaño o sofisticación mundana. Esa mujer que había delante del espejo era su verdadero yo. Una señora mayor, curtida y avejentada por el transcurso de la vida. Un personaje corriente y vulgar, por lo demás.

Y entonces, espantada, lanzó un grito desgarrador para inmediatamente después romper a llorar de manera quejumbrosa. Lloraba y lloraba sin parar, desconsoladamente, igual que una niña cuando le arrebatan a su muñeca favorita.


                                      Red Hot Chili Peppers - Californication





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