jueves, 21 de agosto de 2014

UNA CIRCUNSTANCIA INESPERADA


Salió muy contento del BBVA, hecho que no se había producido en ningún momento meses atrás, dadas las duras negociaciones y los vilipendios sufridos en propias carnes. En un principio, la negativa a concederle el préstamo había sido tajante y rotunda y lejos de mantener la esperanza, sus anhelos de abrir el negocio, empezando por el alquiler del local, se habían visto forzosamente truncados, alimentándose la incertidumbre del proceso con visitas reiteradas y conversaciones frustantes por iniciativa de Ramón. Hasta esta mañana.

Había sido citado a las 9:30 con el director de la entidad. Eso le hizo creer resueltamente que el banco, por fin, se había pronunciado a favor, que aun existía un hilillo de esperanza. Ahora tenía la incuestionable confirmación y los papeles firmados.

A su vez, otro acontecimiento gratificante había llegado para brindarle nuevas alegrías: acababa de recuperar la relación con Aurora, madre de sus dos hijos. Tras un tira y afloja intermitente y agotador, ésta le había perdonado un desliz con su mejor amiga, reconociendo que en última instancia, no se podía considerar una traición intencionadamente consumada. El propio Ramón, ligeramente avergonzado,  también quería autoconvencerse de que aunque lo que había hecho estaba muy mal, la infidelidad cometida perdía gran parte de su naturaleza maquiavélica por el  atenuante del alcohol, por haberse producido bajo un estado alterado de la conciencia. 

Realmente Aurora era demasiado comprensiva. Solía conciliar con todo. Esto lo pensó en actitud de sincero arrepentimiento. Aunque se proclamaba culpable, nadie podría jamás arrebatarle de su corazón lo que sentía por ella. La quería. Y profundamente. A pesar de los errores cometidos. A pesar de todas sus chiquilladas y la torpeza y falta de rigor en la toma de ciertas decisiones emprendidas por él sin demasiada reflexión y que en los últimos tiempos habían generado situaciones un tanto alocadas. Sin embargo, volvió a adoptar un gesto positivo cuando recordó que la fecha de su próxima boda era dentro de dos meses, como así habían acordado. Indudablemente, la reconciliación había sido todo un éxito. A poco de meditarlo y con la euforia que le provocaba este último pensamiento, visualizó la imagen de una gran máquina expendedora de sueños, en un país imaginario, que concedía proyectos de envergadura a cambio de unas monedas. Se recreó unos instantes en ese juego, asumido el inquebrantable convencimiento de que afortunadamente era un ser suertudo y privilegiado.

Entró raudo y veloz en el edificio de oficinas. Debía retomar inmediatamente su actividad. Su jefe le había concedido tan solo una hora para ausentarse de su puesto de trabajo y poder realizar los trámites burocráticos solicitados. Por supuesto, todavía no le había hecho partícipe de sus intenciones,  de que pretendía instalarse por su cuenta. Lo haría cuando considerara que era el momento oportuno. ¡Qué bien sonaba el nombre de la futura empresa! ESTUDIO GRÁFICO AURAMAR S.L (acrónimo de Aurora + Ramón + Martínez). Aun con un estudio de mercado efectuado de manera laboriosa, la concesión de un potente crédito  otorgado tras batallar mucho, con su compañera de socia y avalista y las mayores ansias emprendedoras del mundo, tenía que esperar, ser prudente y no meter la pata.

Llamó al ascensor. Esperó unos segundos a que bajara y cuando se acabó de situar a la altura del hall se abrieron las puertas automáticas. En ese instante, salía disparada Julia, la secretaria de Arnedo, que tras lanzarle una fugaz mirada inquisitiva le espetó a Ramón: -Llegas media hora tarde. El jefe quiere verte enseguida-. Junto a ella caminaban en dirección a la puerta de salida del edificio varias personas más, en avalancha, por lo que Ramón tuvo que apartarse para dejarles ir. Se notaba que era la hora del almuerzo. Después de eso se había quedado solo. Se metió dentro y pulsó el número ocho.

Repentinamente, el ascensor empezó a descender hacia abajo, probablemente alguien lo había llamado, activándose el mecanismo de la memoria. Ramón lo aceptó con un rictus de fastidio. Mientras tanto intentaba dilucidar el motivo de la urgencia, puesto que Eliseo Arnedo no se molestaba en hablar con él si el asunto no era realmente importante. –Puede que no le hayan gustado nada los cambios que he introducido en la apariencia de la nueva portada de la revista -pensó con resignación-. –Vaya. ¿Se habrá quejado la editorial? -se interrogaba dubitativo-. Había puesto mucho empeño en el encargo.  En las imágenes, en el tamaño de las fuentes tipográficas, la posición de títulos, retículas, boxes, hilos… Le extrañó. Todo estaba meticulamente pensado y estudiado para atender a la demanda de su más ilustre cliente y sus necesidades en el sector y garantizar así el impulso de la tirada a nivel nacional. En eso consistía la importancia del nuevo diseño. Se ocupó en esto brevemente hasta que llegó hasta el sótano.  Pero al abrirse las puertas, observó que no había nadie. Las puertas volvieron a cerrarse.

Entonces, empezó a ascender otra vez, sin detenerse al llegar a la planta octava, a pesar de que fue en ese momento cuando Ramón empezó a inquietarse y a pulsar sobre el botón de parada, sin resultado. Pasó luego el piso 10, 11, 12, 13…y así continuó indefinidamente. El ascensor comenzó a vibrar yendo a una velocidad variable, en apariencia no superior a la habitual,  entre los 2’5, los 4 y los 6 metros por segundo fijada tecnológicamente según se van sobrepasando las plantas de menor a mayor altura.

Fue entonces cuando los movimientos de vaivén se intensificaron, incrementándose ligeramente la velocidad, con la consiguiente sensación de vértigo y los súbitos nervios que se instalaron como clavados con una aguja en el ocupante.

Desde el punto de vista técnico, lo más probable era que el sistema de frenado no funcionase correctamente, quizá las zapatas no respondieran físicamente a las órdenes del ordenador interno de la máquina, que por motivos desconocidos no eran atendidas. Así que el ascensor continuó subiendo, sin embalarse, hasta llegar a una altura considerable, parándose en seco entre el piso 46 y el último, el 47, a unos 157 metros de altura. Cabe decir, que este emblemático edificio es la famosa Torre Picaso, uno de los rascacielos más altos de Madrid, situado en la Plaza Pablo Ruíz Picaso, ubicado junto al paseo de la Castellana, en el corazón financiero de la ciudad. En este sempiterno gigante burocrático, pues cuenta con una superficie de 71.700 m2 de oficinas (121.000 m2 en total), transcurre la acción de la historia.  




 
Visiblemente emocionado por el susto, sudoroso, temblando de miedo, Ramón intentó reaccionar después de unos segundos en que se había quedado absolutamente petrificado. Nunca había estado atrapado en un ascensor y mucho menos inmerso en la dinámica de ser teletransportado por ninguno de manera autónoma.

La todavía perdurable sensatez le decía que debía de haber una explicación lógica que con toda seguridad y con posterioridad le sería razonada. Por tanto, no había ningún motivo para mostrarse impaciente ni preocuparse, en estos casos siempre se podía recurrir a la ayuda técnica. Sobre todo en dispositivos tan modernos y sofisticados, como eran los ascensores que se fabricaban para edificios como éstos. Recordó que todas las cerraduras, una en cada rellano, tienen un fleje o un brazo con una ruedecita, que al ser oprimido permite el destrabe de la puerta y sólo cuando está mecánicamente trabada mediante el gancho de doble uña, queda habilitada la parte eléctrica que permite el movimiento del ascensor. Con suerte, los mecanismos de seguridad funcionarían y permitirían abrirse las puertas desde fuera. Solo tenía que avisar para que vinieran a sacarle del trance.

Así que lo primero que hizo fue proceder a efectuar la llamada de emergencia. Pulsó el timbre de alarma, que estaba conectado a una línea de teléfono, convencido de que le podrían facilitar la asistencia. Lo hizo dos o tres veces más y esperó. Volvió a pulsar el botón transcurridos unos segundos. Al cabo de unos minutos, frustrado, empezó a incomodarse y a lanzar improperios contra el artefacto porque nadie le respondía. Respiró intranquilo. De pronto, algo empezaba a fallar dentro de su cabeza. Le sobrevino un pensamiento alarmante: ¿qué pasaría si nadie acudiera en su auxilio? Y luego otro: ¿Y si se le acababa el aire? Todavía tuvo oportunidad de recrearse aun más en el terror echando mano de su imaginación desbordada: ¿podría suceder que el ascensor recobrara su autonomía propia, como anteriormente había ocurrido y en esta ocasión iniciara un vertiginoso descenso hacia abajo estampándose estrepitósamente contra el suelo?.

No quería ni pensar en esa trágica posibilidad. En un intento por dominar la situación y evitar el pánico, desvió su atención de la triste realidad y empezó a entretenerse con el móvil, desde el que sabía con absoluta certeza que no podía realizar ninguna llamada por la falta de cobertura. Pero sí pudo visualizar el último mensaje que Arnedo le había enviado poco antes de su regreso: “Te retrasas. Tenemos que hablar de tu ascenso. Has hecho un trabajo excelente”.

Sin poder controlarse, comenzó a sentir rabia. Era una intensa y desmedida sensación de cólera que trató de retener dentro de sí, para no darse cabezazos contra la pared de la cabina. Por esas raras e imprevisibles paradojas de la vida, el destino le había concedido un futuro promedor con su amada, con la que iba a contraer matrimonio, el premio al esfuerzo, las horas y la dedicación que su absorvente trabajo le dictaminaba con obligado cumplimiento, mediante una recategorización laboral y el consecuente aumento de sueldo, todo un prometedor proyecto de vida al que se sumaba el sueño del emprendedor que culminaría con una ascendente carrera en solitario…Y en cambio ahora, todo se diluía y se transformaba en agua de borrajas.

Miró su reloj de cuarzo y se asustó en grado superlativo. Porque se acababa de dar cuenta que ya daba por hecho que no iba a escapar de ese infierno peculiar en el que se encontraba. Pero no. Decididamente no podía ser. Todas aquellas pesquisas y cobardes conclusiones, no eran más que fruto de la desesperación. De adelantarse erróneamente a los acontecimientos. Sin embargo, habían transcurrido tres horas en las que nada había sucedido. Todo seguía igual. Era indiscutiblemente cierto que se encontraba manteniendo una lucha interior entre lo verdadero y lo incierto. Entre ambos conceptos, existía un delgado y destartalado puente que los separaba: el desconocimiento.

Durante el transcurso del accidente, no había dejado de accionar el botón de alarma, a intérvalos más o menos frecuentes. ¿Por qué no lo oían? ¿Por qué nadie se había dado cuenta de que uno de los dieciocho ascensores que ocupan la planta baja tenía una avería?. Por más que se hacía estas preguntas, no conseguía hallar una respuesta razonable. Si supiera que no era más que cuestión de tiempo, que solo debía esperar pacientemente hasta que vinieran a rescatarle, no habría ninguna contradicción. Y además se encontraría con un talante mejorado. Habría conseguido relajarse. Aun con todo el peso de la incertidumbre y el temor, no quería aceptar por nada del mundo el hecho de que no hubiera ninguna salida.

El reloj se le había parado y no tenía ni la más remota idea de cuánto tiempo había transcurrido. Dentro hacía un calor insoportable. Le costaba respirar y se notaba perceptiblemente mareado, a punto de desmayarse. Hasta que la oscuridad se cernió sobre él y los párpados, que le pesaban cada vez más, acabaron por cerrársele.
                            
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Sobresaltado, despertó al escuchar un zumbido vertiginoso que se correspondía con la velocidad de caída. El pavor había adquirido tintes espeluznantes y un olor y un sabor particular a muerte.  Sin embargo, no podía hablar ni gritar. Tampoco tenía conciencia de su respiración, ni de que la sangre corriera por sus venas, ni siquiera del latir de sus pulsaciones. Le dió tiempo a colocarse su mano derecha sobre el corazón y no percibió ningún bombeo. 


¿Habría muerto ya? ¿Era éste el final de la vida y el principio del más allá?. El ascensor hizo un largo recorrido hacia el subsuelo, sin detenerse, con firme determinación y cada vez a mayor velocidad. Una risotada enérgica de ultratumba le acompañó durante un buen rato. El ascensor que se había transformado en una barca pilotada por ángeles, salió de los sótanos del edificio y conectó con un túnel de semioscuridad. Después de ser traspasado, llegaron hasta una gran montaña rodeada de agua, en el hemisferio austral, junto a las antípodas del Monte Calvario. Ramón que ya había perdido la noción de su identidad, no recordaba cómo se llamaba ni quién era. 

 
 
Conducido por los sinuosos y asexuados ángeles hasta una playa desierta, fue recibido por quien vigilaba el lugar. Con voz profunda le dijo: -Ahora solo eres un ánima más. Has tenido suerte y has muerto con mayor templanza y virtud que otras almas que se me aparecen, pues muchas de ellas tienen que esperar un tiempo para poder entrar aquí e iniciar su penitencia.

Yo soy Catón y te doy la bienvenida. Adelante. 

Te encuentras en el Purgatorio.

                                            
                   

                     Simon and Garfunkel - The sounds of silence


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Porcelain - Moby


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