viernes, 10 de octubre de 2014

SOLEDADES DE CAN


Tú que sin juzgar me quisiste, 
comiste de mi mano y
 abrazaste la piel de mi cuello,
sin importarte mi físico, 
mi riqueza 
o mi ropaje,
me miras sin rencor, 
perro faldero,
con ojos más limpios que los míos,
con la verdad absoluta,
deseoso de que el amor no sea un filtro, 
sino cálida esencia.
Desde la naturaleza y abnegación 
con que nutres la existencia de los hombres,
 no pides fortuna, ni buena suerte,
ni nada en absoluto.
Sin condiciones ni egoísmos,
pierdes el tiempo gozosamente
en aquella mirada que me reservo.
 Juegas sin molestar 
o trastocar el silencio lúdico 
en tu compás,
en tus trotes y correteos,
en tu humilde devoción, 
en tu dulce vida, 
serena y agitada,
honrada y fiel.
Ignorando maltratos y soledades,
lames tus heridas de la calle,
tragándote excesos ajenos,
hambre y sed.
 En un sueño inquieto
duermes con un ojo abierto y otro cerrado.
Y por fin, desapareces del callejón,
Arrastrado por una red viscosa,
camino de la más tétrica cárcel.
Desde mi ventana observo la escena,
con indignada resignación
juzgo a mis congéneres,
intento despreciarles con anhelo,
aunque muy en el fondo de mi turbación, 
y con lágrimas opacas, 
solo alcanzo a compadecer a mi especie 
mórbida y cuadriculada.
Indecente.
Ignorante.
Humana, al fin y al cabo.



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