miércoles, 25 de febrero de 2015

Pink Floyd - Shine On You Crazy Diamond Parte 1

Laberintos en la mente,
discordantes, disonantes, tétricos, ezpeluznantes. 

Demonios puntales convertidos en estructuras de parapentos, 

que se incrustan en las sinápsis neuronales mutiladas por psicotropos y LSD.

Syd Barrett, el maestro de ceremonias, ese loco de atar, psicodélico, místico, 

visionario,

pervive eternamente en los subterfugios subterráneos, flotando por los recovecos 

siderales del tiempo y el espacio, 

entre orquestales oberturas.

Laberintos en la mente, viajes espaciales, introspección de ultratumba. 

Locura de orates exploradores.

En la Nave del tiempo te quedaste, obnubilado, achantante, desenfrenado,

merodeando por los infiernos...

...entre juegos capciosos, alucinaciones, catarsis repetitiva...

Onírica tortura 


en los Laberintos de la mente.

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LA NUBECILLA Y EL ELEFANTE ROSA

  
Érase una vez una nubecilla aventurera y zafarrastrosa, que siempre lograba situarse, muy estratégicamente, en el sitio adecuado y en el momento oportuno para robarle el aquí y el ahora a los hombres pensantes.

¿Y a quiénes me refiero cuando empleo la expresión "hombres pensantes"?, os preguntaréis acertadamente, puesto que es lícito el considerar que todo hombre piensa, por naturaleza. Al fin y al cabo, ¿no somos seres racionales que poseemos una inteligencia superior y adaptativa, que prevalece por encima de la de cualquier otra especie que habita el mundo conocido?. Pues bien, aunque con este cuento quiero también mostraros qué significa ser un "hombre pensante", de momento, propongo que centremos nuestra atención en la nubecilla desaliñada y cojonera que consigue salirse con la suya cuando menos lo necesitamos. Por ejemplo, cuando nos sentimos preocupados, nerviosos o temorosos, bien por acontecimientos del pasado, o por sucesos que probablemente tengan que ocurrir en un futuro.

Podemos entender que un hombre pensante es un ente soñador, un ser que vive en la irrealidad del momento genérico, que interactúa con el medio inmerso en su espacio sin atender a cada aspecto concreto de la realidad concreta, a los detalles que rodean el entorno en el aquí y el ahora, el presente. Y podemos valorar en un sentido psicológico al pensamiento y a la mente, como elementos pasivos, antagónicos a cualquier actividad del momento actual que se encuentre desposeída de la atribución o del juicio. La nubecilla resulta ser, precísamente, todo aquello que nos produce dolor, enfermedad o cualquier emoción desagradable. La tendencia básica es a hacer desaparecer lo negativo, a eliminar las sensaciones que nos producen desasosiego. Por su parte, el pensamiento se mantiene inocuo hasta llegar al punto en que le atribuímos o asociamos una calificación determinada, que hace que sintamos una emoción-respuesta, es decir, la consecuencia de lo que nos parece bueno o nos parece malo.

Un buen día, sin saber por qué, incluso sin darnos cuenta, aparece la nubecilla pejillera y se instala sobre nuestra cabeza. No la podemos ver, no nos percatamos siquiera de que está ahí, pero puede ser que nos acompañe el resto del día en nuestro caminar inconsciente. Pongamos por caso, que el día anterior tuvimos una experiencia desagradable, la cual no nos interesa para nada recordar, lógicamente. Porque cada vez que la reproducimos en forma de pensamiento o recuerdo, por muy difuso e involuntario que sea éste, sentimos rabia, tristeza, miedo, vergüenza, y toda una serie de sentimientos que generan el ya clásico "día de perros". Momento a momento, hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos, aun con muy buena voluntad por nuestra parte para realizar con eficacia la jornada laboral, para dedicar atención a la família y a los amigos, para intentar realizar las actividades cotidianas, no conseguimos quitarnos de encima nuestro a la nubecilla latosa. ¿No será que no la vemos, porque está escondida meticulosamente en un sitio no visible? ¿Qué pasaría si la tuviésemos enfrente, para poder contemplarla con toda claridad? Eso es, delante de nuestros ojos. Ahí es donde entraría en acción la atención plena, que supondría la capacidad para identificarla en el preciso instante en que se colocara unos metros arriba. Sin embargo, activar la consciencia en ese mismo intérvalo de tiempo no es algo sencillo. Necesitamos entrenarnos un poco, al tiempo que podemos empezar a utilizar la observación. Se trataría, en primer lugar, de ser conscientes de lo que hacemos y de lo que pensamos y, al mismo tiempo, de ir observando todo cuanto acontece en ese perímetro inmediato que rodea nuestra percepción.

Imaginemos que andamos volando por el cielo y que gozamos de un amplio espacio para movernos. Que no existe ningún obstáculo que nos impida desplazarnos; el firmamento está raso, nítido, es inmensamente azul, todo de un color. Quiere decirse que ningún pensamiento acechante está intentando manipular a la mente y que ésta es completamente libre para poder tomar decisiones sin coacciones o condicionantes. Uf, ¡qué bien! Sería el estado ideal para llevar a cabo proyectos cualitativos para nuestra vida, para poder desarrollar aptitudes anteriormente desconocidas, que no estaban al alcance de nuestra conciencia. ¡Todo perfecto!...hasta que de pronto... aparece la nubecilla de marras, o varias de ellas, puede que un ejército entero de nubecillas se crucen repentinamente sobre nuestro cuerpo e interfieran en el espacio aéreo. ¿Qué hacer entonces? Bueno, puede que la tarea de darnos cuenta de su presencia no sea nada fácil, pero tampoco es imposible. La práctica debe ser diaria, aplicar la observación coyuntural requiere un hábito, si bien no precisa de un esfuerzo adicional. Porque al hacerlo así, no le estás diciendo a tu pensamiento que razone sobre ese hecho en cuestión. Si no que, al abrir los cinco sentidos, te olvidas del intelecto. No es cognitivo, es práctico, requiere actividad. Por tanto, el cielo abierto y claro representa lo consciente y presente. Por el contrario, la nubecilla se encuentra a otro nivel. Sería lo opuesto a la atención, a la actividad y a las decisiones puntuales. Cuando seamos capaces de aceptar las circunstancias que nos devienen, -esas nubecillas socarronas tan molestas que nos impiden ver las cosas tal y como son-, dejaremos de interpretarlas y emitir juicios de valor acerca de las situaciones en las que nos vemos inmersos. Y acabaremos por aceptarlas. Sean positivas o distorsionantes para nuestras emociones.

Una concepción errónea en ese proceso natural de mejora y de desarrollo de uno mismo en cuanto a las experiencias vividas, es la idea de que se deben de controlar tanto los pensamientos como las emociones resultantes. En ese sentido, la nubecilla solamente deberá ser observada con detenimiento y puntualmente, poniendo en acción los cinco sentidos, sin llegar a activar el estado de alerta y sin necesidad de caer en el impulso de dejarse llevar por los automatismos. Decidir acerca de lo que debemos hacer o de cómo queremos actuar, no implica necesariamente el tener que ser irreflexivos, todo lo contrario. Tampoco hay que ser excesívamente categórico, ni buscarle tres piés al gato, sino sencillamente, ser conscientes de aquello que observamos, con plena conciencia de lo que está ocurriendo. Mientras pensamos en cómo debemos emprender un mecanismo de acción, permitimos que actúe la mente y el pensamiento, y realmente no estamos ejecutando esa misma acción verdaderamente, o como realmente nos gustaría. La mente y el pensamiento, deberían estar ubicados en otro espacio, fuera de la actividad, de lo físico. Ambos criterios son incompatibles y excluyentes. Al mismo tiempo, nos empeñamos en cambiar o sustituir un pensamiento por otro, o una sensación dolorosa por otra emoción positiva. Si nos duele la cabeza, buscamos inmediatamente el que deje de dolernos, y eso es porque no hemos aceptado el dolor como parte de lo que nos está sucediendo en ese momento sin  dejar de atribuir o valorar la molestia física que nos produce la jaqueca. Lo mismo que con cualquier reacción cognitiva, con el pensamiento, con la imagen o visión mental que representa en la realidad, que no es más que la manera en que vemos esta realidad o la interpretamos. 

La nubecilla traviesa que se sitúa encima de nuestra cabeza, la colocaremos en frente de nosotros, delante de nuestro campo de visión. Para ello, vamos a imaginárnosla de una manera precisa, detallada. Le podemos proporcionar un aspecto concreto y un color determinado, darle la forma que deseemos. Del mismo modo, mediante el entrenamiento de la atención plena, le podremos decir: eso que eres no soy yo, solo es un pensamiento, una sensación física, una emoción mental. Por lo pronto, nada tienes que ver con respecto a mi persona, mi identidad. Para así, desvirtuarla, alejándola lo más posible de la actividad y la observación de lo que se mueve alrededor de nosotros. Pero no se llegará a esa conclusión a través del pensamiento o del intelecto, sino mediante la observación. De una manera práctica, pragmática. Observaremos los coches, a la gente en la calle, los edificios y todo cuanto vemos, y a pesar de que seguirá ahí y la estaremos mirando, finalmente se reubicará en un segundo plano. Aunque no sea ése el objetivo en sí mismo. Hay que persistir en ello, aunque nos encontremos agobiados, acongojados o con sensaciones desagradables. El pensamiento, la nubecilla-distorsión, solo es procesamiento intelectual. Esa debe ser su única configuración.

También podría ser que la nubecilla se transformara en un enorme elefante rosa, que tuviera unas patotas muy anchas y se moviese alrededor sin parar, de manera incisiva, revoloteando todo el tiempo, para recordarnos que debemos prestarle toda la atención. Probemos entonces a pensar durante tres minutos exclusivamente en el elefante rosa. Luego, dejemos la mente en blanco. ¿Verdad que es complicado no tenerlo presente en la percepción del momento? A continuación intentemos controlar su recuerdo dejando de pensar en él. Dificil empresa la de olvidarnos del elefante rosa. Cuanto más intentamos alejarnos de la imagen que nos hemos conformado, más se nos aparece. Es decir, que la persona no se limita a observar, sino que controla sus respuestas fisiológicas, se enoja o contraría, desea conseguir un objetivo premeditado. Entonces, se convierte en un proceso determinista, hagas lo que hagas te vas a encontrar mal. Lo único que se puede hacer es aceptar lo que a uno le sucede, y no buscar la relajación como algo positivo, ni como método de afrontamiento. De entrada, el proceso no consiste en ejercer control alguno sobre la actividad corporal, sino que uno se centra en la respiración, como ejercicio, experimentando todas aquellas sensaciones que se derivan del propio ritmo respiratorio, de la inspiración y la espiración, el movimiento del diafragma, etc.

Si vas caminando por la calle, imagínate que tienes al elefante rosa pegado a un costado de tu cuerpo como si fuese una lapa, el cuerpo te pesa y apenas te puedes mover con libertad. Da varias vueltas a la manzana sin intentar soportar la situación, ni aliviar el sufrimiento. Intenta hablar con tu mejor amigo o tu madre mientras padeces la carga, obsérvalo todo sin atribuirte nada físico, no te concentres en las sensaciones corporales, sino en la conversación mantenida, o en el paisaje urbano. Éste, es un buen ejercicio que enseña a tu mente a separarse del cuerpo y a no asociar una situación complicada con cómo te encuentras físicamente. Solamente tienes que entender a las sensaciones, el dolor, o el agobio, y aceptarlos como hechos objetivos que forman parte de la vida. Si no puedes cambiar la situación, no intentes tampoco transformar el curso de los acontecimientos para huir. Toma decisiones, únicamente cuando lleves un buen rato dando vueltas a la misma manzana. Entonces, te darás cuenta de que la vida continúa y la Tierra sigue girando alrededor del Sol. Tú serás siempre la misma persona que pasea junto a un amigo o con tu madre, mientras un elefante rosa bastante pesadito lleva un buen rato incrustado en tu cadera. Puedes decidir cambiar de ruta, en ese mismo instante, o hacer cualquier cosa que te apetezca. El elefante rosa no decide por tí, ni te condiciona. Este ejercicio permitirá, a la larga, estar en contacto con los cambios fisiológicos y las emociones de manera que se regulen de forma natural. ¿Quieres probarlo?

No hay que temer a las nubecillas y a los elefantes rosas.


 Canción de vida - Osho

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