domingo, 22 de marzo de 2015

REVOLUCIÓN INDUSTRIAL: POEMA SANGRIENTO

  Trabajando con fuego y acero,
del telar a la máquina,
del cultivo, al montaje,
lo que se urde en la cadena
me fabrica la mortaja.
Es la producción denigrante,
que adiestradamente cambia,
mi tierra por un patrón, 
el trigal por un centavo,
creando miseria al esclavo, 
en fábricas y talleres.
Ni siquiera el Infierno contempla,
reinado de Don Banquero,
con las huelgas no nos queda, 
sopa, tocino o pan negro.
Por eso mujeres y niños,
que son los nuevos obreros,
en carromato viajan
hacia el Mitin de San Pedro.
La Revolución Industrial crece,
y aumenta la demografía;
hambre con explotación se alía,
en un opio de 14 horas
por la sangre derramada.
El Proletariado nace,
se hace con fuego y acero..



China Crisis - Working with fire and steel



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EL PERIQUITO PEPITO

Pepito era todo un periquito socializado, un ejemplo de pajarito domesticado y afable. Sin embargo, representaba para nosotros,  muchímo más que una ortodoxa ave psitaciforme de la família psittaculidae, el único miembro del género melopsittacus. Era, sobre todo, uno más del clan.

Como se puede apreciar, vivía en medio de un ecosistema ampliado, compuesto por el interior de la vivienda de planta baja y el corral, condición "sine qua non" (¡¡imprescindible!) de carácter impositivo, que los niños de la casa habíamos defendido, desde el primer momento ante nuestros padres, para poderlo considerar mascota.

Conformaba la variedad silvestre que tiene las partes inferiores de color verde claro liso, la cabeza amarilla con un característico listado negro en su parte posterior, al igual que el resto de las partes superiores del cuerpo y alas, aunque con fondo verde amarillento. 

Sabía silbar, y decir su nombre, que cantaba muy entonadamente cuando emitía las sílabas de la palabra, por cierto, con enorme vocalización. Entre sus destrezas se encontraba volar hacia tu dedo, hombro y cabeza, cuando le llamabas, sabía besar de diversas maneras, o bien mediante piquitos cortos o por el contrario manteniendo la punta del pico entre tus labios, girándola a conveniencia, todo lo más parecido a un morreo. Además, era un perfecto ingeniero destroyer del papel, y también se comía la plastilina, ¡le encantaba!. Creo que nació para besar y ser besado, igual debía haber respondido al nombre de Romeo, el Perfecto Conquistador, porque cuando realizaba tal menester llegaba a quedarse en trance, emitiendo un característico sonido de placer al tiempo que su columna vertebral se arqueaba y el cuerpo manifestaba temblores. Ese momento podía durar todo el tiempo que tu boca o tu mano acariciante mantuviese contacto con su cuerpo periquitil. Cuando cesaba el ritual amoroso, volvía a su estado normal. Curioso, ¿no?.
Bastante lechugino, le gustaba descolgarse del trozo de lechuga encajado entre los barrotes del techo de la jaula (permanentemente abierta) hasta conseguir tirarla (el muy bruto se daba unas leches contra el suelo de cuidao, como buen verdulero).

Decidimos inmortalizarlo en el recuerdo familiar, en uno de sus incansables pastureos por el patio, mientras nos acompañaba posando para la posteridad en la foto que véis. Solía transcurrir en días soleados, casi todo su tiempo, encima de las ramas del arbolito de fondo, lanzando trinos al aire y rebosante de alegría. No pudimos contribuir a su adaptación a un ecosistema natural, lógicamente nació en cautividad y fuimos los profusos instigadores de un encierro extralimitado, aunque como hijo de cautivos, acogido en adopción desde una tienda de animales, le procuramos ofrecer todo tipo de comodidades y una semi-libertad lo más natural posible, como mal menor.

Ahora me doy cuenta de que esa impronta casi obligatoria que le impusimos, no fue más que una manera de servirnos egoístamente de un pájaro al que le habían cortado ciertas partes de las alas, es decir, que estaba claramente mutilado, de manera que no podía volar más allá de determinado radio. Pienso que tal acción sería análoga con el hecho de coger un animal cualquiera y cortarle una parte de su cuerpo como las patas, para evitar que salga corriendo. Es bastante cruel. Lo demás, consistió, desde mi particular punto de vista, en inducirle ciertos reflejos condicionados a cambio de premiarlo con buena comida, golosinas, juguetes, y caricias. En ocasiones me surge la duda, de si podía tener una ideología , moral o intuición básicas, con características parecidas a la psicología humana, aunque muy rudimentarias, como les sucede a los perros y a los gatos. Aun cuando la realidad indique, por más que mi voluntad quiera despejar incógnitas, que este ser dotado de una inteligencia instintiva excepcional, solamente respondía a estímulos-respuesta propiciados por un entrenamiento de tipo conductista, como se suele hacer con los perros, por ejemplo, ejecutado de manera inconsciente. Incluso considero que el fenónemo de los besos y el tacto, que parecían estimularle sexualmente, no eran más que tentativas de acoplamiento, por su parte, debido a una disfunción sexual generada en la falta de convivencia con una hembra de su misma especie. Le ocurría algo parecido cuando le ponías un espejo delante y contemplaba su imagen.

La prueba de que había desarrollado un incipiente transtorno de la conducta desde el punto de vista de la inadaptación, ante la carencia de un entorno biológico propio y por la exclusión de la compañía en pareja en sus inicios de socialización, fue la actitud violenta que le dispensó al periquito hembra que le introdujimos como compañera hacia el último período de su adultez. Al principio, le propinaba picotazos puntuales, que luego se convirtieron en habituales, fases que se entremezclaban con etapas cortas de ritualización erótica, pero sin manifestar ningún interés por intentar resolver el proceso de la cría, a pesar de que les colocamos un nido. Parecía una intensa y retorcida combinación de amor-odio, de dependencia-rechazo. Finalmente, para proteger la integridad física de la hembra, tuvimos que entregar el ejemplar a otra família que se hiciera cargo. No podíamos arriesgarnos a que la matara en uno de sus accesos de cólera. Más tarde, leyendo acerca del comportamiento social de esta especie de pájaros, descubrí que Pepito podía haber sido una hembra, o bien que en lugar de una hembra le hubiésemos intentado encariñar con otro macho. Parece ser que las peleas se producen desde esa jerarquía de relación de sexos. O bien es la hembra la atacante si no se lleva bien con el macho, o la rivalidad se establece entre dos machos o dos hembras. Siempre me quedé con la duda, porque no sabíamos distinguir el sexo de los pájaros, ni se nos ocurrió preguntar a ningún veterinario o experto.

Mucho peor fue cuando nos regalaron a Doly, la gata. Hubo varios intentos de caza, en algunos casos bastante metódicos y elaborados por parte de Doly, que la hacían mantener un estado de alerta intensificado cada vez que abríamos la jaula por la mañana. Pero luego, dejamos de preocuparnos porque Pepito, un macho diestro en volar a distancias cortas y con una capacidad de reacción ultrarrápida de milésimas de segundo, siempre terminaba por escabullirse de las garras o de los colmillos de la gata en el momento justo, si bien no conseguimos evitar, en algunas ocasiones, algún susto puntual.

Un buen día, nos tuvimos que ir fuera. Dejamos a Pepito en una de las ramitas del tulipanero, un lugar estratégico por excelencia, desde donde el cual no se movía apenas más que para dar saltos de ramita en ramita. Esa misma noche, habiendo llegado muy tarde, era ya de madrugada, salimos a su encuentro para entrarlo en su jaula. Nuestra sorpresa fue mayúscula al observar que Pepito ya no se encontraba en el árbol. Buscamos por todas partes, el corral era grande. Ni rastro de él. Preguntamos a los vecinos y tampoco supieron decirnos nada. Hasta que pasados unos meses de su desaparición, nos enteramos, con la lógica sorpresa, que nuestro amado periquito había supuesto, desde su llegada, un lujurioso objeto del deseo para el gato de una vecina que tenía otro corral aledaño al nuestro, aunque la señora no vivía allí de forma permanente. Nos contó que su gato sentía obsesión por los trinos de Pepito, y que había intentado trepar por el muro en numerosas ocasiones. Parece ser que finalmente lo consiguió y una vez cerca, no dudó en  zampárselo.

Cuando mi madre me contó el supuesto triste final de Pepito, hecho que parecía haberse consumado de la manera en que lo refirió la vecina, caí en una profunda depresión que me duro alrededor de una semana. Con ocho años me sentí tan pequeña y miserable dentro de mi egocéntrica mezquindad, que apenas comí ni salí de casa durante el tiempo que me sentí mal. Mi madre habló con la profesora para advertirle de mi estado de ánimo. A punto de llevarme al médico, reaccioné por fin y empecé a hacer vida normal. La capacidad de regeneración emocional de un niño es óptimamente alta, por muy sensible que tenga la personalidad y el temperamento. 

A partir de entonces, tomamos la firme determinación de no volver a acoger a ningún periquito, ave, pájaro, tortuga o pez que tuviera que verse condenado por nuestra actitud individualista a vivir encerrado en una jaula, en una pecera, o en espacio reducido. Decidimos disfrutar únicamente de la compañía de un perro o un gato. Y así fue.

Sin lugar a dudas, el periquito Pepito siempre ocupará un lugar privilegiado en mi rinconcito de mascotas.

Oasis - Songbird

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