viernes, 11 de diciembre de 2015

LA CAZA



Aunque estoy tendido sobre el asfalto de un oscuro callejón con la entrepierna sangrando, no quiero morir aquí mismo. Afortunadamente, el tiro de gracia cuya trayectoria apuntaba directamente al corazón fue esquivado, concediéndome una prórroga. Veinte centímetros cúbicos de carne desgarrada y una bala de plata extraída de cuajo con mis propias garras, conforman parte del macabro escenario, una cacería a dos bandas de intereses espurios.

Ahora me doy cuenta de que la muerte es solo una cuestión de tiempo. Las almas negras no tienen derecho a vivir en paz. Siempre surgen justicieros, o puede que algún vulgar asesino a sueldo, pagado por el ejército y las fuerzas de seguridad del Estado para así, finalmente, arrebatarnos de un plumazo el sueño infinito de la eternidad. 

Me dirijo casi a rastras a la Catedral. No está lejos. Mi cazador furtivo, uno de tantos policías infiltrados que combaten en esta guerra secretamente decretada, también se encuentra herido y ha huido. Sin embargo, le aguarda mejor pronóstico que a mí.

Entro en el confesionario y expreso mi dolor. Mi pena interior. Porque apenas siento dolor físico. Solo calor. El padre me escucha diligentemente por detrás de la rejilla con la cabeza gacha, como queriendo concentrar toda su atención. Un último deseo es proferido. Mi lengua me abrasa, me quemo por dentro, todo mi cuerpo parece un conjunto armónico de ascuas ardientes. 

Con la ropa hecha jirones y ensangrentado, me dirijo hacia el Pantocrátor. Rezo las oraciones que me ha indicado el cura que me observa desde la lejanía profundamente conmovido mientras contemplo la imagen del Todopoderoso enmarcada en un centro oval. La figura mayestática muestra a un dios con el que nunca hasta ahora había comulgado, que se expresa a través de la mano derecha levantada para impartir la bendición y con la izquierda porta los Evangelios.

De repente una luz resplandeciente se cierne sobre mi cuerpo malherido. Es grandiosamente deslumbrante. Tanto, que me produce fotofobia. Ceguera que por lo demás, no me ha impedido oler a otro de mis cazadores que acecha en las proximidades. Esta vez no se trata de una persona. Probablemente me haya encontrado siguiendo el rastro de sangre que he ido dejando todo este tiempo sobre el suelo de la calle.

Sé que no puedo hacer otra cosa que esperar. Entiendo que no se atreverá a entrar en un lugar sagrado. Aunque finalmente lo hace.

El sacerdote se ha interpuesto entre los dos. Con su cuerpo alineado a modo de escudo, me protege de la bestia que se adelanta unos pasos en actitud amenazante. Mon señor Gracián, -con ese nombre es como se me presentó mi redentor-, se ha abalanzado sobre él y le muestra con contundencia una cruz rociada con agua bendita. Sin más preámbulos, el demonio le arranca la cabeza de un zarpazo, yendo a parar ésta sobre el altar.

En los albores de un tiempo nuevo, el mundo que conocemos, caracterizado por ser un lugar de magisterio y control depredador del hombre por el hombre, tendrá que luchar ahora contra la nueva amenaza que se cierne sobre la faz de la Tierra. Miles de seres demoníacos con apariencia humana han logrado rebasar los umbrales del inframundo camuflándose entre la gente. Ni siquiera un renegado arrepentido como yo puede esperar clemencia de sus iguales. Me espera el castigo de Lucifer. Sin embargo, he obtenido el perdón de Dios. Y los supervivientes culminarán el objetivo de poder cambiar la correlación de fuerzas futura. 

Le miro fíjamente a los ojos antes de que destroce alguna parte vital de mi fisonomía. Sin embargo, no me preocupa ya. Me acaban de prometer que voy a ascender hacia la luz.

Amaral - Cazador
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