viernes, 8 de enero de 2016

Kate Bush - Babooshka



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PESADILLA















La Parálisis de sueño es una enfermedad por la que, a traves de episodios sucesivos, el afectado es inducido a un estado de semi-inconsciencia en el que transcurren angustiosas alucinaciones. En esos momentos la persona es incapaz de determinar si se encuentra despierta o dormida pues es una fase intermedia entre las dos condiciones. Tal estado la hace ver luces y sombras fantasmagóricas en la habitación, escuchar pasos, voces y ruidos extraños, percibir olores fuertes y desagradables o sentir que está siendo tocado por alguna presencia malévola hasta el punto de notar una intensa opresión sobre el pecho con la sensación de no poder respirar. Al mismo tiempo, no puede moverse, hablar o gritar para pedir ayuda.
Estas alucinaciones de todo tipo parecen extraordinariamente reales siendo muy común visualizar monstruos, seres repugnantes, insectos, animales horribles, demonios y entes mitológicos burlones que ríen, extraterrestres, etc; muchas veces, personajes de ficción o de películas. Los rastros del sueño se mezclan con el estado consciente. En términos sencillos, la mente despierta antes que el cuerpo. Ese proceso puede llegar a ser horripilante porque entonces se desata un verdadero sentimiento de indefensión.
Helen padecía esta enfermedad desde la pubertad.

Tenía los párpados muy rígidos y sus ojos miraban al frente. Sonidos acompasados de cacharros, platos, vasos... parecían proceder de la letanía de la cocina. Entremedias del run run, sudorosa, con palpitaciones fortísimas, observó que su cuerpo y su mente iban entrando de nuevo en un sopor pesado. Hasta que por fin no recordó ya su habitación. Volvía a dormir profundamente.

Se encontraba en el porche octogonal de una casa victoriana de estilo dieciochesco frente a unas bonitas escaleras que conducían al interior de la mansión. Empezó a recorrerla y en su trayectoria hacia la primera planta, se encontró ubicada en un salón que tenía instalada una confortable chimenea. Parecía que alguien había estado calentándose allí hacía poco a juzgar por los restos calcinados de leña que había depositados y que todavía permanecían humeantes. A la derecha se podía observar un ventanal enorme que daba al jardín. Los salones de la casa estaban profusamente ambientados con alfombras y cortinas de ricos colores. Dentro de un estilo ecléctico, los adornos, los numerosos elementos decorativos y las lámparas de aguja en un techo plano, conformaban dominantemente las estancias. Todo parecía acogedor y agradable salvo por un detalle: la oscuridad que envolvía los interiores y exteriores hacían del caserón y sus inmediaciones un lugar tenebroso y más cuando comenzó a sonar la musiquilla del reloj de cuco que pendía de la pared de la sala principal, que se entremezclaba con el eco de susurros que imitaban una respiración fuerte y entrecortada.

Entonces ocurrió algo inesperado. Mirando en derredor descubrió una figura traslúcida que pasó por delante de su cuerpo. Era una mujer de porte elegante pero siniestro que presentaba una silueta especialmente alargada en su eje vertical, sobre todo, la cabeza. A su paso, aparecieron otras formas similares cuya deformidad se apreciaba a modo de estructuras cadavéricas semitransparentes. Se había incrustado un olor pestilente. Los muebles y los ornamentos se veían ahora llenos de suciedad y moho. Quiso gritar pero sus cuerdas vocales se encontraban paralizadas. De repente, una mano la tocó por detrás. Al darse la vuelta en un gesto automático vió aterrorizada cómo en frente suyo se había situado un arlequín sin rostro que sostenía una guadaña. Hizo un esfuerzo por despertar y apretó mucho los ojos y las manos, como queriendo hacer aflorar la consciencia.

Otra vez en la cama de su habitación los ruidos provenientes de la cocina se habían amplificado con rotundidad. En ese instante de aturdimiento se preguntaba decepcionada de sí misma por qué no había aceptado la invitación para acudir con sus padres a la celebración del veinteavo aniversario de la empresa de electrodomésticos en la que trabajaba su progenitor. Se trataba de elevar la moral de los empleados y para su padre significaba una oportunidad poder establecer las relaciones públicas pertinentes. Sin embargo, ella se había negado en redondo, creyendo que iba resultar un rollo patatero.

El escenario era tan gélido y el aire estaba tan congelado, que el frío parecía incrustarse en los huesos. Su intención fue taparse con las mantas, pero no pudo mover ni un solo músculo. Afuera llovía sin parar. La típica noche de tormenta. Súbitamente, un trueno estremeció el piso. Luego devino la calma. Los truenos continuaron a intérvalos cortos, como si el temporal ocurriese en el interior de la casa. La luz de la lamparilla se apagaba y encendía alternativamente. Hasta que el dormitorio quedó casi a oscuras, alumbrado únicamente con el destello de las farolas de la calle, cuyo leve resplandor penetraba por la ventana abierta. Como no podía mover y mucho menos girar la cabeza, la dirección de la mirada se dirigió hacia el fondo, donde se encontraba la televisión, todavía encendida. Se estaba emitiendo uno de esos programas nocturnos de televenta de aparatos de gimnasio. En un momento dado, empezó a visualizar otro tipo de imágenes. Eran las figuras extracorpóreas que había visto en la pesadilla de antes las que habían irrumpido en la pantalla. Pronto salieron de ella, y empezaron a merodear por la habitación en penumbra. Esas presencias fueron dirigiéndose poco a poco hacia Helen. La muchacha se encontraba completamente inmovilizada. El corazón le latía fuertemente. Continuaba sin poder gritar y eso que lo intentó una y otra vez, a la desesperada. Los espectros permanecían inertes a ambos lados de su cuerpo adormecido, observándola en un rictus serio que daba pavor. No podía ver su contorno desde esa perspectiva pero sí percibirlo muy de cerca. Entonces se percató también de que una silueta desarrapada desbordaba el marco del televisor y se deslizaba arrastrándose por el suelo. Lo que se veía a primera vista era una larga melena de color negro que cubría la cara del ente. La tétrica silueta andaba a gatas, con parsimonia y vestía un camisón claro. No tardó en descubrir de quién se trataba. Era la niña de la película de The Ring (La Señal). Pero en la inmediatez física, cuando estaba a punto de chocar contra ella, en lugar de visualizar al mostruo infantil lo que contempló de súbito fue la cara de Freddy Krueger. 

El estuvo un rato mirándola fijamente, sonriéndola con cierto desprecio. La falta de aire era claramente perceptible, una asfixia que se intensificaba por momentos. Inmediatamente sintió que el personaje de terror mediático le estaba presionando el cuello con ímpetu, al tiempo que era consciente de su macabra fisonomía, de su rostro desfigurado por el fuego, su sombrero ajado, su jersey de rayas verdes y rojas y el guante de cuchillas elaborado por él.  Freddy reía y reía grotescamente. En su aparición le acompañaban unas niñas que saltaban la cuerda y entonaban un cántico.

En la universidad, la profesora estaba a punto de dar por finalizada la clase. La chica se había quedado traspuesta en su asiento de la última fila, agotada por la falta de sueño pues había estado preparando toda la noche el examen previsto para la siguiente hora.

Antes de que a Helen se le parase el corazón, el monstruoso ser comenzó a hablar en tono jocoso: 

-Jovencita, no deberías dormirte en clase, es de mala educación. Hay que ver, cómo son los niños de hoy en día, no hay respeto. Sin embargo, no debes preocuparte, ahora yo soy tu novio. No sería justo que escaparas de mí tan fácilmente. Así que no despertarás jamás. Esta vez ya no. Prepárate, pequeña...¡Fredy viene por tí!...
  
¿Qué te pasa? ¿Alguien te comió la lengua?...jajajajajaaaaa...

¡Bienvenida a mi pesadilla!




La Oreja de Van Gogh - Pesadilla
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