sábado, 30 de abril de 2016

La curiosidad...maldita asesina de gatos

 
El viejo Frank Johnson vivía en el campo, en las inmediaciones de una aldea sureña de EEUU. Era un lugar difícil de encontrar, ubicado en uno de los Estados más pobres del país, Mississipi, aunque solo sus pocos habitantes fueran conscientes de ello. 

Desde hacía unas semanas había observado que tanto la aldea como las casas colindantes, hechas de madera y situadas a orillas del río, habían quedado deshabitadas. Le sorprendía demasiado que los vecinos se hubieran ido en masa, aun después de haber tenido oportunidad de presenciar tantas cosas extrañas en su vida. 

De niño, representó a una esperada promesa del blues, cuya carrera no se pudo proyectar debido a la muerte del padre. Ya en la madurez, su perfil adoptaría la vertiente de persona solitaria y montaraz. Aquella noche, el verano subtropical despedía un calor pegajoso. Desde la introspección, evocó su iniciático modus operandi vital por entre las peligrosas calles de la salvajemente descuidada Clarksdale, en el condado de Coahoma. Rememoraba las imágenes adormecido por el whisky, al mismo tiempo que fumaba en pipa el tabaco picado de la compañía tabacalera Colonial, su venerado Mississipi Blend. Recordaba cómo desde muy temprana edad no le había quedado otro remedio que aprender a buscarse la vida, confluyendo con personajes inadaptados, de razas y orígenes variopintos: blancos, afroamericanos como él, amerindios, asiáticos, isleños del Pacífico, hispanos, latinos y de otras nacionalidades en minoría. Todos ellos vulgares tipejos marginales, miembros honoríficos del sórdido submundo de la droga y de la delincuencia. Hasta que escapó de allí como el que escapa del diablo en jefe, espécimen de sobra conocido, el máximo dirigente, es decir, la violencia personificada y gratuita, figura noctámbula y capciosa que deambula por los guetos. Huyó de toda aquella parafernalia que solía trascender en este Mississipi profundo, conocido popularmente como "Estado de la Magnolia" o "Estado de la Hospitalidad". O también como "padre de las aguas", según dirían los indios Ojibwas, de los que procede el nombre de Mississipi.


Despertó del intenso aturdimiento en que había quedado sumido al escuchar el comienzo de un estruendoso ruido metálico de rítmica cadencia. Lo que parecía evidenciarse por medio de una serie de sonidos guturales y gemidos, culminaba en un eructo seco y alargado. El sonido era devuelto en forma de eco persistente desde los límites lejanos del bosque. Parecía estar amplificado desde un gran altavoz. Sin pensárselo dos veces se levantó de su mecedora, cogió la escopeta que tenía apoyada encima del vientre y bajó los escalones del porche, dirigiéndose con ímpetu hacia el interior de la espesura. La sensación habitual le provocaba parálisis de terror, sudor frío y temblores. Pero en esta ocasión, al contrario que otras noches, decidió dejar aparcado el miedo. La curiosidad había ganado finalmente la batalla al ser mucho mas fuerte y poderosa. Definitivamente se había propuesto investigar en qué consistía esa percepción tan estrambótica que escapaba de toda lógica y que incluso rayaba el más depravado surrealismo.

Ese run run intensificado, imbuido de un ritmo acompasado propio de la deglución y que acababa en eclosión digestiva, duraba media hora y luego cesaba. No sucedía todas las noches. Desde la última experiencia práctica, siempre transcurría un tiempo relativo. La acústica le llevó por fin a un paraje bastante desértico, una explanada rasa sin árboles ni vegetación, cuya frontera traspasó al cruzar un denso cúmulo de foresta y hojarasca sito en un punto del bosque que no pisaba en años y que se encontraba a unos cinco o seis kilómetros de su cabaña.

A pocos metros, divisó unas alambradas que cubrían una pequeña instalación fortificada que debía medir alrededor de 100 metros cuadrados. Cuando alcanzó el acceso principal, se dió cuenta de que la entrada permanecía herméticamente cerrada. Concluyó que no había modo de entrar. No obstante, al darle la vuelta al edificio, no tardó en ver un pequeño portón en cuya superficie había una hendidura. A través de la misma se podía introducir la mano y girar el pomo de detrás. Todo indicaba que el acceso al interior había sido forzado. El recinto era lo más parecido a un campamento militar en miniatura, aunque abandonado, a juzgar por el desorden y la suciedad en la que se encontraban los instrumentos tecnológicos, ordenadores y documentos, lo cual hacia pensar que dicho lugar no estaba operativo. En el punto más equidistante de la puerta había colocada una diminuta trampilla que conducía a una especie de cuarto subterráneo. Se acercó sigilosamente y cuando la tuvo delante  abrió la compuerta con sumo cuidado.

Miró hacia abajo. Con estupor, presenció una visión dantesca. El fuerte castañeteo de dientes y  el estremecimiento en las piernas que le habían acompañado hasta ese momento, mutaron hacia el pánico más absoluto. ¿Qué podía ser aquello que estaba viendo en vivo y en directo?.

El ambiente era tan atroz y confuso que Frank no se apercibió de las pisadas que se sucedían por detrás, intercediendo en su espacio acotado hasta definirse con claridad una vez hubieron alcanzado la trampilla. De súbito, sintió un tacto frío e intrusivo que le empujó por la espalda. El contenido diáfano del aire envuelto en la atmósfera maloliente, no fue lo suficientemente capaz de sostener el equilibrio que de facto no había hecho más que seguir la ley de la gravedad. Fue entrando de cabeza dentro del agujero, deslizando progresivamente el resto del cuerpo y por último los pies.  En milésimas de segundo había caído en picado, adentrándose en la semioscuridad del vacío, mientras un grito ahogado se perdía en la distancia.

Al cabo de unos segundos, el disonante tono gutural anteriormente interrumpido, volvió a comenzar su emisión.



Sam Cooke - What A Wonderful World


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