miércoles, 17 de agosto de 2016

CONVALECENCIA


Es otra gran noche
de afables encuentros,
de ausencias veladas, 
susurrando caricias
en duelos serenos,
con descompuestas caras
donde voy tragando medicinas,
absorviendo jeringillas,
siendo vendado
después de aguantar el triste plenilunio;
despidiendo al hambre,
con brío y desnorte
y una ciencia amable.
Mis miedos y mitos
son demencia adorable. 
Dentro de la mente hay laberintos
que sostienen encrucijadas.
Costumbres y arraigos no son suficientes 
para hacerle frente a la balanza existente
entre lo sano y lo exánime.
Ansia que me devora.
Cuerpo al desguace.
Quien no juega limpio
es el fantasma baluarte
que por aquí pulula:
debilidad y delirio,
duermevela execrable,
sombras simiescas
cantándome una nana
al son de la brisa
tras abrir la ventana.
La rabia y desficio
que me das tú, ponzoña,
un sueño inefable,
soporífera veleidad,
buscando carnaza
en tu insaciable venganza.
Un día de agosto
la luna no sale; no se ve nada.
Nuevos paradigmas
generan obsesión, 
festival del dolor
en mis pesadillas.
Cualquier griterío
va contra la vida, 
me crea angustia,
sudor amarillo.
Calor sofocante
y riadas de anhelos
que no cumplen años
pero sí desvelos. 
Con toda diablura
de amante bilingüe,
vomitas compasión
y me ofreces betadine
para curar las heridas
de aquel accidente. 
Bichos que se comen
la guantera carcomida
del coche. Eso es lo que veo
tras el parpadeo
y mi visión borrosa.
Obnubilada.
Siempre alguien saluda.
A las doce.
Y se va.
A las ocho. Al filo de la mañana.
En turnos plañideros.
Y entra una bata blanca 
y crece mi sentir de loco.
Me agobio y congojo
tras oir a la puerta abrirse y cerrarse. 
En visita guiada
por mis oscuros ojos,
detecto al espectro benigno,
del solitario despojo,
esto es, mi propia convalecencia.
También a las sombras que acechan,
amigas y amantes,
sembrando buena cosecha.
Y estilo. Y buen arte.
Doy cien mil vueltas
en la cama de hierro. 
Y me estiro todo lo que puedo.
Tropiezo con la esquina
y casi caigo al suelo. 
Ries y ries, espectro, 
temporal demencia,
con tu voz al aire,
burlando cadencias, 
pisadas en lastre. 
Mientras intento crear
un torbellino de ideas. 
Ideas que no se sostienen
y que los rayos y truenos solicitan
en la tormenta. Llueve encima del techo.
Y en el fragor de la batalla
el ente se pasea por la habitación.
Fantasmagórico. Sujetando sus cadenas.
Cadenas que pesan, 
pesadas y muertas. 
Mis sueños son lágrimas en la corriente del río
a pesar de su fluidez cargante.
Sueño con suciedad,
moscas y larvas
que se ensañan conmigo.
En la realidad estable, tú, amigo,
mientras juegas con ella y yo te miro,
me guiñas un ojo.
Pareces mi hermano.  
Al tiempo que la fiebre
me hace delirar demasiado,
con brutal bestialidad.
No quiero dormir más.
Tan solo pido sin remisión,
cuando me cure,
puntadas con hilo.
Sátira mordaz. 
Para reir y ya está.
Y ese demonio
que canta conmigo
siendo un alucine,
todo un desatino,
es mi ángel caído.
Si voy a despertar, 
que sea un domingo.
Ir a trabajar
sería un desvarío.
Tal cual lo he vivido,
no tiene sentido
pues no es muy real ni demasiado atractivo,
estar siempre dormido.
Lo soñado, soñado está
entre ojos alicaídos. 
Quizá la ansiedad
me hizo interpretarlo así.
Mañana, otro día.
Otro día será. 
Y mientras tanto la fiebre
bajará y subirá.
Los enfermeros noctámbulos
vienen y se van.
Y tú, buena madre, 
me colocas el termómetro. 
La cuidadora ideal.
40 grados.
En este hospital.



 The Cure - Prayers For Rain 


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Marisa Doménech
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