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UNA NOCHE SOÑÉ QUE OVIDIO ME HABLABA DE AMOR. 2.- LA TRAMA Y UN RECUERDO INOLVIDABLE


Allí, me encontraba yo, en la cama de una maldita pensión de mala muerte, tumbado boca arriba y acompañado de bichos negruzcos, cuyo movimiento corredero era mimetizado por la oscuridad en penumbra. Algunos de esos insectos, invadieron impunemente las sábanas sucias mientras nos balanceábamos rítmicamente. Mi saturado cerebro, divagaba constantemente y me hacía sentir avergonzado, al recordar el empleo del adjetivo "divina", de cómo lo estuve declamando entre mis gritos ahogados, que se diluían a través del aire turbio de la habitación número 11; jadeaba, totalmente ido, ahogándome, con la respiración entrecortada, sudoroso, dejándome llevar por mis espasmos, en medio del desfogue natural de la líbido y de la consecución de varios orgasmos completamente genitales. Rememoraba, alicaído y fatigado, en medio de una apatía agobiante, cómo me había dejado aplastar literalmente por el pálido cuerpo de una escultural mujer que se llamaba Salomé, según me confesó. Sería lo único que me diría durante nuestro encuentro. Al menos, en las dos primeras horas.

Lo hicimos varias veces en la postura que le había suplicado que cumpliera religiosamente. Conocía, de un tiempo a esta parte, a mi objeto fetiche, después de haberlo observado al calor de la rutina, en los momentos en que pasaba por esa calle mientras iba conduciendo hasta el trabajo. En esos instantes, desaceleraba hasta poner la segunda. A veces, me paraba en la esquina y la observaba un rato. Solía mostrarse dulce y cariñosa ante sus clientes, a pesar de los desprecios habituales y algún que otro cachetón en las nalgas, tocamientos o provocaciones gestuales que rayaban la violencia sutil. Siempre se comportó con laborioso magisterio, desde la consolidada seguridad que ofrece una controladora protección en la distancia, durante el proceso de "hacer la calle". Su imagen femenina, tras la llegada a la fonda, transformada caricaturescamente en perfecta carne de cañón, no hacía más que enarbolar la bandera del "si, hombre desesperado, estoy dispuesta a hacerte lo que quieras porque ya te lo han cobrado; si me haces daño, tendrás que vértelas con mi chulo". Parecía la hipérbole del castigo justiciero. De hecho, su proxeneta, había venido en persona a pedirme los 40 euros correspondientes. La actitud mostrada y el rictus de su cara, daban auténtico pavor.

La chica, resultó ser como menos me la esperaba; a simple vista, una mujer maledicente y profesional, fría y desapegada de toda empatía. Muy desatenta y nada detallista, perpetró, desde el primer momento del roce, la inestimable labor de penetrar maquinalmente en mi conciencia, inoculando en ella, un sentimiento de indecencia procaz, empujándome con inusual radicalidad a sentir ansiedad, al tiempo que me sobrevenía el asco más absoluto. Una vez hubo finalizado todo, dediqué varios minutos a mirar fíjamente al techo, en concreto, a una cucaracha que yacía inmóvil, pegada a la bombilla, a la espera de comprobar si se movía. El estado coyuntural de mi mente, obtuso, perdido, confuso, conformaba, en el esquema de mis pensamientos, una "curiosa analogía bíblica" que buscaba relacionar intrínsecamente al personaje femenino del Nuevo Testamento, la mujer que vendió a San Juan Bautista, con la prostituta pobre y explotada. Tenía algo de tiempo para pensar y poder recrearme en los elementos más variopintos y surrealistas -o, al menos, eso creía-. Ese hecho, en cuestión, generó en mí, tras haberse consumado por completo el clímax, la necesidad perentoria de tener que buscar, de modo persistente, la explicación más lógica posible a una incomprensible experiencia. Controvertida. Inexpugnable. Oscura. Paradójica. Contradictoria. Inquisitiva. 

El silogismo encerraba, como premisa principal, una significativa trascendencia que, no era otra, que tener que aceptar, sin remedio, la más injusta e imperdonable situación; la tropelía más incoherente que podía estar cometiendo, disfrutando, como lo había hecho hasta ahora, de la vida de casado. Por lo demás, había sido siempre un hombre fiel, volcado en la plena dedicación a mi pareja. Ahora, simplemente, no entendía nada.

No habían trascurrido más que veinte minutos desde la finalización del acto sexual. Me sentía culpable porque la había hecho trabajar más de la cuenta. Sin demasiado respeto, la había abocado a mantener tres experiencias sexuales, fragmentadas en tres intérvalos de tiempo acuciantes, rápidos, frenéticos, fugaces. La muchacha se dejaba hacer, adoptando una actitud mecánica, contorneándose sin ningún tipo de afán, ni de apasionamiento. Pude comprobar cómo la interacción entre nosotros dos, no se llevó a cabo tal y como solía suceder en las películas. Ni muchísimo menos. Aunque eso, tiene su explicación. En el fondo, muchos hombres pecamos de idealistas. Queriendo parecer teóricos y deliberadamente banales, nos parece que los problemas se resuelven con mayor soltura y pragmatismo. Pero no son más que eso, apariencias, prejuicios ¡Maldita hoguera de las vanidades! Cada uno de nosotros tenemos una responsabilidad para con la sociedad. Sin embargo, ¿no sería más adecuado apelar a la conciencia colectiva solidaria y al sentido común? En esos críticos momentos, acerté a describirme a mí mismo como la verdadera personificación de la estafa. Estaba siendo el protagonista de un ideario identitario, constitutivo de la falacia más abyecta contra la humanidad. Ni siquiera pensaba en mi mujer y en cómo me juzgaría, si se llegara a enterar de este desliz. Una vez asumido, como un jarro de agua fría, este esquema de pensamiento, supe que me había convertido en un necio, el ombligo del mundo que lanza sus quejidos sin una dirección definida.

Salomé, salió del cuarto de baño. La miré con detenimiento. Lo cierto era, que me había dado cuenta, horrorizado, de un detalle que ahora mismo ocupaba un primer plano. No quedaba nada de aquella persona a la que había considerado, con no poca ordinariez, una puta más, una trabajadora del placer, a secas. Con todas las de la ley, terminé por convencerme de que la muchacha, muy joven, había estado llorando a escondidas. De que tenía miedo. Mucho miedo.

Con inusitada emotividad, empezó a tantear el terreno para, de ese modo, poder averiguar con quién había estado aquella noche.

-Señor...

-Dime, ¿qué... qué quieres? ¿Ya me ...me...  te... tengo que ir? ¿O... o quieres hablar? -Expresé tartamudeando.

-Señor... quiero desir cosa importante... Por favor, escuchar... tú, escuchar...

Hablaba un español muy básico, pero logró hacerse entender, con palabras y con gestos.

-Hablemos entonces.... cuéntame, ¿por qué te dedicas a esto?

-¿Tú ir a polisia? ¿Tu podes? ¿Pu... puedes?

-No, no... qué va... no... Yo no tengo nada contra tí. Además, no quiero que se entere mi mujer. Me dejaría... ¿Me has entendido? No tengas miedo...

-Ayudar tú a me...

-¿Cómo puedo...? ¿Qué quieres que haga por tí...? -Dije con aparente indiferencia. El caso es que había empezado a preocuparme.

-¿Có... mo desir? ¿Secostro? ¿Se dise secostro? 

-¿Estás... retenida en contra de tu voluntad? -Pregunté angustiado, aunque disimulándolo lo mejor que pude.

-Nadie hombre quiere ayudar a mí. Ayuda a mí, tú, por favor.

-Si, si, claro. Te ayudaré. ¿Qué edad tienes?

Me respondió gesticulando con los dedos. No sabía cómo expresar los numerales cardinales. Al fin, respiré tranquilo. Por un instante, incluso llegué a pensar que podía haberme metido en un lío muy gordo, si se trataba de una menor. Tenía veinte años.

-Ayuda a mí. Quieros irmi a mi casa. El, estar aqui, pronto. Venir a saber qué cosa hago.

-Tranquila, psss... no llores más. Te sacaré de aquí. 

-Pero él estar ya fuera, segura que estar esperando a mí.

-No pasará nada. Deja que yo lo haga todo. Tú, no digas nada. Salgamos. Ah, prométeme una cosa. Tienes que darme tu palabra de que no le dirás a nadie que has estado conmigo, ni quién soy. Te lo pido como un favor personal.  

La mujer, me dió un sí claro y rotundo. Enternecida, me cogió las manos y empezó a besármelas con energía, en señal de profundo agradecimiento. Comencé a abrazarla con fuerza, pero ella se separó con brusquedad. Muy sustada, no hacía más que repetir las mismas frases. Que tenía que reunirse con él lo antes posible. De otro modo, podría sospechar. Le respondí que no se preocupara, que lo tenía todo planeado para que no se le ocurriera pensar que estábamos confabulados.

Bajamos al vestíbulo. Intenté hacerme pasar por un hombretón machote, con bastante poder adquisitivo, que no había tenido suficiente con dos horas. Le ofrecí más dinero. Lo llevaba en metálico, afortunadamente. En la cartera traía unos 600 euros en billetes de 20 y 50. Algo premeditado, una noche como hoy. Comprar el favor del proxeneta, presuponía aplicar una argucia lo suficientemente estilosa y eficaz como para permitirnos ganar tiempo. Y para asegurarme de que ese bastardo no albergaba ninguna duda sobre lo que pretendía hacerle creer, una cuestión material; sencillamente, que la muchacha me había encantado y que lo que pretendía realmente era divertirme a tope.

-Amigo, esta zorrita trabaja muy bien. Así que, creo que nos lo vamos a pasar en grande. Te la devolveré a la pensión dentro de tres o cuatro horas. Me la llevo a cenar, a ver escaparates, quizá le haga algún regalito. ¿Qué te parece? Te doy 250. 

-500 euros. Estaré cerca. Cogeré mi coche y te seguiré. Si te pierdo de vista en algún momento, daros por muertos, tú, o alguien de tu familia. Tengo tu matrícula. Me vas a dar también la dirección de tu casa y la del trabajo. Te enteras, ¿no? O sea, que no me cabrees. 

Dorel "Lobo Blanco", o "El Albino", o "ese malnacido hijo del demonio", como lo prefiramos llamar, el chulo más recalcitrantemente tonto de Madrid, hablaba un español casi perfecto. Tonto o... quién sabe. Quizá, no. Lo que parece dudoso en un principio, lo comprendemos mejor con el paso del tiempo, nos sabe a regalo de la percepción. Aunque, puede que para entonces, sea demasiado tarde.

No es que fuera enormemente solvente en aquella época. Asumía un cargo intermedio, delegado comercial de una agencia de seguros. Tampoco era como para tirar cohetes. Aun así, no me dolió el dinero. Lo consideré una inversión necesaria y ajustada con la que expiar mis remordimientos. 

Lo demás, no me fue tan difícil. Ese fulano era un pasador de yonquis, que traficaba con cocaína y que encabezaba el entramado de una organización a menor escala, con unas treinta mujeres a su cargo. La única que no ejercía la prostitución voluntariamente era la chica de nacionalidad rumana, misteriosamente rubia, de piel mortecina y ojos azules, Salomé. En realidad, se llamaba Anika. No tenía papeles y sabía que si la deportaban a su país, se iba a reencontrar con unas expectativas de vida mucho peores. O, podía verse recluida en una CIE, en un centro de internamiento para extranjeros. Así que, intentaba que alguien lo suficientemente honesto, se decidiera a yudarla por nada. Lo intentaba, a la desesperada, en cada noche de asedio sexual.

La llevé a un restaurante de cuatro estrellas Michelín, donde era requisito indispensable reservar mesa y, además, aplicaban un criterio rigurosamente estricto respecto del derecho de admisión. Evité, así, tener que verle sentado cerca de nosotros. A mí me conocían, yo era un cliente preferente, de manera que, entramos sin ningún tipo de restricción. 

Creo que no se lo esperaba. Que le pilló por sorpresa. Podría tratarse de un delincuente de poca monta, con un historial delictivo un tanto chapucero, todo hay que decirlo, a ojos de la policía, de no ser, por la envergadura que podía tener el caso particular de Anika, si se descubría que la retenían por la fuerza y bajo amenazas. Por lo pronto, ésta era la visión particular de la muchacha, lo que ella pensaba de su captor. Luego, íbamos a tener tiempo de hablar un poco, adelantándome al resumen de la opinión subjetiva de la chiquilla, no muy alejada del criterio materialista a la hora de evaluar las cosas. Me fue aportando datos e información mientras íbamos en el coche. Chica lista, sin duda.

La cena transcurrió con normalidad. Anika, me contó, como mejor pudo, que tenía novio, un chico rumano, como ella, Ioan Dalca, que trabajaba de temporero en las campañas de la fruta y de la verdura allí donde le salía trabajo, por lo que, en ocasiones, se ausentaba semanas o meses. Ella, se dedicaba a limpiar casas por horas. Vivían de forma semiclandestina por el temor a ser descubiertos por las autoridades. 

Todo esto, empezó una tarde en que volvía de cuidar al hijo de una de sus jefas. De repente, un coche que acababa de doblar la esquina, empezó a seguirla. Hacía mal tiempo y la atmósfera era tenebrosa, debido a las intensas lluvias y a la terrible ola de frío de ese invierno recrudecido. Ni rastro de gente por esa zona. Avanzados unos metros, después de haber echado a correr, se dió la vuelta. Contempló con horror, cómo los dos hombres que habían bajado del vehículo, la seguían con la intención de acorralarla en el callejón. No tardaron en echársele encima como perros hambrientos. La violaron repetidas veces, dejándola maltrecha. Después, se la llevaron. Uno de ellos, era Dorel Albescu, líder de una red mafiosa, más conocido en el mundillo como el "Lobo Blanco", apelativo que hacía referencia a una extraña anomalía genética, era albino. Sabía que Anika estaba sola y que, por ello, y por su condición de extranjera sin papeles y sin familia, con el novio trabajando en Alicante, lejos de Madrid, nadie reclamaría su desaparición.

Casi sin darme cuenta, me estaba enamorando de la inocente y valerosa Anika, forzada irremediablemente a vender su cuerpo, a consumir drogas de forma esporádica, si no cumplía con la disciplina, a ser violada y golpeada salvajemente por los matones de la organización cada vez que se evadía de las actividades degradantes a las que era sometida todos los días.

Dorel, de 42 años, llevaba más de diecisiete acumulando, sin parar, uno detrás de otro, antecedentes policiales en España: tráfico de drogas, duplicado de tarjetas, robo, extorsión, ajustes de cuentas, prostitución... Le habían llegado a detener hasta doce veces. Tras su última detención, la número doce, los agentes de la Unidad de Delincuencia Especializada (UDEV), le acusaron de ser el jefe de una red de delincuencia que extorsionaba a prostitutas, cobrándoles una comisión por cederles "su territorio". Por otra parte, no había que olvidar que, Dorel, conocía a media plantilla de la policía de Madrid, casi nunca utilizaba el móvil para hablar y, cuando lo hacía, cambiaba continuamente de tarjeta pre-pago para no ser localizado, es decir, que había sabido captar a la perfección los métodos de investigación del cuerpo. Ni tan siquiera iba armado, procuraba poner en práctica sus ajustes de cuentas e intimidaciones bajo métodos menos ortodoxos y más prácticos, por ejemplo, alguien empujaba a la víctima represaliada contra un coche que cruzaba la calzada, en ese momento o, aparentemente, se caía por la ventana, aunque más bien, era empujado, claro. Por contra, no se podían demostrar tales hechos, básicamente, porque nadie "cantaba", no había vídeos, ni ninguna otra prueba que lo evidenciara. Sin embargo, anunciar su nombre de pila oficialmente en determinados ambientes de los bajos fondos y en ciertas barriadas de la capital, era lo mismo que mencionar al diablo en persona. Un tipo muy temido y, al mismo tiempo, prácticamente invisible. La policía había empezado a sospechar de él hacía relativamente poco tiempo.  No fue hasta el pasado año, cuando las supuestas actividades incrementaron su repercusión mediática, mucho más que la que se le había atribuido desde los inicios. Ahora solo faltaba pillarle "in fraganti". Anika disponía de información privilegiada, muy valiosa. Se había enterado de muchas cosas tras escuchar fragmentos de las conversaciones habituales, donde los miembros de la red hablaban con frecuencia de estos temas, a veces, en rumano, pues la mayoría eran compatriotas suyos. Le resultaba chocante que ninguno de ellos se mostrara excesivamente cuidadoso a la hora de preservar su intimidad.

Aun con todo y, a pesar de confluir todas esas circunstancias, no había que llevarse a engaño. En realidad, no buscaban a Dorel por proxenetismo. Se decía que había provocado actos violentos e incitado a la agresión física e incluso que había matado a gente. Pese a ello, nadie, ningún testigo ni confidente, se atrevía a denunciar, ni a aportar pruebas fehacientes que incriminaran a Dorel Albescu.

Hay que tener en cuenta, que la explotación por parte de terceras personas mediante el sexo retribuido, y de aquellas que se prestan al mismo, desde un punto de vista empresarial, comercial o lucrativo, no es el equivalente a ser un delincuente. No lo es, en nuestro país. La prostitución por cuenta ajena, está considerada como una actividad económica lícita, -tras un cambio legislativo formulado y aprobado hace pocos años-, siempre y cuando la persona que se prostituya pueda demostrar, mediante evidencias, que mantiene una autonomía laboral y que no está siendo coaccionada, obligada por el uso de la violencia, bajo intimidación, engaño, abuso de autoridad o aprovechando una situación de precariedad, de necesidad o de vulnerabilidad. Ese, era el motivo por el que me aventuré hace seis años, fecha en la que empieza a datarse mi historia, a contratar los servicios de una prostituta. Estaba convencido, desde mi fatal ignorancia, de que, en España, la mayoría de las putas eran libres. Y, por añadidura, reconozco, sin ningún tipo de pudor, que Anika me fascinó desde el primer momento en que la vi. Ni por asomo, podría haberme imaginado que estaba siendo vejada, explotada y maltratada.

Habiendo llegado el momento del café, me dirigí con total confianza a Alberto, después de haberle observado con atención unos segundos. Como muchas otras veces, no me chocó para nada lo que vi. Mi amigo del alma, que era el dueño del local, parecía estar presenciando la escena más agradable del mundo. Con el semblante serio, pero con una gran templanza, se encontraba de pie, en uno de los rincones de la barra que daba a la puerta de la cocina, mirando a los comensales con relajada satisfacción, como quien ve una justa recompensa en la firme consecución del deber cumplido. Le acababa de hacer señas y ya se estaba acercando.

-Alberto, necesito que me hagas un favor, si a tí te parece bien.

-Lo que tú quieras. ¿En qué te puedo ayudar?

-No puedo contártelo ahora, sería muy largo de explicar. Solo quiero que prestes atención. Te habrás dado cuenta de que afuera hay un BMW X1 de color gris azulado. Lo has visto, ¿no?

-Si, lleva ahí aparcado un buen rato. Excelente coche...

-Claro que sí... Aunque lo que tiene verdadero interés para mí es que te quedes con la descripción de una persona que conozco. Puede haber salido ya, de ese coche del que hablábamos y haberse situado cerca de la entrada o, puede estar dentro todavía, esperando. Quizá tampoco esté solo...

-¿Y... bien...?

-La policía le anda buscando. Es un delincuente muy peligroso. Por eso, quiero que les llames y des el aviso. No les digas que te lo he dicho yo, no quiero que me relacionen. Si te preguntan cómo lo averiguaste, entrégales esta nota. En el momento en que te pidan esa información, será muy importante que recalques que no te acuerdas del aspecto que tenía la persona que te la entregó. Tienes que simular esa respuesta lo mejor que puedas. Si se ponen pesados, ofréceles la descripción genérica de algún sujeto imaginario, sin entrar en detalles específicos, obviamente.

-¡No estarás en un lío...! Mira que sé que nunca te metes en ninguno, pero ten mucho cuidado.... Sí, ya sé lo que estás pensando, pero... olvídalo.  No te preguntaré jamás de qué se trata. Por eso, no te preocupes, puedes quedarte tranquilo.

-Gracias, mi fiel Alberto. Ahora, lo que haremos será marcharnos. Esta buena mujer y yo, saldremos por la puerta de atrás. 

Le dije, más o menos, cómo era, con el objetivo de que se le pudiera retener en caso de que decidiera irrumpir en el comedor del restaurante antes de que llegara la policía. Teníamos que hacer todo lo posible para que no nos encontrara y facilitar su detención. Y, al mismo tiempo, estábamos convencidos de que, si el juez instructor, no hallaba pruebas inculpatorias que justificasen su ingreso en la cárcel, nosotros dos, íbamos a estar jugándonos el pellejo, solo dios podía saber hasta cuándo.

-¿Dónde ir nosotros, ahora?


-A mi casa, Anika.


¿Dónde ser tu casa?


-Pronto llegaremos... Anda, cierra los ojos y relájate.



Se lo dije con la mayor ternura que mis cuerdas vocales fueron capaces de imprimir a esas dos frases tan sencillas y directas, dirigidas con fervor a la chica que pretendía salvar. Me hubiese gustado, de todo corazón, ser capaz de exteriorizar mis sentimientos a través de la belleza primaria, de la poesía básica del loco enamorado, de la complicidad consoladora del compañero de aventuras que sabe, a ciencia cierta, que lo verdaderamente idílico y profundo hubiese sido despedirse con un hasta pronto; sobre todo, haciendo acopio del valor que tiene un riguroso y exhaustivo conocimiento de causa. Me hubiese encantado definir mi último adiós, con la elocuencia y la tristeza debidas, permitiéndome esbozar, a través de la mirada asertiva y de la gestualidad natural, un canto a la esperanza en el futuro. Y, quién sabe, a lo mejor, también, el poder alardear de haber ganado la batalla a las propias limitaciones; no teniendo que separarme de ella, definitivamente, ni huir agazapado como si fuese un vulgar traidor. ¿Por qué debía de abandonar la materialización del deseo más puro e inconsciente? ¿Por qué arremeter contra la alegría resultante derivada del compromiso por intentar lo que parecía un imposible? Y, sin embargo, mis intenciones, me reconducían hacia otra dirección, temeroso de aparentar soberbia. Puesto que, era necesario, más que nunca, mantener la cordura y la lógica. No podía desequilibrar la vida de nadie. Y, mucho menos, la de una muchacha de veinte años a la que, con toda probabilidad, aun estaba esperando un hombre más joven que yo, perplejo y desconcertado, eso sí. Si bien, lo previsible, en ese caso, significaba tener que atender al olvido, más tarde o más temprano, yo mismo, sentía que no tenía ningún derecho a inmiscuirme entre ambos.

Pero, seamos realistas. En el fondo, tampoco estaba dispuesto a abandonar a Gema, mi mujer. Eso era lo más apremiante. Por todo ello, me fuí directo a la comisaría de policía más cercana, con la honorable misión de entregar a Anika a las autoridades y poder colaborar al máximo en el esclarecimiento del caso. Mi pretensión fue, en todo momento, que las instituciones del Estado, pilares básicos que retroalimentaban la legalidad y promovían la protección social -otro de los falsos mitos que salvaguardaba fielmente como inocente pardillo que era- se ocupasen de ayudar a una víctima más de la trata de personas, con el mismo empeño, por mi parte, que si el problema lo hubiese sufrido una hija mía, en el supuesto de que la hubiese tenido, claro está.

La noticia de la detención de Dorel Albescu se publicó en unos cuantos periódicos de ámbito local, aunque no trascendió demasiado, apenas obtuvo repercusión mediática. No se aportaron más que dos o tres datos generales, bastante esquemáticos. Durante el proceso, el juez, había decretado secreto de sumario. Ni una sola mención al paradero de Anika, ni a su situación personal, aun cuando era un hecho recurrente que la prensa de corte sensacionalista o, el mal llamado periodismo de investigación, elaborasen periódicamente monográficos, seleccionando aquellos temas de corte amarillista que hacían subir la cuota de share y mantenían fidelizada a la audiencia, tales como las estafas piramidales, los clanes gitanos de la droga, la venta clandestina de coches de segunda mano en el mercado negro o la corrupción en los órganos de dirección de las autoescuelas. Y, precisamente de ahí, me viene a la mente, ese conocido programa de La Sexta, presentado por una rubia de voz carismática. Ni qué decir tiene, que el objetivo primordial que persiguen estos seriales, es impresionar toscamente a la opinión pública, sacando punta a los problemas más acuciantes de la sociedad española -esto último, dicho en tono irónico, se entiende- valiéndose de un recurso extraordinariamente efectista, que consiste en fomentar la exageración y la teatralidad, reconstruyendo tramas que conforman historias perversamente surrealistas, al más puro estilo norteamericano; lo mismo que si se estuviera describiendo el caso Wathergate pero en la versión española más hortera y ramplona. 

Los telediarios, por su parte, hicieron una breve introducción de la noticia, un jueves, en las respectivas ediciones del mediodía y de la noche, emisiones que duraron, exactamente, minuto y medio cada una, justo al día siguiente de la detención, nombrando a Dorel Albescu, como el cabecilla de una red de narcotraficantes que operaba en el extrarradio de Madrid. Punto y final.

Por supuesto, no siento el menor apego por la tele; ni antes, ni ahora en el presente. Mi interés estaba centrado, en aquel momento, única y exclusivamente, en el recuerdo de mi adorada Anika. De tal manera, que durante meses, me esforcé lo indecible por conocer cuestiones concretas que ampliaran un poco más la nula información que me había proporcionado la policía de la UDEV, con la finalidad de poder ahondar más a fondo en cualquier tipo de consideración específica, aportación, algún detalle, por irrelevante o accesorio que pudiera parecer a simple vista. 

Cuando abrieron el secreto de sumario, pude comprobar, con sorpresa, que el contenido del mismo, -al que tuve acceso porque le insistí a mi abogado, quien me había orientado jurídicamente cuando fuí a declarar en el juicio en calidad de testigo-, no describía la dramática experiencia de ninguna mujer que hubiera sido víctima "ex profeso" de rapto, privación de libertad, o de malos tratos continuados por parte de algún proxeneta, lo cual, me llenó de indignación, lógicamente. Sí se mencionaba a un grupo de mujeres que habían sido contratadas como prostitutas para trabajar en conocidos clubs de alterne de la zona; respecto de la actividad de comercio sexual, nada, ningún indicio, conjetura o apreciación que tuviese un carácter marcadamente punitivo, si bien, en el auto, se dejaba constatar de manera notoria y manifiesta, que no vivían en muy buenas condiciones. Esto mismo, se supo gracias a que se pudo investigar el régimen de contratación laboral por el que se regían dichas trabajadoras sexuales, tras haberse interpuesto un número indeterminado de denuncias por irregularidades jurídico-laborales y haber sido llamados a declarar a varios testigos que, supuestamente, habían corroborado los hechos. 

Precisamente, era Dorel Albescu quien figuraba como dueño de uno de locales, según este informe. Lo redactado en esa parte del extracto, dictaminaba que este individuo había sido detenido en varias ocasiones por tráfico de estupefacientes y que poseía un abundante historial delictivo consistente en pequeños hurtos, robos y estafa tecnológica, y, como ejemplo, se citaba la clonación o duplicado de tarjetas de crédito y de débito. Todo se argumentaba con el vocablo "supuestamente", por delante. No se recogía denuncia ninguna, evidencia, supuesta o probatoria, ni testimonios directos declarados en una sala de lo penal, que guardasen una relación unilateral con los delitos de abusos sexuales, extorsión, vejaciones, secuestro, agresiones físicas o asesinatos. Por lo que parece, la policía, siempre había estado al margen de evidencias mayores, tan solo manejaba conjeturas y no parecía demasiado interesada en trasladar informes y expedientes del caso a más altas instancias. Enterarme de esto, me dejó con muy mal sabor de boca. 

Auspicié, desde mi fuero interno, todas las premisas necesarias para crearme un concepto de la comisaría y del cuerpo, en general, negativo, demarcando una visión que asocié, bajo mi juicio, con la indefensión hacia el ciudadano extranjero en su derecho de ser protegido por la seguridad y el orden. Como si hubiese diferentes varas de medir. Y distintos escenarios sociales. No tardé en pensar que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado incluían, dentro de su organigrama, a cuadros de determinadas jefaturas locales, al igual que de la dirección central, salpicados por la sospecha de la corrupción, el oportunismo y la connivencia delictiva con la mafia. La corruptela estaba encabezada, tanto por parte de algunos agentes que recibían órdenes de sus superiores, como por parte de estos mismos superiores, respecto de un plan que consistía en unirse corporativamente con los mamporreros de los burdeles. En este ejemplo de Madrid y de esta trama mafiosa, en cuestión, lo pude ver claramente; en vivo y en directo. Esa unión de dos bandos para sacar provecho financiero, lucro, prebendas, etc, parece ser que se imponía bajo una dirección que reflejaba una mancha muy negra en medio del océano. Sin embargo, no había ningún imputado por cohecho, tráfico de influencias, prevaricación, inducción al aborto u omisión del deber de perseguir delitos, entre los altos mandos de la Guardia Civil, la policía Local y Nacional y cargos de la Comandancia. 


Fuentes con las que estuve hablando y, que he llegado a conocer después, me ofrecieron información relevante acerca de negocios turbios y de una trama organizada, orquestada por agentes, a un nivel intermedio y superior, compinchados con los proxenetas. Es como todo en muchos estamentos. Una línea de la dirección mira para otro lado, otra parte de la misma es manifiestamente declarada nula o apartada de las investigaciones, otra se corrompe. Y otra facción, lo ignora. Durante mis cinco años, bajo los que he estado dedicando laboriosamente el esfuerzo de mis pesquisas, no he sabido jamás, si realmente ha habido, o no, denuncias internas. Y, si las ha habido, y algún agente responsable de cierta unidad ha decidido intervenir, no han supuesto, estas señas de honorabilidad, ningún arma arrojadiza con la que poder desenmascarar a futuros imputados. Por lo mismo, la opinión pública y los medios, han tenido que verse cortocircuitados en su comunicación bilateral con la verdad, con la veracidad de una información extremadamente confidencial, al menos, susceptible de poder ser vinculante y también la que podría haberles conducido, directamente, al conocimiento de los nombres y apellidos de los "influencers", por llamarles de alguna manera, y de los autores y coautores, de los cabecillas y los cómplices.


Por su parte, las trabajadoras sociales del Ayuntamiento y las cooperantes de ONG's, al corriente de las vicisitudes de las mujeres que podían ser susceptibles de trata de personas, de agresiones o degradación por parte de sus proxenetas, tampoco tenían capacidad material para intervenir drásticamente y con carácter resolutorio en un porcentaje alto. Solo habían logrado internar a algunas de estas prostitutas en pisos de acogida, en aquellas casas que alojan a mujeres maltratadas. Por cierto, algunas de ellas, estaban siendo coaccionadas, incluso, se había intentado recaptarlas en las redes de explotación sexual, en algunos casos. Malogrado, unas veces, habiéndose cumplido el objetivo, en otras ocasiones. 


Me informaron, estas mismas fuentes fidedignas -a las que yo siempre consideré los pequeños "Gargantas Profundas" al límite de la ley-, de que, siempre que se remitía a las prostitutas de origen extranjero a estos pisos sociales, se las hacía creer que iban en calidad de testigos protegidas, que serían beneficiarias de una fórmula legal de reinserción social y que su protección iba a estar absolutamente garantizada. A veces, era así. Pero, para aquellas que procedían de determinados clubes innombrables, no lo era. No, para todas.


Fueron testigos privilegiados jueces, empresarios, políticos, miembros de la fiscalía... Y, un buen número de estos cuadros, formaban parte de la pirámide de corrupción policial. Se cultivaban amistades poderosas y altamente solventes a nivel financiero, tanto en los despachos como en los antros de la urbe.

Volviendo al documento que pude conocer, de parte del abogado que me llevaba en calidad de testigo protegido, más bien, habiendo leído una parte reducidísima del mismo, puedo reseñar que este escrito también incluía la reproducción del extracto judicial correspondiente al fallo de una sentencia fechada en el año 2011 y por la que este controvertido proxeneta fue condenado a tres años, de los cuales, tan solo cumplió uno. La reducción de la pena se debió a las alegaciones por buena conducta interpeladas durante el proceso de reapertura del juicio, después de la interposición del recurso de apelación.

Cuando me dí cuenta de que, a pesar de mis cábalas y esfuerzos, de mi capacidad consolidada para afianzar el análisis y la investigación por propia cuenta y riesgo, de mi prolija suerte a la hora de fomentar relaciones y contactos fundamentales, en el tiempo y el lugar precisos, que me ayudasen en el esclarecimiento de los hechos y en la reconstrucción de la historia, muy a pesar de todos estos beneficios y hechos fortuitos, a mi favor, para poder comprender más y mejor, veía que siempre me faltaba algo, lo principal, lo más certero. Concluí tristemente y, no sin decepción, que todo lo que se encontraba más oculto, se negaba en rotundo a salir a la luz. De forma inexorable. Descubrí, por tanto, y no tardé demasiado en hacerlo, la que sería una de mis mayores certezas y que, sin embargo, para nada fue la artífice de mi abandono, en ningún momento, de aquella dilatada historia de mi vida: comprendí que era imposible rebasar determinadas líneas rojas.


Y, sin embargo, no cejé en mi empeño de averiguar la verdad, porque el preciado objeto de mi amor, Anika, mi dulce Anika, era, en verdad, lo único que me importaba, lo que me quitaba el sueño. Por tanto, luché desaforadamente hasta el final. Bien mirado, hice lo que tenía que hacer. No sé si lo que cualquier persona hubiese hecho. Eso, no lo puedo saber, ni creo que lo sepa, ni tampoco quiero saberlo. De todos modos, jamás me he caracterizado por copiar modelos de conducta o compararme con nadie. Lo que sí tenía claro era lo que yo quería. Lo que más quería en este injusto mundo. El mayor de mis deseos era saber dónde estaba Anika y qué había sido de ella. Aunque, finalmente, tuviese que aceptar que no podíamos estar juntos o su rechazo radical. Pero, mi pretensión última, a modo de oportuna arma resiliente que pudiera servirme de consuelo, era tener la confirmación de que se encontraba bien. Mi anhelo fundamental se correspondía con la ilusión material de que pudiera ser capaz de rehacer su vida, aunque fuese con otro hombre o se integrara en un entorno saludable y positivo. Por eso, empecé a buscarla sin escatimar medios. De ningún tipo. Ciertamente, también podía costeármelos si era necesario. Y así lo hice.

Me personé en el juzgado; en el hospital donde la habían estado atendiendo; pregunté en la Tesorería Territorial de la Seguridad Social, por si se guardara algún documento que acreditase la vida laboral; en el registro de la propiedad, por si había adquirido alguna casa o bien inmueble; incluso, acudí con toda mi sangre fría al registro civil, por si me podían confirmar o no la existencia de un parte de defunción a su nombre o algún seguro de vida que designara como beneficiarias a terceras personas, lo cual, permitiría abrir nuevas líneas de investigación. Asistí, con el alma tocada por la más desalentadora de las penas, a la absoluta y completa invisibilidad de su presencia. No había ni rastro de ella. A medida que pasaba el tiempo, me aferraba a un clavo ardiendo y lo que procuré fue no cerrar ninguna puerta a la vía de la especulación, valiéndome de datos significativos que, determinado testigo o confidente anónimo, me pudieran facilitar. Muchas personas, con su mejor voluntad, me cedieron datos variopintos, sin concreción de fechas, direcciones y nombres. Otra de las pistas fallidas que seguí, estuvo basada en un comentario extraoficial y no fundamentado. Tuvo que ver con un supuesto tratamiento psicológico que, al parecer, había estado siguiendo la muchacha mientras estuvo viviendo en una casa de acogida temporal para mujeres maltratadas. Entonces, decidí acudir, de manera tutelada y también bajo mi libre albedrío, a ONG's, organismos de integración social, de asistencia para personas en riesgo de exclusión, visité psicólogos, centros especializados en terapias psicológicas, residencias de salud mental públicas y privadas de todo Madrid, presentándome como un amigo suyo muy cercano. Todo ese trabajo dió como fruto deficientes resultados. Desde la rama sanitaria, lo que solían decirme era que, para garantizar el cumplimiento del código deontológico  y por respeto a la intimidad y a la seguridad, no se podía revelar información confidencial a una persona que no fuera un familiar o cónyuge. Aunque, la respuesta mayoritaria, era que no aparecía el nombre de Anika Popescu en la base de datos informática.  

Como reacción natural, forcé la reproducción de aquel temor con el que ya había lidiado meses, años atrás: consideré que Anika no estaba viviendo en España. Por descontado, lo más terrible fue tener que incluir en mis pensamientos la posibilidad de una muerte violenta y una posterior ocultación del cuerpo. Y, aun en esas condiciones extremas, para mí, toda esta historia, continuaba siendo un verdadero misterio. Escapaba a mi sentido de la lógica. Me preguntaba, una y otra vez, por qué no había encontrado datos oficiales acerca de su paradero. Si realmente hubiese muerto, existiría constancia de esa fatalidad. No sé cómo pude reunir fuerzas para ello, pero decidí acudir a la misma morgue de Madrid, en la calle de la Espada, para ver si su cuerpo se conservaba en ese lugar. Me quedé un tanto aliviado aunque, no del todo, pues no reconocí a nadie con sus mismos o parecidos rasgos físicos, pero subyace un problema manifiesto que es importante resaltar. Y es que me aseguraron desde la Asociación SOS Desaparecidos, que en la morgue hay entre 4.000 y 5.000 cuerpos sin identificar. Teniendo en cuenta que, en España, la cifra de desaparecidos oscilaba entre las 12.000 y las 14.000 personas, solo en el año 2012, esta asociación, lo que pide insistentemente, es que se efectúen pruebas de ADN y que se comparen con sus bases de datos.


El hecho de poder rematar la faena, siendo lo más consecuente posible conmigo mismo y con mis inalterables deseos de resolver la situación, me llenaba de satisfacción y otorgaba sentido a mi vida. He de reconocer, siendo franco y sincero que, aparte de querer con todas mis fuerzas a Anika, también me sentía culpable. Pero, en lo más hondo de mi corazón y de mi conciencia, pretendía alcanzar el summum de la honorabilidad. Creo, a estas alturas, que lo que en realidad calmaba mi ansiedad y mi culpa, conformaba, por partida doble, un lavado de cara frente a mí mismo. Consideré que lo que ensalzaba estoicamente mis buenos principios y alimentaba la calidad de mi ser, estaba intrínsecamente ligado a mostrarme lo más honroso posible como ser humano, realizando, al mismo tiempo, una contribución cualitativamente valiosa en el esclarecimiento de este puzle perverso, lo cual, constituía el colofón final a esta dilatada investigación, intensa, llena de controversia y obstáculos. Así que, ni corto ni perezoso, contraté los servicios de un detective privado.


Una vez superado el mal trago, de tener que soportar el lastre que se arrastra desde la justicia partidista y la impunidad que ésta enarbola como bandera, dilapidando las esperanzas de los más débiles, me propuse hacer el último esfuerzo. 


Ya se había fallado la sentencia condenatoria. Dorel Albescu, fue absuelto de todos sus cargos por falta de pruebas determinantes. Solamente se le aplicó una sanción económica por no cumplir con lo estipulado por la ley en materia de contratación laboral, respecto de las condiciones y cláusulas legales, salariales, de riesgos y de salubridad y por no acatar las ordenanzas cívicas municipales que regulan la actividad en la calle para el sector de la prostitución.


Muy decididamente, me dirigí a una agencia de detectives de confianza, por recomendación de mi buen amigo y colaborador Alberto, el dueño del restaurante donde acudí a cenar con Anika el día que logramos burlar el control del chulo de marras -ya no me apetecía siquiera mentar su nombre, aunque lo hiciese a través del pensamiento-. 


Desde un principio, me asesoraron abiertamente, respondiendo a todas mis preguntas e infundiéndome sólidas esperanzas. Claro que era posible, según estos profesionales, localizar a una persona en el extranjero. La idea que tenía constantemente en mi cabeza, era la de que la muchacha pudiera estar, previsiblemente, viviendo de nuevo en Rumanía. La cuestión clave a valorar, la más importante, eran las posibilidades. Y debían de evaluarse, como directriz básica, a partir de los datos de origen y el tiempo transcurrido desde la pérdida de contacto. El problema, era disponer de datos suficientes acerca de Anika. Cuantos más se tuviesen, más se facilitaba la labor de localizarla en un entorno físico y en un tiempo lo más reciente posible. Cuando les referí el caso y aporté documentos que justificaban mi intermediación, comprendieron que existía, por mi parte, un interés legítimo en solicitar la investigación. Existía un motivo de peso, legal, jurídico también. Esa justificación, supuso una baza que hizo que me ganara la atención y el reconocimiento a mi persistente interés. Así que, se inició el proceso, por el cual, el objetivo primordial era obtener datos de una persona mayor de edad, en este caso, de mi Anika.

Siempre es más fácil la obtención de aquellos datos que nos puedan aportar instituciones y organismos de los países pertenecientes al primer mundo, si es que la persona investigada, viviese en el entorno de un país altamente desarrollado. Respecto a los países del segundo y tercer mundo, las fuentes de conocimiento suelen ser más limitadas. Y, de todos modos, para cualquier persona que acceda a la frontera de un país, siempre queda un registro de entrada, si ésta se ha realizado por una vía legal.


Me facilitaron un detective que convino conmigo, previo pago de una cantidad considerable de dinero en concepto de honorarios, su plena dedicación exclusiva. Un factor a tener en cuenta para medir la facilidad de resolución de un caso es el régimen político existente, o bien, el tipo de geografía del país, por ejemplo. El punto de partida se resituó a partir de su nombre y apellido, Anika Popescu, bastante común, por otra parte, junto con el nombre y apellido de su novio, Ioan Dalca, no menos frecuente. 


Un segundo elemento crucial, lo constituía la búsqueda por el número de su teléfono móvil. Sin embargo, me habían denegado este permiso los estamentos institucionales pertinentes y las autoridades oficiales. Tras mucho insistir, me confirmaron que yo no tenía el derecho legítimo para encargar la búsqueda y aspirar al conocimiento de esta información, debido a la ley orgánica de protección de datos. Muy al contrario, este detective a mi cargo, aceptó investigarlo, si bien, ya me advirtió que lo iba a hacer ilegalmente, porque había solicitado nuevamente una autorización judicial por parte de los organismos competentes y éstos se la habían negado también. Sin ese permiso, dicha práctica en España era ilícita y constitutiva de delito. Un agravante más para mi espíritu atormentado. Sin embargo, el detective privado, ponía como condición un incremento en la remuneración de sus servicios. Acepté, finalmente, aunque a regañadientes.

El detective, averiguó que ese teléfono era de una compañía que operaba también en Rumanía. Sin embargo, el nombre del titular del contrato no se correspondía con el de Anika Popescu. Cauce desestimado. 


Habiendo intentado la misma predisposición legal para obtener permiso, por parte de las autoridades oficiales, en cuanto a recabar la información pertinente acerca de cualquier tipo de documento público que aportara datos personales a partir de la investigación de su nombre en las instituciones del Estado, el detective averiguó que tampoco podría resolverlo a través de instrumentos legales. Con lo cual, investigó por cauces no legales, teniéndole que asignar una aportación económica por sus servicios, superior a la que convinimos por segunda vez. A mí me dolió que esta persona recurriese a estos chanchullos para sacarme la pasta, sin embargo, tenía tantas ganas de averiguar dónde estaba Anika que siempre terminaba por dar el visto bueno. Poco después, averiguó que existían unas cuantas personas con idéntico nombre y apellido. 


Tras una criba por eliminación, el detective logró aislar la identidad de diez mujeres con un nombre y un apellido similares que vivían en Bucarest, la capital. 


Rastreando las redes sociales, no dió con la identidad de Anika. Probó con la opción de los motores de búsqueda de personas, sin resultado efectivo. Por supuesto, cada vez, me enfadaba más, hasta que alcancé un punto álgido; llegué a exasperarme tanto que opté por la vía del ataque. Le recriminé que estaba perdiendo el tiempo a propósito y sacándome el dinero, porque, lo cierto, es que este último mecanismo podría haberlo aplicado yo, perfectamente, sin necesidad de demandar sus fraudulentos servicios. Después de amenazarle con no pagarle las siguientes cuotas, parece que empezó a tomárselo un poco más en serio. Aunque, me contestó cortésmente y con cierta flema británica, -quién lo diría, pues era de Alcobendas-, que en su gabinete disponían de toda una red cibernética y medios tecnológicos que a él le permitían hacer rastreos múltiples y en paralelo, ganando mucho tiempo;  y que esos equipos no estaban al alcance de cualquiera. Me callé por educación, no sin antes, advertirle que mi paciencia tenía un límite, ajustado al sentido común de la capital y no de cualquier pueblerino, aunque se tratase de un madrileño con carrera. La cosa no llegó a más, porque supongo que consideró que, a lo hecho pecho, y había que trabajar y seguir cobrando a mindundis como yo. Supongo que fue esa la razón por la que no se lo tomó a mal.


Curiosamente y, por paradójico que pudiese parecer, recurriendo a un método tan ordinario como era revisar el nombre de Anika Popescu en el equivalente a las páginas amarillas y a las blancas, este profesional de la investigación leguleya, consiguió averiguar que, solo una persona con ese mismo nombre, estaba dada de alta en uno de los listines telefónicos, al uso, en aquel país. Por su parte, el investigador, disponía de un software que le permitía acceder a los grandes directorios de todos los directorios posibles del mundo en un tiempo record, lo que posibilitaba realizar una criba directa por nombre y apellido. 


Solamente en Rumanía, se encontraba el nombre de Anika Popescu, en concreto, en Bucarest. Esta fuente parecía más precisa, por filtración de datos no repetitivos. No como había ocurrido con las redes sociales y las webs de localización de personas, donde no podía saberse la identidad real, puesto que casi todos los perfiles eran falsos o carecían de foto; tres, en concreto. Se tomó como base el número del N.I.E que había conseguido proporcionar, -recurriéndose a no se sabe muy bien qué métodos de persuasión-,  el ejercicio práctico de un funcionario administrativo que trabajaba en el juzgado de lo penal de Madrid, donde se había llevado el proceso judicial del caso de Dorel Albescu. Así fue, cómo este administrativo en cuestión, pudo acceder a la desclasificación de un documento anexo. Gracias a esta clave, el detective, logró averiguar otros datos personales, como la residencia de Anika. Circunstancia nodular que también nos confirmó que Anika Popescu era un caso extremadamente confidencial, lo cual, corroboraba que sí existió un interés objetivo, orquestado y planificado por las altas instancias, con el fin de que desapareciese toda constancia pública u oficial, de su inclusión en la investigación. Sin embargo, era un hecho real el registro de sus datos personales en los expedientes judiciales. Como mínimo, aparecía su número de identificación y su nombre y apellido.


Lo más sorprendente de esta experiencia, revela un hecho que parece incuestionable y, es que, casi con toda seguridad, Anika Popescu se había cambiado el nombre. O quizá, sería más acertado decir que se lo habían cambiado. La identidad asociada a su N.I.E, en la actualidad, era otra. Por lo demás, era muy improbable que la chica me hubiese mentido al referir su historia personal el día de nuestra huida en coche. 


Anika Popescu, se llamaba ahora Nicoleta Serban. Quedé impresionado en cuanto lo supe. Un sentimiento de incredulidad e irrealidad se apoderó de mí. Parecía estar soñando. Si no fuera porque intentaba, en todo momento, mantener los pies en el suelo, podría haberme atrevido a certificar esa sensación como connatural. La vida es un sueño, y los sueños, sueños son, como diría el gran Calderón de la Barca, a través del depauperado Segismundo.

Así, pude conocer su dirección actual. Vivía en el barrio Lipscani, en la calle del mismo nombre, en el corazón de la ciudad medieval. Una vez sabido quién era y donde residía, fue muy fácil averiguar su teléfono privado. Ese hecho fortuito, podía llevarnos a conocer su vida en el presente.


En cuanto tuve plena conciencia de lo que debía de hacer, me dispuse a realizar esa llamada internacional. Aquella mañana, me encontraba sumamente nervioso, me temblaban estrepitosamente las manos, sudaba por todos los poros de la piel, casi no podía hablar. Mi tendencia natural al tartamudeo, se acentuó sobremanera. Pero, apelando con todas mis fuerzas al valor que siempre había mostrado, marqué el número y esperé un tono... dos tonos... tres tonos... cuatro tonos... cinco tonos... seis tonos... y, finalmente, alguien descolgó.


-Alo...


-Ho... ho... ho... la... ¿Nicoleta? ¿Nico... Nicoleta Serban?


-Cum raspunzi cine este? (Quién es?)


-Soy... so... soy Tomás. Tomás Fernández. ¿Te... te acuerdas de mí? 


-Nu te cunosc deloc! (No te conozco de nada)


-Yo te solía llamar Anika. 


-Nu este adevarat! (No es verdad)


-Hábla... me en español, Anika, para que te entienda... Soy... soy... yo...yo... tu amigo. Yo te salvé de Dorel, ¡Anika! 

Le insistí en un tono firme.

-¡Dejar mi! ¡Dejar mí! Eu no ser ningún Anika ¡Dejar mi! 

La mujer parecía muy excitada, lo que me incitó a sentir vergüenza y a cuestionarme si realmente estaba hablando con Anika o con otra persona, a preguntarme si, con toda probabilidad, nos habíamos equivocado. Pero proseguí con mi intento por hacerme comprender.

-¡Anika, espera...! Debes saber que te quiero... Te quiero, Anika... Dime que me quie.... res... Oh, vaya, no... no me cuelgues, amor... ¡Vaya!


La noches, son siempre frías y desangeladas. No siento apenas mi cuerpo, noto como una especie de sacudida cada vez que tengo enfrente a un ángel. Intento autoconvencerme de que es inocente, de que el muro que existe entre sus vivencias y las de una mujer normal y corriente es franqueable y querrá que la salve también. 


Como un ciudadano más, responsable, cabal, educado y visceral, me lo tomo con filosofía y procuro no interponerme demasiado entre sus sentimientos y sus necesidades. Lo importante debe ser, en todo momento, que entiendan que pueden salir del hoyo. Que no están solas. Aunque lo parezca. Aunque los agentes sociales, el gobierno, la policía, la gente de la calle, su familia, todo el mundo, incluso, puedan colocarles una pared de cristal, observarlas desde lejos y controlar todos sus movimientos, al mismo tiempo, que les lanzan flechas y dardos envenenados llenos de lasciva incomprensión. Aunque les cierren las puertas a la reinserción social. Aunque no les den trabajo después, les digo, poniendo el dedo en la llaga, que todo depende de lo que hagan y de lo que piensen, de sí mismas, cuando actúen. Y les aconsejo que no se acobarden. Y, muy a pesar de mis esfuerzos prácticos, la mayoría me responden, como primera reacción, que me vaya a la mierda; cada una, con su propio estilo. En casi todos los casos, por efecto de las drogas o del castigo físico y moral. Pero, he de decir, que no me intimidan, ni me asustan, los modales poco refinados. Procuro, además, buscar en sus ojos, en sus facciones, en sus gestos y actitudes, algún atisbo, alguna señal, un reflejo, alguna percepción visual, odorífera, táctil, gestual, que me recuerde a ella, a la mujer de mi vida. 


Por eso, cuando insisten en que tienen que cumplir con su chulo de turno, responder del pago, de la profesionalidad de un buen servicio porque, si no, él, las pegará o les rajará la cara, no dudo en mostrarme comprensivo, en trabajar exhaustivamente para lograr convencerlas de que soy su salvador y que tengo coche. Que el vehiculo nos está esperando a la vuelta de la esquina. Solo unas pocas, se deciden a hablar y a cobrarme después, como si lo hubiésemos hecho. Muchas de estas criaturas, apenas hablan. Alguna que otra, intenta que me desnude y me coloque en situación; son excepciones, lo asevero. Porque todas sufren. Aunque no lo demuestren. Lo sé. Y, en pocas ocasiones, aceptan de buen grado subir a mi Seat Ibiza blanco para cambiar de vida. Casi nunca se ponen de acuerdo conmigo y permiten que mi dinero les sea de utilidad, a cambio de dejar las drogas y acudir a la policía, para que las ingresen en un piso tutelado, se puedan comprar ropa y busquen trabajo o puedan dar de comer a sus hijos pequeños desnutridos, preparándose para una nueva vida de reeducación, adaptativa. 


Gema, no entendió jamás mis debilidades. Creo que, nunca fue consciente de las mismas, hasta que no tuvo conocimiento de mi detención. Tras estar retenido 48 horas y pasar a disposición judicial, para que el juez determinara mi grado de responsabilidad directa o indirecta en los hechos, por fin, me soltaron; aunque, ella, ya había hecho las maletas. Luego, el requerimiento del juez solo se materializó en la obligación jurídica de participar en el juicio como testigo protegido. Pero ya no importó. La relación había terminado. Todavía tendría que soportar otro juicio más, el de divorcio. No fue necesario, no obstante, ningún decreto judicial, fue un divorcio de mútuo acuerdo. Cambió la ley y no hizo falta la intervención de un juez. Solamente tuvimos que acudir al notario para ratificar nuestra nueva situación ante el secretario judicial, puesto que no teníamos hijos pequeños. Ni siquiera teníamos hijos. 


Y, fue entonces, cuando me dí cuenta de mi nueva misión en la vida, que compagino con mi trabajo de siempre. El hecho de poder salvar vidas en las figuras denostadas y marginadas de aquellas mujeres explotadas sexualmente, a las que no les espera un futuro digno, es como una reparación. Este grandioso honor, que tiene un significado etéreo y divino, expande la gasolina que incendia la pradera de mis impulsos existenciales. No solo eso. Puedo dirimir mi actitud conciliadora, para con ellas, en la medida en la que también extiendo el amor universal hacia toda mujer. 


¿Sabes qué, Anika, cariño? Tú sigues siendo, ahora, mi razón de ser. ¿Nace el héroe o se hace? Me lo pregunto esos días, en los que todavía experimento ramalazos de incertidumbre y dudo. Pero, siempre termino respondiéndome a mí mismo, como contraposición: ante todo, el héroe se crece, aumenta su poder y se proyecta en todos los ángeles de la madre naturaleza. La madre Tierra es femenina, es la esencia que perdurará siempre en mi visión del mundo y del alma maternal que contemplo en los ojos, en el corazón y en la virtud de cada madre carnal, hermana, hija, niña pequeña, adolescente, anciana, en todas y cada una de las ramas genealógicas que ha parido el vientre de una diosa-mujer. Anika, estoy salvándote en cada momento dispar de la vida de una mujer creadora de semillas. Siempre te recordaré. Fuiste una trama compleja. Eres un recuerdo imborrable. 


Eurythmics - Sweet Dreams 
(Are Made Of This)
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Las personas no siempre encontramos la dicha en aquello que hacemos, margen de maniobra en la toma de decisiones y una fácil consecución de resultados favorables que nos reporten seguridad, bienestar y tranquilidad de pensamiento. En nuestro día a día nos influyen indefectiblemente rutinas internas y externas que contradicen nuestros deseos y anhelos. Lo ideal sería enmarcar las experiencias de vida en torno a un delimitado equilibrio, pero para ello nos vemos obligados a trabajar emocionalmente y desempeñar un esfuerzo sobrevenido, adicional, y no siempre lo tenemos a nuestra mano. Porque lo primero que debemos de aprender para ser autónomos es a ser autosuficientes cubriendo las necesidades básicas y materiales. ¿Y qué ocurre si és…

EL PODER DEL LOBO SOLITARIO. LA SOLEDAD BUSCADA.

El término "lobo solitario" es un binomio de dos palabras que al unirse forman un concepto abstracto que merece cierta consideración. También denota una acepción popular dentro de un contexto sociológico concreto.  Definir qué son exactamente los lobos solitarios utilizando una terminología rigurosa parece de entrada sencillo, aunque cabe precisar ciertos criterios para establecer su verdadero sentido. Lo primero que nos puede venir a la cabeza como personificación representativa es que se describe a un grupo de personas con características y rasgos singulares cuya connotación aparece claramente demarcada por el propio concepto que lo define, esto es, personas que viajan en el sempiterno camino experiencial de la vida con un criterio unívoco y con una determinada orientación independiente, con su soledad a cuestas y que luchan sagazmente por situarse en equilibrio bajo un mundo globalizado y socialmente adaptado para la interacción colectiva. Por tanto, no se puede eludir que…