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LA VENDEDORA DE COSMÉTICOS



Angelines se esforzaba por encontrar actividades con las que llenar el ocio vacío y las largas noches de soledad, deseando tener encuentros casuales que nunca tenían lugar y que seguía esperando pacientemente. Tiempo atrás, en una de sus frecuentes incursiones en el buscador de google, por casualidad, se había topado con un formulario al que acompañaba un mensaje que interceptó con interés. Lo leyó animada, asumiendo desde el primer momento una interacción bastante amistosa: 

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Sin dudarlo ni un segundo terminó de recabar toda la información que pudo a través de la página Web y con el visto bueno que le dictaban su conciencia y voluntad, rellenó todos los datos.

Desde ese momento su vida dió un giro inesperado, al menos, en lo que concernía a su nueva actividad laboral, que consiguió compaginar con su rutinario y duro trabajo como limpiadora por horas, el de toda la vida. Por lo demás, las circunstancias iban transcurriendo de la manera habitual. Tenía 51 años. Con su soltería a cuestas, era una mujer tímida y apocada que poseía un carácter demasiado flemático para su gusto, sin mayores expectativas que sus dos trabajos y un sistema de vida casero, de escaso glamour. No se podía permitir grandes lujos, vivía modestamente aunque se había garantizado, eso sí, la conexión a internet para no perder una perspectiva adicional de actualidad alejada del mundo inmediato en el que se encontraba atrapada como un pajarillo enjaulado. Era necesario conocer lo que ocurría más allá del telediario, de los programas del corazón y del periódico 20Minutos que con una amplia sonrisa le regalaba ese pimpollo moreno de ojos negros que se situaba todas las mañanas en la esquina de la panadería con su casa.

Ese martes debía acudir al piso de la señora Gloria, la del prestigioso bufete de abogados, tocaba limpieza a fondo, incluida plancha, armarios y cristales. Provista de un gran bolso de playa, donde guardaba celosamente los productos cosméticos, caminaba calmadamente, en actitud seria y reservada, como su naturaleza le indicaba. Pero en esta ocasión, algo le hizo detener su atención bruscamente. Se paró en medio de la acera, enfrente de esa vieja casa apuntalada al final de su calle, de la que otra vez parecía proceder una cadena picarona de silbidos. Como en días anteriores, miró hacia la destartalada ventana del piso, sin conseguir ver a nadie asomado. No es extraño que la imaginación nos llegue a jugar malas pasadas. Si la intercalamos con prejuicios que rayan la ignorancia en situaciones desconocidas, logramos montarnos historias fantásticas, alejadas de la sensatez, por lo que Angelines sostenía para sí todos los argumentos necesarios con los que poder creer que tenía un admirador secreto, un tanto descarado. Volvió a pensar en ello y a recrearse con esa posibilidad cuando se cruzó por su lado el andar rápido de la panadera que la saludó diciéndole: 

-¡Holaaa ¡¡ Fíjate qué escandaloso es el loro de Benancio, repite todas las tonterías que le suelta el viejecito!, jajajaja.. .¿A trabajar, no, cariño…?

-¿…Eh? Pues…si.

Con una ligera decepción y un poco avergonzada prosiguió su paso, ahora más deprisa, hasta perderse por entre los recovecos del barrio camino de la parada del autobús.

Estaba visto que hoy parecía el día de los imprevistos desagradables, por mucho que ella se negaba a meterse nunca en líos ni en camisa de once varas. Sin poder desviarse del camino debía pasar junto a un grupo de pandilleros que no gozaban de muy buena reputación en la barriada. Lo sabía y procuró acelerar el paso e ir por el borde de la vía, cerca de los coches, sin acercarse demasiado a la pared donde estaban apoyados. Pero no pudo dejar de llamarles su atención. Su físico de mujer de mediana edad que iba sola, no siendo demasiado guapa y con un cuerpo extremadamente delgado y desgarbado la delataba como una potencial víctima de despropósitos. 

-Eeeeh, tía! ¿Qué llevas en ese bolso?

-No contesta, tronco. Cógeselo, a ver si tiene algo de guita.

-¡Déjame en paz, no me toques, gamberro!.

A pesar de sus gritos y quejas, nadie la oyó porque en ese tramo la calle estaba vacía de gente. Así que tuvo que conformarse con que la soltaran y la dejaran ir. Se fue corriendo sin su bolsa hasta que por fin divisó de lejos la marquesina. Visiblemente nerviosa, con un descosido en la hechura de una de las mangas de la blusa y el peinado descompuesto, se sentó. Afortunadamente, el dinero y el móvil se los había guardado en uno de los bolsillos del pantalón así que solo sufrió el robo de la bolsa de esterilla junto con el material de trabajo. Tenía previsto hacer una visita esa tarde para entregar los productos que le había pedido una posible clienta que se mostró muy interesada. Estando preocupada y pensativa porque era evidente que aquellos desgraciados habían saboteado una parte importante del proceso de venta, no vio que tenía a su lado a un tipo bastante bien parecido, vestido muy elegantemente con una camisa de lino y vaqueros apretados, que dejaban entrever un par de muslos bien proporcionados y un torso atlético y musculado, propio de un deportista.

-Acaba de pasar hace un momento. Yo también lo he perdido por los pelos- dijo de repente esbozando una simpatiquísima sonrisa-.

-¡Oh, no, pues será la primera vez que llegue tarde a mi trabajo…! 

-Ah, vaya. ¿Y en qué trabajas?- Se le había acercado mucho más, casi se podían rozar brazo con brazo, aunque ella no le dio importancia a ese detalle ni a la consecuente invasión de su espacio. Estaba sencillamente deslumbrada por el atractivo de aquel hombre, cuyos ojos intensamente azules la irradiaban con una luz especialmente fluorescente. Mantenía la mirada todo el tiempo, con actitud de sabia inteligencia y perspicacia. Esperaba una respuesta. Angelines, ruborizada, finalmente desvió la mirada y balbuceó: 

-Limp…bueno…soy distribuidora de Consmeticae-. Por un momento su alterado estado de ánimo casi la delató. ¡Había estado a punto de reconocer que “limpiaba casas” ante aquel bello Apolo! ¡Por Diós! Casi había logrado meter la pata, pero se había contenido a tiempo de pronunciar el nombre de ese oficio innombrable.

-¡Entonces eres comercial! ¡Qué interesante…!

-¿Por qué? ¿Tú también lo eres?

-Nooo, no, qué va. Yo he sido toda mi vida deportista. Estaba federado en un club de taekwondo. He sido incluso campeón de España. Después, con la edad y todo eso, ya me fue imposible mantenerme en el máximo nivel y me he dedicado a dar clases a chavales en una academia. Ahora estoy temporalmente apartado de la especialidad. Verás, me han detectado hace poco unos problemas físicos tras una revisión y voy a iniciar el tratamiento.

-¡Cuánto lo siento! Yo…¡si pudiera hacer algo…! –dijo inocentemente. 

-¡Pero si no es el fin del mundo, mujer!- Sostuvo él con firmeza.

Angelines se acababa de dar cuenta de su inapropiado exceso de confianza para con un desconocido y empezó a toquetear el móvil con movimientos aturullados, dando brúscamente por zanjada la conversación.

Pero él persistía: -No me has dicho como te llamas, encanto. Yo soy Gabi.

-¿Quee? Aah!- levantó la cara y sorprendida de ser el reclamo de un chico tan vislumbrante (por lo menos era 10 ó 15 años más joven), respondió: -Perdóname, ¡qué maleducada soy!, yo me llamo Angelines…Ángela, quise decir. ¡Mejor Angela, por favor…!.

-A mí me gusta más Angelines. Te llamaré así, si no te importa- dijo mirándola fijamente, con un resplandor en los ojos que encandilaba y haciéndole un guiño de complicidad.

La mujer, con la seguridad que le daba el tal Gabi y el amor propio restablecido le estuvo contando lo que le había pasado y también anécdotas surgidas con la venta de los pintalabios, perfumes, maquillajes, etc, de la marca que representaba. A fin de cuentas, tenían algo de tiempo para hablar porque la frecuencia de paso del bus era de media hora.

-¡Qué degenerados esos chicos! ¡Y qué rabia! ¿no? Entonces, me dices que lo que llevabas en esa bolsa eran los productos que le ibas a vender a una futura clienta…

-Si, era una muestra del catálogo que le había enseñado la primera vez que fui a su casa.

-¡Qué mala! Entonces no se fiaba…-Expresó Gabi en un tono burlón que desconcertó a Angelines-.

-Bueno, no sé, en la mayoría de los casos suele ocurrir eso. Forma parte del trabajo. Las muestras no son gratuítas, Consmeticae te las vende directamente a ti, me imagino que por ser su distribuidora. 

-Mnnn…una promesa- señaló Gabi frunciendo el ceño. 

-¿Una promesa? ¿Qué quieres decir? No te entiendo…

-Que en definitiva trabajas por una promesa y debes esperar 15 días, tras hacer el pedido, para ver si la técnica de captación de clientes cristaliza, después de que la compradora haya visto un papel y unos dibujos. ¿no es eso lo que me has contado antes? Pero, ¿no crees que al cabo de 15 días, pueden haber cambiado de opinión, o haber adquirido sus ilusionados elementos cosméticos en otra parte, reina? ¿Qué haces entonces? ¿Los devuelves?

-No exactamente. Tu primero vas, les muestras el catálogo, con las ofertas que se marcan y cuando ellas han elegido los productos, que tú apuntas, haces el envío. Eso teniendo en cuenta que debes conseguir un mínimo establecido, claro y te llevas el 15%. Precísamente para evitar devoluciones, lo que estoy haciendo es hacer pedidos urgentes, aunque la política de la empresa me obliga en ese caso a adquirir 30 euros en productos de promoción que tienen que cobrarme necesariamente. 

-O sea, a ver si lo entiendo, aparte de poner tú parte del capital, solo tienes un jocoso margen comercial de un 15%. ¡Qué listos! Así ellos se aseguran de que distribuidoras como tú, paguéis 30 euros en productos más el resto, que podéis vender o no, pero que en caso de venderse garantiza que la mayor parte de los beneficios sean para ellos. ¡Pero perderás dinero así! ¿Enserio puedes vivir de esto?. A mí me parece una estafa piramidal como cualquier otra.

-Angelines enrojeció. No estaba muy convencida de lo que Gabi le estaba remarcando, pero era evidente que había gato encerrado y no se había dado cuenta de ello hasta ahora. Sin embargo, deseosa de desmontar todos los argumentos en contra que le profería su nuevo amigo, todavía le hizo una apreciación desesperada, como quien se aferra a un clavo ardiendo:

-Aun estoy empezando. Solo llevo tres meses. En tan poco tiempo nadie puede ser capaz de construir su propio negocio. ¿No te parece?

-Para empezar no sería tu propio negocio. Serías en todo caso, que es lo que en realidad eres, una distribuidora de Consmeticae.

-Pero cuando contacté con la responsable de Consmeticae en mi zona, me habló de todo y de las maravillas y ventajas que tenía este trabajo. Me aconsejó que debía aprovechar cualquier contacto social para hablarles a mi familia, amigos, conocidos, vecinos e intentar venderles los productos, al menos repartirles las tarjetas. El problema es que dependo solo de los contactos que ellos me facilitan en una lista de direcciones, porque no tengo demasiados conocidos ni familia. La parte buena es que es “la compañía de la mujer para la mujer”.

-¿Ah si? No sé si sabes que el dueño de consmeticae es un hombre. Además, me pregunto que por qué una empresa exclusiva de mujeres tiene que promocionar artículos únicamente de cosmética y belleza. ¿No ves, como yo, la parte sexista de todo este asunto?.

En ese preciso instante llegaba el autobús. Con un gesto raudo y veloz, Gabi sacó su móvil y le pidió el teléfono para grabárselo. Se despidió de ella con dos besos, al tiempo que sagazmente colocaba sus dos manos en la cintura de Angelines, quien no pudo evitar sentir un estremecimiento momentáneo por todo el cuerpo. Le dijo cariñosamente que la llamaría sin falta para quedar y verse en una próxima ocasión. Ella se precipitó hacia el interior del vehículo y sin darle tiempo a girar la cara y dedicarle una última mirada a Gabi, le gritó: -Hasta luego. Él se quedó de pié, observándola. No cogió el autobús.

Transcurrían los días y Angelines seguía sin saber nada de Gabi. Ni una sola llamada, ni siquiera un mensaje por wasap, ni rastro del príncipe misterioso que se había encontrado la semana anterior en una simple parada de autobús y con el que había estado confesándose cual devota sirvienta de un Dios invisible. Pensaba que todo había sido un sueño, una falsa visión, un espejismo, alimentado por un afán cada vez más determinante por salir de su azarosa y aburrida vigilia. 

Recordaba con resignación y no con menos frustración, cómo había sido capaz de quedar en dos ocasiones, en un alarde de valentía inusitada, con dos individuos que había conocido por el chat de una página de contactos que solía frecuentar en aquella época y que finalmente le habían otorgado la callada por respuesta. En dos sendas citas a ciegas y en un intérvalo de dos semanas. Fueron dos embaucadores ladrones de corazones. Les informó de la ropa que llevaría y de su aspecto pero le dieron plantón en el último momento. Al parecer la habían reconocido pululando por los alrededores del sitio de quedada y se lo pensaron mejor, tras una primera toma de contacto visual. Así fue como Angelines la despechada, la ultrajada Angelines, en absoluta humillación, había vuelto a su casa con las manos vacías y la ilusión robada. Y con la firme convicción de que no volvería a dejar que una cosa así le volviera a suceder.

Por eso sentía un enorme arrepentimiento también en esta ocasión. Porque para ella, a estas alturas, ilusión era sinónimo de fracaso. Estaba inmersa en sus eternas cavilaciones cuando escuchó la musiquilla del tono de aviso de llamada de su móvil. Abrió los ojos como platos y se dispuso a mirar rápidamente la pantalla. Era un número desconocido. Descolgó entre enormes palpitaciones:

-¡Siiii?

-Hola mi cielo. Soy Gabi.

-¡Gaaabi! ¡Qué sorpresa!

-¿Cómo sorpresa? Te dije que te llamaría…

-Ya, perooo…bueno, si…¿co como estás?

-Mira, he pensado que mañana sábado podíamos vernos. 

-Pues…me parece bien, es decir…

-¿Conoces el hotel Belusia?

-¿¿Ho hotel??? Si, por supuesto, …es el que está en…

-Mañana a las 9 allí…No te asustes, me hospedo en él, jajajaja. Es que te quiero invitar a cenar. Quedamos en el hall a esa hora. Nos vemos. Chao, hasta mañana, guapa.

-Vale…bien. Hasta… mañana- le dijo para despedirse, con un fino hilo de voz apenas perceptible. Tragó saliva y respiró hondo varias veces. Luego se dejó caer en el sofá, entre la incredulidad y el éxtasis de pensamiento. Con un orden perfectamente establecido y jerarquizado, empezó a hilvanar ante sus ojos secuencias de imágenes impúdicas que se correspondían con una orgía libidinosa, de cuerpos entrelazados entre las dunas de una playa desierta tropical. Hasta que trastocada por la emoción y el cansancio de la jornada se quedó rendida.

El hotel era de tres estrellas, no demasiado deslumbrante, pero no le importó ese detalle. Lo verdaderamente trascendental para el futuro de su escoriada vida, era que tenía enfrente suyo, comiéndose el menú especial y agasajándola con cumplidos y piropos al que con toda probabilidad estaba destinado a ser el amor de su vida. No le importaba que prácticamente fuese un auténtico desconocido, no saber apenas nada de su identidad, de su historia…Le bastaba con que con toda humildad y candor se hubiese dignado a prestarle la atención que nunca antes nadie le había concedido como prebenda. No obstante, debido a su pudor y timidez, continuaba considerándolo un privilegio indigno para su baja persona y su escaso nivel. En realidad, se encontraba poseída por una contradicción irresoluta. Se sentía fea y de poca valía. Pero al mismo tiempo, incapaz de ocultar la alegría y el orgullo que para ella significaba el haber sido la elegida. Sin embargo, las dudas que tenía de sí misma fueron poco a poco disipándose y se fueron transformando en autoestima, mutando hacia la plena autoconfianza, mucho más, a medida que iba pasando el tiempo. Culminada la cena que había durado dos horas, Gabi le hizo una proposición que iba a ser vital para el futuro de Angelines, susurrándosela al oído, suavemente, mientras le acariciaba el cuello: -Quiero hacer el amor contigo-. Ella le miró atónita como si fuera la protagonista de una agradable alucinación y solo pudo asentir con la cabeza.

Sin apenas conciencia del tramo recorrido entre el salón y la habitación, en medio de una nube que se iba inflando por los vapores de un incontenible deseo que secuestraba voluntades incautas, Angelines se encontró inusitadamente tumbada en la cama. Totalmente fuera de sí, se limitó a observar impávida, la visión mágica y ancestral de unos dedos angulosos frotando el interior de una cueva escarpada, que buscaban el intenso contrapunto entre los carnosos bordes montañosos y la erecta flor de su pulpa, allá donde se extiende el grandioso y triangular monte de Venus. Al momento notó cómo una protuberancia nerviosa semejante a la rama de un árbol vigoroso y musculado penetraba por la oquedad oscura y profunda de la montaña. Sintió cómo se agitaba fuertemente dentro de ella, alternando movimientos rápidos y pausados, en perfecta cadencia. Cerró los ojos mientras el volcán en erupción salpicaba de lava la superficie del paisaje abrupto. Después cayó en un fuerte sopor.

Despertó visiblemente mareada, apercibiéndose de que padecía un terrible dolor de cabeza. Había bebido más champán de la cuenta y ahora experimentaba por primera vez la temida resaca. Cuando terminó de espabilarse recordó dónde estaba y también con quién. Entonces, se tranquilizó. Sin embargo, al mirar al otro lado de la cama, observó con extrañeza que no había nadie. Extendió la amplitud de la mirada hacia todo cuando había alrededor suyo, pero solo vió su ropa de mujer tirada en el suelo y que la habitación había quedado un tanto desordenada. Pero sin rastro de Gabi, ni de sus cosas. Comenzó a experimentar angustia y desazón. Aun así, no quería adelantar acontecimientos, pretendía convencerse a la desesperada de que debía haber una explicación justificada y no un abandono. Se movía entre una peligrosa dicotomía, su corazón se preocupaba pensando que quizá le habría ocurrido algo inesperado aunque por otro lado, su cabeza pensante comenzaba a vaticinarle los peores augurios. Cosas por las que ya había pasado con anterioridad cuando le habían dado plantón, por ejemplo. 

Fue en ese momento cuando encontró su bolso encima de la mesita. En unos instantes se le hinchó la vena aorta del susto y de la rabia. Rápidamente lo cogió y…¡cielo santo! Estaba abierto. Metió la mano para rebuscar en su interior pero lo único que encontró es una idea que se le había pasado por la imaginación momentos antes, la certeza del robo. Los ochenta euros que llevaba consigo habían desaparecido, la tarjeta de débito también. Puso toda su atención en buscar alguna prueba de que esa pesadilla no podía estar sucediendo. Pero estaba a cada momento más convencida de que sufría las consecuencias de haber sucumbido a una noche loca y no a un delirio de amor pasional. En contraposición a sus deseos, encontró más pruebas de un desastre mayúsculo. Junto al bolso había una factura. Comprobó cómo los gastos de la cena y de la estancia en el hotel estaban puestos a su nombre. El total del importe ascendía a 300 euros. Horrorizada, al borde del desvanecimiento, se levantó de la cama de un tirón y comenzó a andar traumatizada en un ritual de pasos sin dirección definida. Dio vueltas y más vueltas por el dormitorio, lamentándose de su suerte, llorando desconsoladamente, sin saber qué hacer. Se acercó hasta el mueble bar porque le pareció ver un papel escrito depositado encima. Parecía una nota. Sus manos le temblaban, pero aun así la cogió, sobreponiéndose al dolor y la desesperación. Notablemente alterada, leyó el contenido:

"Hola querida. Como habrás podido apreciar, me he tenido que ausentar. Quiero que sepas que lo he hecho motivado por mis actuales circunstancias. No sabes hasta qué punto la condición de hombre honorable puede degenerar estrepitósamente por causas superiores. Nunca olvides esto, que aunque el hombre tienda al bien, te puedes encontrar perfectamente a un H de P como yo. Por ahí dicen que solo la muerte nos libera del sufrimiento, pero a mí todavía me queda mucho por vivir. Mi contribución a ese sufrimiento ha sido conseguir que paguen justos por pecadores, durante varios años. Y me alegro por ello. Tal es el odio que siento por las mujeres. El mismo que he sentido por tí todo el tiempo que hemos estado juntos. No te molestes en averiguar de dónde vengo y  a dónde me dirijo. No me llamo Gabi y jamás he practicado el espiritual deporte del taekwuondo. ¿No te dijo tu madre que no te fiaras de los desconocidos y mucho menos de los hombres? Pobrecilla mía. Atenta ahora, puesto que te voy a revelar un secreto que va a ser muy doloroso para ti. Enhorabuena, con un poco de suerte te habré contagiado el sida. ¿A que es la bomba? Que pases un buen día".

                                                            El perfume                                 

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