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LA MANSION


Clareaba el día. De inmediato, me acerqué a la ventana entreabierta y respiré el aire purificador de la sierra, a trasluz. Y como en un fondo de óleo, me sentí conmovido por la natural ascensión del sol rumbo a la atmósfera amaneciente, trazada a pinceladas pastel; en esta nueva mañana me era asignado un regalo que desprendía felicidad y el dulce cromatismo de la naturaleza, adornada con tenues tonalidades de ocres y amarillos. La amalgaba de colores quedaba perfectamente mimetizada, dejando tras de sí una estela brillante que se iba difuminando por entre la delgada línea que dibujaba el horizonte y el fresco prado de verde hierba que tenía delante de mis ojos, acotado por las vallas que delimitaban el jardín privado. Así era como yo veía las cosas. De forma sutil, etérea, sublime.

Llegó la hora del desayuno, pero como de costumbre, mi estómago rezumaba inapetencia mientras paseaba por los vastos rincones del salón, repletos de pilares y tabiques del siglo XIX. Habían sido apuntalados con firmeza para acabar lo antes posible la reforma de albañilería. Dos nuevos inquilinos estaban a punto de llegar. Iban a revisar el entramado. Estaba todo meticulosamente planificado. Hacía un mes que se había cerrado la venta con éxito, significativa circunstancia que permitiría seguir afianzando el futuro de la mansión. Todo quedaría dispuesto muy pronto, garantizada la habitabilidad y la entrega de llaves en cuanto hubiesen terminado las obras de rehabilitación. Probablemente, en dos o tres meses a mucho tardar, se instalaría esa pareja definitivamente. Solo me quedaba esperar a que llegasen tales acontecimientos y rezar para que todo saliese bien y conforme a lo convenido. De todos modos, me mantendría al cuidado de la casa, como solía hacer desde hacía muchísimo tiempo. Mis labores de viejo mayordomo me otorgaban el privilegio de ejecutar la vigilancia y el trabajo, ordenando y organizando las tareas, como antaño. Cumplía con esa tradición desde la más temprana juventud. 

A lo largo de la perdurada transición, que iba sumando nuevos propietarios coyunturales, había aprendido a aceptarlos sin rechistar. Pero seguía sin entender por qué llegados a un punto, decidían no cumplir con el propósito inicial de quedarse por un período estable, puesto que el precio de adquisición siempre resultaba ser elevado en medio de la expectación y del anhelo que subsistía  a la hora de conseguir este preciado bien inmueble. Todos y cada uno de los compradores terminaban por abandonar la residencia. Si bien, en un principio, la dicotomía entre quedarse o marcharse se interpretaba como un serio desafío, más tarde, incluso podía llegar a considerarse una cuestión de vida o muerte. Sin embargo, siempre terminaban por dejar a cargo de la inmobiliaria de turno el traspaso de la titularidad domiciliar, fruto de las vacilaciones. 

Por mi parte, jamás les volvía a ver una vez iniciado el proceso de negociación y venta posterior. Solía venir un agente comercial para enseñar la estancia y las vistas de aquel terreno que en su momento fue considerado una hacienda productiva.

Un ejemplo de arquitectura neoclásica lo constituía la fachada de color blanco, revestida de cemento plano carente de ornamentos esculpidos. Las paredes, muros y todos sus aspectos eran mayormente planos en su profundidad, muy especialmente los bajorrelieves. Sus atributos estaban, a menudo, encuadrados en paneles, tabletas o frisos dentro del estilo del Alto Neoclásico. Lo cual contrastaba con la estatua del centro del jardín, que correspondía a la etapa del barroco tardío.

En los tiempos contemporáneos, la estructura interna, así como la decoración, estaban bastante customizadas, aunque habían sido distintas obras a lo largo de los años las que habían quedado paralizadas por falta de compradores. 

Los pomos de la puerta principal de entrada, estaban hechos con bronce fundido. Habían sido cambiados para contrarrestar la oxidación del material anterior, del hierro. Me encantaba tocarlos y abrir y cerrar el portal. Me divertía y me relajaba. 

Nada más traspasar el porche, te encontrabas con un suelo de piedra que acompañaba las pisadas del vestíbulo, diseñado con grandes losetas. El conjunto ornamental de los elementos decorativos de recepción era bastante variopinto. Aún en la actualidad, me estimula sobremanera cambiar los ornamentos de sitio. Recuerdo que uno de los propietarios se crispaba persistentemente conmigo porque solía mudar de lugar el jarrón que había encima de la mesa de una de las paredes laterales. Los estucos de finales del XVIII habían pertenecido a un palacio inglés y los compró el mismo propietario que, en un primer momento, no consiguió averiguar por qué fueron dañándose paulatinamente. Este fenómeno se producía aparentemente por efecto de la intensa humedad y el potente vaho que se instalaban algunas noches de tormenta en el interior de la mansión. También la irrupción de estos elementos carecía de lógica.

El hall tenía unas dimensiones amplísimas, acordes con la casa. De modo extraño, la claraboya del techo, que facilitaba la entrada de luz natural durante el día, quedaba a menudo a oscuras. El sistema de iluminación eléctrico fallaba en los momentos en los que los rayos y truenos amenazaban con hacer disparar los contadores. Como solía ocurrir. Problema que los moradores intentaban resolver utilizando como iluminación los candelabros ornamentales distribuidos alrededor de los salones de estar o colocando por todos lados las velas que se guardaban en la cocina. Conferían un aspecto inquietante y amenazadoramente siniestro a la estancia palaciega. 

He de confesar humildemente que, en lo personal, estos incidentes me importaban más bien poco, por no decir nada en absoluto. Estoy acostumbrado a la oscuridad. Mis pupilas son tan avanzadas como la de los gatos y percibo nítidamente las figuras y siluetas de mis compañeros en cuanto emprenden su marcha ritualística en medio de los recovecos, habitaciones y salas que no son especialmente frecuentadas. El servicio, diligentemente comandado por mí, tiene vía libre para canturrear durante las tareas rutinarias. No interfiere con el trabajo y, desde mi punto de vista, no resulta contraproducente. Es más, suelo recomendárselo a las criadas. Se afanan mucho mejor.

Existe una densa energía dispersada por el dilatado espacio interior. Esto hace que, en ocasiones puntuales, alguna vidriera haya explotado repentinamente y sin previo aviso. No podría imaginarme un mayor rictus de horror que el mostrado por los jóvenes habitantes cuando descansan realizando sus actividades de ocio noctámbulo o duermen plácidamente en sus dormitorios y son sorprendidos por hechos como éste o por los ruidos que sin poder evitar ocasionamos los trabajadores que siempre hemos vivido aquí. 

Por otra parte y lejos de amedrentarnos, -no sería consecuente después de haber experimentado siglos y siglos de andadura eterna dentro del que consideramos nuestro hogar genuino, pues muchos de nosotros pertenecemos a él por nacimiento-, no dudamos en hacer prevalecer nuestro derecho a convivir en armonía desarrollando nuestros particulares modos y costumbres. A pesar de las reacciones de quienes inoportunamente deciden pasar una corta estancia en esta fiel morada. Nos gustaría que la profunda libertad de la que hemos gozado por largo tiempo no fuese nunca coartada y que nuestra alma continuara proyectándose en el infinito a través de una singladura imperecedera.


Kate Bush - Wuthering Heights 



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Este Post Está Escrito Por:

Marisa Doménech Castillo

Soy la autora de este blog y bloguera desde 2014. Y fue un flechazo; casi por casualidad, porque fue trasteando por internet, cuando ví la posibilidad de crearme un sitio para escribir. Ahora, tras mucho trabajo de documentación en marketing digital, a mi nivel, claro, y también de búsqueda de información temática, he decidido iniciar mis pinitos como redactora de contenidos o freelance, como prefiráis, es decir, profesionalmente. Si bien, ya he colaborado con algún blog/web. En realidad soy activista política.BIO @NuevoItaca  E-MailEspero que vuestro paso por aquí sea lo más agradable posible para vosotros/as.
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