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ANALISIS DEL CORTO "LA CABINA"




HAY UN SPOILER CUANDO COMIENZA EL VIDEO, QUE  EXPLICA EN SINTESIS EL SIGNIFICADO DE LA CABINA Y COMO SE RODO.

RECOMIENDO EMPEZAR EL VISIONADO A PARTIR DE 9:23 Y RETROCEDER HASTA SU INICIO DESPUES, PARA DESCUBRIR EL ANALISIS DEL   DIRECTOR Y DEL ACTOR.                                                    


RESEÑA CINEMATOGRAFICA DE
 "LA CABINA"

[TAMBIEN CONTIENE SPOILERS. RECOMIENDO  VER LA PELÍCULA PRIMERO. SU DURACION ES DE 35 MINUTOS]

Título: La Cabina
Título original: La Cabina
Formato cinematográfico: Mediometraje 
Nacionalidad: España
Año: 1972
Duración: 35 minutos
Género: Terror psicológico
Estreno: 13 de diciembre de 1972
Presupuesto: 4.000.000 pesetas
Financiación: Televisión española (TVE)
Distribuidora: Televisión española (TVE)
Productora: Televisión española (TVE)
Dirección: Antonio Mercero
Producción: José Salcedo
Guión: Juan José Plans 
            José Luís Garcí
            Antonio Mercero
Dirección artística: Antonio Sainz
Montaje: Javier Morán
Música: Carl Orff
Fotografía: Federico G. Larraya
Producción: José Salcedo
Protagonistas: José Luís López Vázquez
                        (Hombre de la cabina)                                                           
                       José Miguel Aguado
                       Mariano Banderas
                       Agustín González (Hombre 2ª                                                               cabina)
                       Goyo Lebrero (Jefe de bomberos)
                       Tito García (señor corpulento)
                       Carmen Martínez Sierra (señora                                                                       1ª)
                       Carmen Luján (señora 2ª)
                       María Vico
                       Felipe Martín Puertas (Trabajador                                                                1º)
                       José Montijano (Trabajador 2º)
                       Antonio Moreno (Cristalero)
                       Blaki (guardia)
Emisiones en televisión
-Por vez primera, en la 1 de Televisión española, el 13 de diciembre de 1972. Por segunda vez, también en la Primera de Televisión española, el 24 de noviembre de 1973 y por tercera ocasión, en la misma cadena, el 20 de diciembre de 1992.
-También por la 2, el 27 de abril de 1973, el 28 de octubre de 1996 y el 27 de noviembre de 1998.
Premios
-El Premio Emmy de 1993 al mejor telefilme.
-El Quijote de Oro de la crítica española al mejor director para Antonio Mercero.
-El Premio Nacional de Televisión de 1973.
-El Premio de mejor programa dramático del Canal 47 de Nueva York, de 1973.
-El Premio de la Crítica Internacional del Festival de Montecarlo, 1973.
-Premio Marconi del MIFED de Milán, 1973.
-El Fotogramas de Plata de 1972 al mejor actor de televisión para José Luís López Vázquez.
Algunos escenarios de su rodaje en Madrid
-La Plaza de Arapiles (donde coménzó la filmación)
-Los Scalextric de Atocha, pasos subterráneos, avenidas de reciente construcción, la periferia y los descampados...
-Algunos parajes de Portugal.
-Las instalaciones de la Presa de Aldeadávila.
-La terminal de carga del Aeropuerto de Barajas.

EL TONO Y CIERTOS ASPECTOS TECNICOS
La película está hecha en blanco y negro. En realidad se rodó en color, tomando como base matices y tonalidades rojizas. El color, en España, todavía no se había desarrollado suficientemente. Se vivía una época marcada por el aperturismo iniciado hacía una década, en medio de la precariedad que se dejaba notar fundamentalmente en las zonas rurales. 
La falta de recursos económicos, tecnológicos, sociales, la represión ideológica, los modos y usos costumbristas y la falta de libertad de expresión, constituyen, todos ellos, aspectos coyunturales que todavía tenían influencia y peso específico en el contexto socio-político del Franquismo.
Los tonos grises, el blanco y el negro, la abundancia de marrones y rojizos,  cumplieron un importante papel visual y aspectual. El ADN de esta obra  contiene una gran expresividad conceptual. El color rojo de la cabina aportó agresividad. Se había construido un formato sin apenas diálogos quedando compensado gracias a la gestualidad manifiesta de López Vázquez. De hecho, Antonio Mercero quería que el actor principal fuese un mimo. 
Lo que se bucaba era una metodología acorde, capaz de conectar con los sentimientos encontrados del espectador, desde la que poder demarcar a través de la implícita expresión del rechazo, una situación concreta pero a la vez universal. Se perfiló de manera especial un valiente transfondo de denuncia, motivo por el que la cinta sufrió la acción de la censura, fenómeno que en aquellos tiempos todavía era patente. La crítica social se asimila desde lo subterfugio, a través de los elementos cotidianos, la calle, la gente, el día a día, la rutina...

SINOPSIS Y ANÁLISIS
1.- Los previos.
La Cabina nos muestra la angustia gradual de un hombre supeditado a un destino que le atrapa irremediablemente. El personaje principal, de quien no sabríamos absolutamente nada, de no ser porque se le ve acompañando a su hijo pequeño al autobús escolar, podría ser cualquiera de nosotros. Es un españolito de a pie de aspecto normal, el típico padre de familia. Un tipo no demasiado agraciado que representa a una persona convencional. Viste con traje, cuidando mínimamente su aspecto. En definitiva viene a ser el prototipo del ciudadano medio de los setenta entrado en la cincuentena.

Al comienzo, se aprecia en una vista aérea cómo cuatro operarios bajan de un camión militar de color verde con el propósito de colocar una cabina en el espacio peatonal de una calle cualquiera de Madrid. Justo en medio del parque. La cabina está pintada de un color rojo intenso. Los bloques de edificios de los alrededores, de arquitectura funcional, son grises y apagados. Los trabajadores no parecen operarios al uso. Sus uniformes color marrón, a juego con el vehículo, no pertenecen a ninguna empresa conocida. La cabina se monta allí mismo, instalándose en su interior un teléfono que carece de cable. Lo que más llama la atención es que al marcharse dejan la puerta entreabierta, como si quisieran tender una trampa. 

No son detalles insignificantes. Gracias a ellos se puede establecer una interpretación subjetiva de los hechos que vayan transcurriendo durante toda la primera parte. Nos pueden ayudar bastante a la hora de averiguar si, a priori,  puede haber alguna intencionalidad  en lo que pasa. 

Todo aquello que esté fuera de la normalidad, constituirá un factor a considerar. Cuanto mínimo, que incite a sospecha. Se empieza ya desde el minuto uno a abordar unos pocos detalles que nos van a permitir formarnos una idea de lo que puede ocurrir en un breve lapso de tiempo.

Esa mañana, los colegiales hacen el recorrido habitual para ir a la escuela. El hombre que protagoniza el corto se acerca a la parada con su hijo. El niño debe tener unos once o doce años. Juega con la pelota botándola sobre el suelo. En un momento dado le ha dado una fuerte patada empujando el balón hacia el interior de la cabina, utilizándola a modo de portería. Cuando acude a rescatar el esférico, se percata,  por unos instantes, de que hay un teléfono muy peculiar. Lo observa, lo toca... Finalmente, sale sin ningún problema.

-Anda, hijo, no te entretengas, vas a llegar tarde.

-Es nueva, papá, -comenta el niño en clara alusión a la cabina.

Padre e hijo se despiden dándose un beso. El padre le propina una palmadita en el trasero en señal de cariño. Cuando el niño sube al autobús, ambos se despiden con la mano.

Nuestro protagonista vuelve a pasar junto a la cabina, esta vez solo. No evita darse la vuelta, sino que se queda observándola unos segundos, pensativo. Por fin, decide hacer una llamada. El teléfono no funciona. Frustrado, hace ademán de retirarse aunque, momentos antes, la puerta ya se ha movido lentamente hasta cerrarse a cal y canto. Cuando la intenta abrir es del todo imposible. Tras varios intentos infructuosos comienza a ponerse nervioso. No entiende la situación. Siente un calor sofocante, así que el agobio y la ansiedad juntas no tardan en aparecer.

2.- Irrumpen los personajes coral, la mayoría actúan como meros figurantes. La burla, el sarcasmo y el acoso mediático y visual, son los instrumentos utilizados para sojuzgar.
Hasta allí llegan dos sencillos currantes. Hablan del trabajo, de su jefe y esas cosas. Tras encontrar al hombre dentro de la cabina sin poder salir, intentarán ayudarle. Se dirigen a él empleando un tono muy castizo, la dialectización típica madrileña. Prueban a abrir la puerta una y otra vez, pero fracasan tras cada intento. Como deben volver al trabajo, al cabo de un rato de estar allí, no dudan en dejarle solo a merced de una situación un tanto peligrosa. 

-Hasta luego, que haya suerte -le espeta uno de los dos trabajadores con pasotismo.

La visicisitud con la que se va a encontrar permanentemente el protagonista, mimetizada entre la gente que le observa con pesadez, es una característica idiosincrática que se repetirá a menudo durante todo el metraje. Se trata de incidir en la soledad disociativa del individuo, expuesto a los peligros de la sociedad que le engulle, al sentimiento de desarraigo de un entorno hostil donde, en el fondo, solo existe la certeza de tenerse a uno mismo como ente solidario. Este criterio de verdad es la única garantía posible con la que conseguir aferrarse a la unidad indivisible y a la entereza unívoca con uno mismo, en exclusividad. Y aun así, no es posible mantenerse a salvo del propio terror vivencial que producen los sucesivos acontecimientos. La realidad se circunscribe como aleatoria pero en realidad está reconducida. Los hechos que se suceden son provocados. Se trata de un círculo determinista en donde prima la desesperación y la degradación que afectan al viandante atrapado y que desde un punto de vista filosófico, bebe de la indiferencia y del abandono en el intento de conocerse a sí mismo. 

José Luís López Vázquez, representando su papel, habita en un mundo compuesto por multitud de seres extraños y alienados, gente individualista, mezquina, que se mueve dentro de un contexto histórico concreto, represivo. Bajo este nódulo argumental, los perfiles de los personajes secundarios se materializan sin esfuerzo, llegando a provocar situaciones que alcanzarán tintes dramáticos e influirán negativamente en la psiquis del personaje principal hasta producirse el desenlace. Este sistema de actuación impone criterios alejados de los buenos principios, de modo que aquéllos resultan totalmente antagónicos respecto de la asertividad. Mercero consigue filtrar el sentimiento de negatividad en la mente del espectador como un elemento catalizador de los propios miedos ancestrales y particulares, consustanciales al ser humano. Entremezclados con la absurdidez y con el surrealismo. Al analizarlo a fondo, deducimos que quizá se establece una analogía en relación a los miedos existenciales del hombre primitivo, en la que cada acontecimiento escapa del control de la voluntad particular en un proceso de lucha por la supervivencia. Asimismo, el hombre enjaulado moderno es esclavo de sus propias dudas e indecisiones, porque la deshumanización,  a la que es arrastrado con especial virulencia, inevitablemente le llevará a experimentar el fracaso más absoluto a la hora de encabezar sus propios proyectos. Por ello, en este cortometraje, el desenlace definito implica abrazar inexorablemente la amargura, el dolor, la desesperación y la muerte.

Bajo duras condiciones, nuestro protagonista se va a ver inmerso en constantes retos emocionales, perturbadores y amenazantes. Hasta llegar a alcanzar un destino último y determinista: el existencial viaje desde su vida hasta su muerte. Y en medio, su purgatorio. 

Los problemas emocionales afectan gravemente a la psiquis humana, especialmente en períodos de crisis cíclicas o  durante las épocas en las que la sociedad vive momentos políticos turbulentos y desestabilizadores. Lo que hay que analizar aquí es de qué manera y por qué los personajes han asumido dichos rasgos alienados, ya que les son ajenos por naturaleza desde el momento en que se produjo la evolución de la inteligencia racional. En La Cabina, la realidad queda brutalmente distorsionada y exagerada. 

La dinámica de un grupo, cuando influye de forma macabra sobre un único individuo que reclama la atención constante sin conseguirla, constituye una provocación en toda regla y desemboca en la ofuscación. Denota una sensación de frustración que no será entendible para quienes estemos observando la película entre líneas hasta haber alcanzado los últimos minutos del corto. Sin apenas escuchar diálogos, interpretamos, recurrimos a la intuición y divagamos permanentemente con cada nueva aparición de personajes.

Sin embargo, es necesario esperar a que transcurra gran parte de la película para despejar muchas de las dudas que a uno se le hayan podido ir presentando. El desenlace final determinará el verdadero significado, que para cada uno de nosotros será distinto y personalizado. Tan subjetivo como un patrón hecho a medida pero que, al mismo tiempo, es común a todos, porque todos hemos sido educados en los mismos parámetros de la desigual conciencia colectiva. Dicho desde la perspectiva de analizar y valorar lo peor del ser humano. Aun así, existen variadas interpretaciones del mensaje de la película por parte de los críticos profesionales.

Deseamos la libertad por encima de cualquier otra cuestión trascendental y, paradójicamente, no podemos evitar, en muchas ocasiones, sentirnos indefectible y herméticamente encajonados en una urna de cristal. Trascender los límites de nuestra pequeña parcela es costoso y nos bloquea. Nos consideramos a menudo el ombligo del mundo, sin ser capaces de traspasar la barrera de la decisión unilateral. Hacer algo porque así lo sentimos y lo deseamos parece fácil pero en realidad no lo es. 

Existen tantas determinaciones que nos influyen para bien y para mal que no podemos eludir el temor a equivocarnos. La tendencia generalizada es a permanecer para siempre en nuestra reducida e insignificante zona de confort, dejando pasar la vida y la felicidad. Hasta que llega nuestro final, siendo entonces cuando concluimos que no hemos logrado, pese a los innumerables esfuerzos, escapar de nuestra claustrofóbica cabina de teléfonos. Creo que eso es lo que intenta transmitir en un primer momento Antonio Mercero. Que todos somos conscientes, aunque no queramos reconocerlo, de que vivimos inmersos en el interior de una cabina telefónica, donde el teléfono no funciona y la comunicación se ve interferida por un sinfín de cortocircuitos y malosentendidos, confusiones integradas en un entorno endogámico y una severa falta de entendimiento relacional incluso con los familiares y con los amigos más cercanos. Pero siempre dirigiendo el proceso un ente superior, poderoso, capaz de reconducirnos como a marionetas en la cuerda, muchas veces, sin adquirir conciencia de quién o quiénes son los causantes de nuestros males. A pesar del recuerdo acumulado de nuestras malas experiencias, somos recurrentes y no aprendemos, seguimos estando huérfanos del entendimiento acerca de nosotros, continuamos  ignorando quiénes nos manejan, a los verdaderos culpables de nuestro controvertido destino, pues no siempre somos nosotros la causa. Pueden ser los banqueros con quienes hemos contratado una hipoteca, nuestro jefe, los políticos a quienes hemos votado y de quienes nos sentimos traicionados, nuestro propio cónyuge, una madre castrante...

Mientras tanto, transitamos por la vida en medio de un cúmulo de experiencias contradictorias, viendo el mundo pasar alrededor nuestro, reclamando la atención de los demás, sin obtenerla siempre, o casi nunca, arrastrados por quiénes verdaderamente deciden sobre la inmensa mayoría. Lo mismo que el resto de personas de este mundo se sienten reconocidas en esos "inmensa mayoría", en cuanto chocan con otras respectivas paredes de cristal, semejantes a las que nos paralizan a cada uno.

A partir de ahora, gente variopinta se acercará al señor de la cabina. Le observará minuciosamente, como si fuese un mono enjaulado en un circo.  De hecho, eso mismo es lo que le grita un chavalín mientras se acompaña de sus amigos, "parece un mono". El y otros mocosos ríen y ríen sin parar por creerse que se encuentran delante de una atracción circense.

Es así como, de repente, ha aparecido de forma espontánea ese susodicho grupo de niños maleducados -es extraño que no se encuentren en el colegio como el resto de alumnos a esas horas-. Se amontonan alrededor de la cabina y de su preso, con el objetivo de  reirse de modo desternillante. 

-Eh, ¿qué te ha pasado?, ¿te has quedado encerrado?

Llegan señoras que vienen de hacer la compra. Dos de ellas se ponen a hacer punto sentadas en un banco. Todos los presentes parecen telespectadores viendo un programa de televisión. La apariencia inmediata es la de un Reallity Show muy actual. Los comentarios se transforman en cotilleos y en palabras que escupen sarcarmo y el morbo característico de una peli de humor negro. 

No pueden faltar personajes del absurdo como el del niño que sujeta sobre su cabeza una caja de dulces y un hombre por detrás se los va cogiendo sin que se dé cuenta. La escena genérica raya el surrealismo. La carga emocional va subiendo. La vergüenza del protagonista es notoria. La agresión expresiva alcanza, llegados a este punto,  el grado de acoso.

El espectáculo de ese circo mediático es de tal calibre que las imágenes que se aprecian rezuman extremismo cuando aparece rutilantemente el forzudo. Un forzudo clásico. Este, intentará por todos los medios romper a empujones la cabina. Sus violentos movimientos quedan armónicamente conjuntandos con el cachondeo de los asistentes en cuanto se precipita al suelo todas las veces que se abalanza sobre la enorme caja acristalada.

-Si es tan fácil, ¿por qué no lo intentáis? -reprocha a la multitud que ha conseguido crisparle. Se siente sumamente airado, igual que un jugador frustrado que acaba de perder una apuesta millonaria. Y abandona el barco para poner pies en polvorosa frente a la tormenta de mirones, a quienes recrimina despectivamente. Una secuencia, sin duda, pintoresca. Exenta de toda lógica racional.

La exageración es tan superlativa que hay personas mirando con prismáticos desde los balcones.

Lo intenta liberar un manitas que porta un espejo, manipulando las hendiduras de los bordes de los cristales con el destornillador. La policía no quiere ser menos, por supuesto. Es su obligación, aunque no parecen estar demasiado preocupados por mantener el orden en la vía pública, ni por velar por la integridad del hombre de la cabina. Lo intentan los bomberos golpeando con un martillo, con tan mala fortuna que no son capaces de sacarlo por el techo.

La escena en que los policías le dan la orden de salir por las buenas o por las malas, resulta muy chocante. Por lo pronto, nos hace recordar tristemente las detenciones ilegales perpetradas por la policía secreta entrando en los domicilios y en los centros de trabajo y por los grises durante las manifestaciones, en el último período del régimen. Un paralelismo que, ciertamente, viene muy a cuento.

Cuando los bomberos están a punto de sacarle por el cristal de arriba, antes de dar el primer martillazo, llega el camión del principio del corto, haciendo su entrada escandalosamente, pitando e interrumpiendo en seco el rescate del infortunado.

La narración es representada desdibujando a pinceladas cortantes un panorama paisajístico al estilo expresionista, tras haberse insertado un argumento típicamente kafkiano. La paradoja y la contraparadoja en el lenguaje resulta de lo más familiar. Todos le observan pero nadie parece entender más que lo justo y concreto de su propio discurso esquemático, reduccionista. Por su parte, el discurso del hombre de la cabina es silencioso, no se le oye, no se puede expresar libremente, al igual que en la Dictadura, miles de personas no podían hablar ni tomar decisiones autónomas. Desde ese soliloquio propio, negado y renegado hasta la saciedad, la realidad solo es vista parcialmente. La intencionalidad de quienes intentan ayudar, solo alcanza  a dar una respuesta poco más que voluntarista. Y resulta bastante paradójico que más pronto que tarde, las mismísimas fuerzas del orden y los cuerpos de seguridad del estado operen tan ineficazmente en una labor rutinaria siendo tan inútiles, comportándose igual que esa débil anciana a la que un transeúnte, muy gentilmente, invita a sentarse en un sillón que transporta en ese momento, para que el esfuerzo de cotillear agradablemente, no le resulte agotador a la pobre mujer.

Los mismos cuatro operarios, se bajan del camión llevando entre sus manos dos barras largas de hierro y destornillan la cabina ante la pasividad de todo el mundo, incluso de la policía y de los bomberos. 

El rictus que muestran las caras de los presentes es de embobamiento, de pura flema. De súbito, nadie reacciona, ni pregunta, ni cuestiona nada de lo que está sucediendo en ese preciso instante. Y así, sin más, se llevan al señor de la cabina en volandas, como si se tratase de un recordatorio de aquellos acontecimientos estrambóticos sacados arbitrariamente de una película de Berlanga, como lo que ocurre en una obra del Teatro del Absurdo, como si estuviéramos leyendo un cuento de Kafka, o a Jardiel Poncela, o quizá a Aristófanes cuando hablaba de las nubes que se echan ventosidades en los días de tormenta en crítica al discurso fiolosófico de Sócrates y su mayéutica, tal como suelen describir el universo los falsos locos y lunáticos, dilucidando una  realidad distorsionante y fantástica, igual que lo contaría Jacques Tatí, tal y como lo describiría Gabriel García Márquez o Julio Cortázar, reyes del maravilloso y a veces tan incongruente como irreverrente Realismo Mágico. Lo ejemplifican de forma similar pero sin déficit de metodicidad pragmática porque, en verdad, la escena es muy efectista, se llevan al señor de la cabina en volandas, literalmente en volandas. 

Claro que hay que decir que este elemento definitorio de la realidad comparativa, se redefine por medio de la similitud figurativa respecto de una procesión cualquiera de Semana Santa, en clara alusión al Nacionalcatolicismo falangista del General Franco, a partir  del momento en que un símbolo religioso se desvirtúa de su verdadero sentido y se entremezcla con la práctica singular de un Estado fascista. Para ser un instrumento de manipulación y de control de masas, no para ejercer en lo que realmente es, un símbolo meramente religioso que defiende las creencias unipersonales más respetables y altruistas. 

En esa misma consistencia, firme y rotundamente categórica, radica la crítica que se aplica en la secuencia -el director hace de la represión una descripción abstracta-. Es una imagen connotativa que representa lo más rancio de una sociedad en decadencia, vigilada, controlada, esquilmada. Son los últimos estertores de la barbarie. Mercero lo muestra desde la realidad pero dotándola de un sentido figurado, cambiando la lógica.

Ya se atisban desde lo lejos profundos cambios ideológicos. Las críticas sirven para trazar importantes líneas de demarcación y para transformar situaciones injustas, provocadas por el mismo asedio político y el declive de un Estado represivo que ya no se sostiene. Una infraestructura dictatorial que ha tenido que ser asumida por la gente a golpe de imposición. La culpa debe recaer sobre unas instituciones caducas que han culminado en degeneración social tras cuarenta años del golpe de estado. Parece que ya entonces, con La Cabina, se saldaba una vieja etapa que no tardaría en mostrarnos la llegada de una estrangulada fase de transición democrática, entre comillas.

Como en un paso de Semana Santa, porteado por cuatro cofrades disfrazados de obreros militarizados, nuestro hombre es elevado al cielo del virtuosismo más terrorífico y transportado por todo Madrid encima del camión.

Incógnitas, interrogantes, misterio, pánico, incertidumbre, angustia, desesperación... Podemos sentir todo eso en nosotros también mientras vemos el cortometraje. Nos identificamos con ese pobre hombre y con la situación en sí misma, llegando a pensar, ¿y si esto me hubiese ocurrido a mí? ¿Qué hubiese hecho? ¿Qué se me hubiera pasado por la cabeza en esos críticos momentos?

-Mírale qué pinta tiene -le gritan unos jóvenes desde un coche parado ante un semáforo. 
-¡Oye, telefonea!, claman entre burlas y risas.
Tras lo cual le regalan una bonita despedida gestual con la mano, al tiempo que todos se alejan del espacio físico que habían estado compartiendo.

Considero que hablar del carácter pueblerino o provinciano del español de los setenta es ofrecer una posición reaccionaria, aunque aparentemente pueda parecerlo. Por el contrario, es una evidencia histórica que el pueblo español ha sido siempre valiente, generoso, guerrero y revolucionario. Lo corrobora nuestro legado patriótico nacional desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Tras haber perdido la mayoría de nuestras colonias no hemos renunciado jamás a combatir a nuestro enemigo principal, el invasor extranjero, Napoleón y su séquito de soldados del ejército francés que ocuparon por dos veces nuestras tierras. Después vendrían las intervenciones imperialistas inglesa y norteamericana, a las que también hemos asestado golpes contundentes. 

La interpretación de estos vergonzantes clichés, estereotipos y arquetipos en forma de ataques secundados por determinados sectores, se encuentran en otro terreno. Como método terapéutico, manifestaciones artísticas, literarias y cinematográficas que promuevan y manifiesten la crítica social pueden ser útiles y nos hacen resarcirnos de los errores del pasado, del presente y los que tengan que venir en un futuro.

Los sucesos de La Cabina, pueden tener diversas explicaciones políticas, metafísicas, gnoseológicas, psicológicas, sociológicas, surrealistas, oníricas... Pero lo que resulta evidente es que nos hemos topado de frente y a lo bestia con una parodia de la vida misma, con una exageración exhaltada e hiperbólica de nuestros deseos y anhelos más ancestrales y primitivos. Y luego le podremos otorgar al visionado todas las interpretaciones que creamos convenientes. 

La cura de todos los males, el mejor remedio ante los síntomas de una enfermedad secular, individual, sectorial o sencillamente alegórica, está contenida en lo valioso que resulta recurrir a la sátira, a reírse de uno mismo por necesidad, aunque sea con ese punto de basta amargura que confieren el arte y las manifestaciones populares, muchas de ellas adscritas a las corrientes vanguardistas. La parodia, el arte burlesco, la imitación, la chanza, el chiste, el folklore caricaturesco de raigambre regional... Todo lo autóctono bienvenido sea. Pudiendo pasar miedo o desconcierto, claro está. Sin embargo, eso es lo de menos. Lo importante es ser conscientes de quiénes somos en cualquier contexto y lugar.

Una buena purga de los males tiene como base la crítica social. Pero según explica el mismo autor, Mercero, "quería encaminarme más por el cine de terror o de ciencia ficción", antes que por otros planteamientos. 

Quede constancia de que al escribir un libro o rodar una película, el interés del creador no tiene por qué quedar sesgado o dirigir su intención hacia un único aspecto de la trama. El marco de las obras suele ser más bien multidisciplinar. Mercero también llegaría a afirmar que la película la definía como "una parábola abierta a todo tipo de interpretaciones, y según la sensibilidad, cultura y formación de cada uno, se interpretará de forma distinta".

3.- Segunda parte: Una extraña road movie por las calles de Madrid enlaza con el impactante cierre final del argumento.
Nos adentramos en la parte del nudo y del desenlace final. Se inicia un trasiego en camión por las calles de Madrid, por sus alrededores y extrarradios y por una zona subterránea que es una instalación amplia a la que se llega tras atravesar un largo tunel. Una especie de fábrica en la que transcurrirá el devenir futuro de los acontecimientos y la apoteosis, el culmen de la trama.

Técnicamente abundan durante todo el metraje los planos picados y contrapicados. Los primeros consiguen que el espectador contemple al sujeto mirando hacia abajo de la escena pero desde arriba, en un ángulo aproximado de 45º. Con ello, se coloca al observador externo en una posición de superioridad o por el contrario de empatía respecto de quién es enfocado. Se objetiviza visualmente que el protagonista se encuentra en una situación de indefensión, nos podemos identificar con él elevando nuestro grado de empatía o de afecto. En los hechos, se dan todas estas situaciones a la vez, como en un todo, hasta que de forma creciente se alcanza el grado extremo, el de la lástima profunda, cuando el protagonista se reconoce ante sí mismo frente a la muerte cercana y lo demuestra expresando un rictus de horror agónico y de desesperación profunda.
A su vez, se proyectan planos contrapicados, que sirven para todo lo contrario. Sería el caso, por ejemplo, de la escena del helicóptero que escolta al camión en el momento en que se dirigen al tunel para acceder a las profundidades de la montaña y penetrar  en la sala donde hay otros operarios fabricando más cabinas. También se resalta la cara, los gestos y las expresiones faciales a través de primeros planos que decriben a la perfección el reducidísimo entorno claustrofóbico que rodea la figura del hombre de la cabina. 

Todavía no es consciente de su final prefijado e ineludible en la secuencia en la que observa de lejos cómo otro hombre de similares características y aspecto, se introduce en una cabina igual a la suya. Le observa expectante y temoroso, sospecha que puede tratarse de otra víctima como él. La predeterminación funciona, parece ser que arbitraria o selectivamente, porque aquel sujeto sale sin problemas y sigue su camino en libertad. La expresión de frustración evidencia el malestar de no ser respaldado por el infortunio de igual modo. Se pregunta porque a aquel otro hombre no le ha sucedido lo mismo. ¿Sería lógico y natural que él mismo pudiera sentirse reconfortado en base a experimentar una igualitaria respuesta ante la desgracia? En dichos momentos, el deseo de entender qué está sucediendo y una angustia desmedida no tienen por qué ir parejos a la lógica de la razón. Lo que parece sensato en condiciones normales de existencia no lo es en una situación tan radicalmente trágica.

Una vez colocado encima del camión los operarios siguen conduciéndole hasta las afueras de la ciudad. De repente, se paran frente a una iglesia donde se está celebrando un funeral. Otro pequeño paralelismo pero que denota un significado clave, entra en escena. Se trata de otra señal que vaticina un terrible destino esperable. La caja donde permanece el fallecido que está siendo velado también es de cristal transparente, como su propio receptáculo. La conexión es emotivamente dantesca, impactante. Contrasta la tristeza y la intensa pena, la absoluta serenidad respetuosa con la que miran los allegados el cadáver ritualizado en ese entierro, respecto del desprecio burlón con que le han tratado a nuestro hombre en todo momento las personas que parecían estar celebrando divertidas su mala suerte, mientras se cruzaban con él en la calle o formaban corrillos.

Y es entonces, como colofón, cuando se encuentra con su otra alma gemela. Un mismo destino, similar trance. Los conductores se han parado en esta ocasión delante de un camión que transporta a un hombre muy parecido físicamente y que viaja en el interior de una cabina similar a la suya. Los dos se miran e intercambian leves gestos. Intercambian las miradas para preguntarse mútuamente qué está ocurriendo. La incertidumbre penetra maquinalmente dentro de la materia gris de sus cerebros. Al emprender la marcha tras ponerse en verde el semáforo, nuestro personaje empieza a agitarse desesperanzado, hundido, aterrado. Sabe por fin que va a morir sin remisión. Ya conoce qué le deparará el futuro inmediato. Intenta llamar a gritos a sus captores pero únicamente les puede ver de espaldas y ellos no se giran en ningún momento para mirarle. Le ignoran por completo.

Llegan a un vertedero donde se encuentran con unos artistas saltimbanquis que se detienen para verle después de trepar un muro:

-Mirad lo que hay ahí- dicen. 

Una mezcla de inocente indiferencia y curiosidad invade a los trabajadores del circo que impasibles permanecen observándole todo el tiempo, con sus vestimentas y sus caras pintadas. Tranquilidad y rutina es lo que dejan entrever desde los ojos. Desolación, soledad, incomprensión y dolor es lo que emana del rostro del hombre preso.

Más tarde, el encuentro es con un niño que le recuerda a su hijo. En esos instantes, el hombre de la cabina, enmudece entre la nostalgia y el recuerdo. En el tiempo lineal de la acción se produce un flashback que le hace reproducir lo vivido hace unas horas, cuando acompañaba a su hijo al autobús. Se recrea en la escena de la despedida. Pronto la sensación placentera desaparece porque su mente divaga compungida y llena de rabia por entre la imagen de cuándo se cierra la puerta, así como sus intentos desesperados por zafarse de aquella mortaja de cristal.

El zénit de su mortuorio acontecer culmina una vez en el interior del recinto, en el centro nodular de aquello que parece una base de operaciones. Se trabaja en implantar un criminal proyecto atrapa-víctimas. 

Se están construyendo cientos y cientos de cabinas iguales, dispuestas para ser colocadas en varios lugares de la ciudad, no sabemos si de manera aleatoria, respondiendo a un protocolo estudiado, orquestado con premeditación y alevosía y perfectamente planificado desde el Estado, o si por el contrario se trata de un incipiente experimento con humanos bajo las disciplinarias órdenes y la dirección firme del ejército y los militares... 

Efectivamente, ni él, nuestro querido compañero de desventuras y tragedias, el hombre de la cabina, ni nosotros, los lectores, sabemos nada. Nada en absoluto, más allá de unas pocas cosas tangibles que, de todos modos, no parecen estar bajo el cuidado ordenado de una organización que haga las cosas de manera demasiado concienzuda. Porque ni se molestaron en colocar el cable del teléfono y porque no todo el mundo se queda encerrado. 

No se esconden. No parecen temer a las autoridades, ni a  las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado. Más bien, al contrario, todo parece indicar que son precisamente las Fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y las instituciones y aparatos, los organismos que rinden pleitesía y obediencia a esta nueva infraestructura en medio de un secretismo burdo, grotesco, muy mal disimulado.

La cabina es enganchada a una grúa y transportada por el aire hasta colocar a nuestro hombre en una cinta transportadora. Sin dar crédito a lo que ve, observa aterrorizado cómo hay más máquinas que llevan a personas como él. Por su lado pasan cadáveres de muertos recientes y menos recientes (como el tipo que se encontró no hace mucho dentro de otra cabina roja detenida frente a él. Se había suicidado ahorcándose con su propia corbata.). Cadáveres y más cadáveres en un tiempo indefinido, esqueletos, huesos, restos de personas atrapadas, un anticipo del final de parada en el recorrido de su vida. 

De la angustia, se da el salto inmediato a la derrota perentoria. Apoyándose en el cristal va dejándose caer lentamente, deslizando su cuerpo sobre la superficie. El último retazo visible de sí mismo es la mano que mantiene en alto reclamando la libertad.

4.-Repercusión.
Este filme tuvo una repercusión extraordinaria, no solo en España, también dió la vuelta al mundo, algo que no ha conseguido ninguna otra obra televisiva en nuestro país. Fue un éxito sin precedentes, si bien, su emisión no consiguió acaparar la aceptación unánime del público. Por el contrario, lo que provocó fue un revuelo enorme. Cortometraje muy comentado en los hogares españoles, en los centros de trabajo y en la vida social, generándose una enorme expectación, a pesar de ser una obra incomprendida o no demasiado bien entendida. 

Lo que sí logró suscitar claramente entre los ciudadanos fue una oleada de polémica y el terror colectivo a que se cerrase la puerta cuando se llamaba dentro de una cabina telefónica. La tendencia habitual era a no cerrar la puerta de la cabina por miedo a quedarse encerrados, razón por la cual, Telefónica, le pidió a José Luís López Vázquez que colaborara con ellos en el rodaje de varios spots donde tras volver a pasar por la problemática de quedarse encerrado, finalmente lograba salir al exterior. 

En 1998, año en el que La Cabina volvería a emitirse, Retevisión, contrató a López Vázquez, en esta ocasión, para reproducir los mismos hechos saliendo airoso del encierro, con el objetivo de fomentar el clima de opinión necesario para que la opinión pública aceptara la liberalización del sector que se encontraba, por aquel entonces, en manos de Telefónica, todavía un monopolio.




Cartel de La Cabina. En realidad, se corresponde con el anuncio publicitario de un festival internacional de mediometrajes de Valencia con el mismo nombre y que integra cortos que van de los 30 a los 60 minutos de duración. El cartel fue un reclamo utilizado como excusa para difundir el corto de Mercero y publicado en multitud de blogs como si fuese el supuesto cartel oficial de la película. El diseño es de Mireia Pérez.

     Cartel oficial 
Desde mi punto de vista y también el de un sector mayoritario de la crítica, este cortometraje representa una obra maestra.

Una anécdota del rodaje fue la sustitución del cristal de la cabina por plástico transparente que se rompía con mayor dificultad, aminorando así los riesgos de accidente fortuito. Se mantenía abierta una parte de la cabina cuando se rodaba de frontal para que a José Luís López Vázquez le entrara aire. Hacía mucha calor. El rodaje comenzó el 17 de julio de 1972 y se prolongó durante todo el mes de agosto.

La Cabina es un ejemplo genuino y singular del mejor terror psicológico en España.

El propio actor reconoció, por aquel entonces, haber pasado verdadero miedo. Lo cierto es que sufrió en momentos puntuales. Pero a pesar de este handicap, se comportó en todo momento con absoluta profesionalidad y disciplina, aportando constantemente ideas al proyecto.

Al no haberse introducido prácticamente diálogos, esta carencia fue suplida, en parte, por la banda sonora como una de las cuestiones clave. La música de Karl Orff amenizó la escena final utilizando para ello El Triunfo de Afrodita,  pieza que dió un mayor sentido apocalíptico al culmen del cortometraje ayudando a incrementar la sensación de angustia existencial. La tensión siempre se mantiene presente y va in crescendo, factor que estimula los pensamientos y las emociones del inconsciente asociadas con nuestros miedos más ancestrales.

La cinta termina por no revelar nada acerca de los orígenes de la trama. Sin embargo, siempre podemos hacer uso de nuestra imaginación, apoyándonos en el hilo argumental y en los distintos elementos de contenido que ayudan a fundamentar esta brillante historia.

Un homenaje póstumo que se le brindó a este excelente actor, José Luís López Vázquez, tras su muerte, fue colgar en la Web de TVE La Cabina al completo.

¿Qué os ha parecido el cortometraje? 

¿Habíais tenido ocasión de verlo con anterioridad o ésta ha sido la primera vez? 

¿Estaríais de acuerdo en calificar esta cinta como obra maestra? 

Aquí estaré, esperando vuestros comentarios, ya sabéis que me interesa muchísimo vuestra opinión
y yo, por mi parte, estaré encantada de responderos.
Os dejo con música: 

Blondie - Hanging On The Telephone


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