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    MORTUORION, EL ZOMBI BUENO


    Realmente a esta joven excepción de muchacho (al menos joven en apariencia) parecía gustarle el trozo de carne de ternera que le ofrecía esa mujer. En cambio los restos humanos muertos no se los comía con un placer tan morboso e irresistible. Era angustioso ver la necesidad perentoria que tenían estos seres de devorar con verdadero frenesí la carne humana. Lo había comprobado empíricamente hace ya algunos años y era incuestionable que se trataba de una anomalía biológica post-mortem, según la doctora.
    Ella era una científica investigadora, miembro de ese pequeño residuo de supervivientes que habían quedado tras la preliquidación y que con pocos medios trataban de buscar una cura al mal que afectó a la humanidad allá por el 2050, hacía casi tres décadas.

    Sin embargo, sus ojos miraban distinto de los otros. Por fin, un probable indicio de mínima conciencia básica, aunque fuese dominantemente instintiva. Denotaba cierta empatía y simulaba la compasión. No sabría precisar si se trataría solo de un simulacro para ser liberado y aun así ya era un rasgo diferenciador que emulaba a la inteligencia humana normal, de ser verídico y no una mera conjetura. ¿Podían realizar planes colectivos, entenderse entre ellos, maquinar, organizarse, tomar decisiones con una autonomía simple?- solía preguntarse.
    Lo habían capturado los colaboradores cazadores de cepos hacía pocos días. Se colocaron estratégicamente y en un proceso largo de muertes y contagios todo tipo de trampas por los alrededores del centro antiguo residencial, estando ahora mismo y por completo vallado y electrificado, -como en las películas- había pensado más de una vez. Los cepos y los artilugios de caza pasiva habían sido marcados para que los humanos que pudiesen aparecer no cayeran en ellos por un descuido fatal. 

    Apenas recordaba cómo era la vida social, política, cultural, económica, las ideas de la gente que interrelacionaba con las instituciones del Estado, el erotismo, el sexo normal, las diversiones y tradiciones... Aquí llevaban una práctica social autárquica. Pero entre todos los miembros de la organización de supervivientes, se llevaban bien. Más o menos. Entendían que sobrevivir a un ataque mutante y a los acorralamientos colectivos era muchísimo más importante que competir con quién ostentaba el mando y en según qué grados. Y eso, sí que difería de las películas al uso de la década del 2000, en sus inicios hasta la mitad. Tan solo creía recordar algún esbozo solapado de aquello que le contaban sus padres y abuelos hacía casi dos siglos. Ahora, Gracia, como así se llamaba esta experta en biotecnología y genética era una sencilla mujer que acababa de cumplir recientemente los cincuenta años. Vivía y trascendía sin prácticamente recuerdos de su niñez hasta los veinte años, puesto que nadie de su entorno había logrado contactar con ella, vivo o muerto en vida. Nadie en absoluto, ninguna persona con conciencia que la hubiese conocido había podido ir recordándoselos. Y claro, lo que no rememoras acabas por olvidarlo o enterrarlo en lo más recóndito del inconsciente. La incognoscibilidad de lo que es real o no, de la propia situación presente, la sensación extraña de no autorreconocimiento identitario y el déficit memorístico de una vida pasada normalizada también era un factor común a todos sus compañeros que les impedía ser espontáneos. Dada la situación, por un doble motivo, su mente tenía seleccionado el constante y estresante estado de alerta máxima, solo que al cabo de años, tal y como actúa la mente pensante más interna, se logra por adaptatividad y un recondicionamiento de la conducta violento y obligatorio, cambiar el chip y aceptarlo sin remisión. Además, no habían encontrado ningún espejo. Cosa curiosa. No recordaban sus propios rasgos faciales. Cada cual debía describírselos al otro según su percepción subjetiva. Imaginaros. Eso tampoco aparece en ningún film de zombis, ¿verdad? ¿A que no?

    Había muchas incógnitas. Al cerco electromagnético de protección seguían llegando cadáveres en movimiento, cada vez en menor medida, esa era la realidad. Pero entonces, ¿significaría una señal? Debería haber más supervivientes y si los había, algunos de ellos continuaban siendo contagiados, hipotéticamente, aunque solo fuera en la zona en la que se encontraban partiendo de lo que conocían, que era un saber muy acotado. Los residentes no solían excederse en sus incursiones para la búsqueda de proteína animal envasada en algún supermercado del pueblo más cercano o para investigar, más allá de un perímetro fuera de la valla, superior en extensión a 20 kilómetros a la redonda. La ingesta de comida era un problema serio. Una persona murió hace dos meses de hipovitaminosis y escorbuto. Estaba deprimida para colmo. No existían protocolos para tratar tal afección de modo riguroso, con un garante científico ni tenían medicamentos adecuados antidepresivos. Muchos de ellos habían desarrollado a lo largo de meses anemia, sobre todo, férrica. Había época de mayor abundancia de alimentos pero en otras ocasiones, éstos habían llegado a escasear tanto que no habían tenido más remedio que comer de algún compañero fallecido por enfermedad, esto es, de carne humana no contagiada por el virus.

    -Lo llamaré Mortuorion. Parece diferente a los otros. Muchísimo más ajeno. Como si hubiese llegado de un planeta lejano. Ay que ver qué poética y romanticona me pongo siempre con este ejemplar- se dijo con complacencia. Y se quedó más tranquila, porque Mortuorion desgajó de sus labios podridos una mueca que a ella le pareció una sonrisa. Andaba suelto por las estancias porque se había demostrado su naturaleza afable y porque fundamentalmente jamás mordió a los humanos vivos del refugio alambrado, ni hizo atisbo de ningún tipo de ejecución de acto violento. Muy al contrario, apreciaba las caricias, como si fuese un perrito faldero. Se sentaba al lado de los miembros de la hermandad y observaba curioso pero sin llegar a entender nada, por ejemplo, cuando éstos leían libros o escribían, o hablaban entre ellos. Y todo el mundo le tenía especial cariño y respeto. En una ocasión, de sus ojos brotaron lágrimas al escuchar a uno de los supervivientes cantar. Ni qué decir tiene que pudo recibir merecidamente el abrazo de todos los que estaban en la sala desvencijada y sucia, en aquel momento. Y él se dejaba abrazar en lo que pareció una situación donde parecía aflorar una emoción un tanto contenida, por el hecho de no entender lo que hacía, porque arrastraba el lado de la incomprensión acerca de sus propias reacciones. La doctora pensó siempre que eso se correspondió con un reflejo automático, sin embargo, la duda no dejaba de corroerla cada vez que se acordaba de aquel episodio tan diáfano. Le analizó el lagrimal, la córnea, el iris, etc, y comprobó que fisiológicamente eran exactamente igual que el de los otros zombis en estudio que sí estaban en jaulas. Lo más sorprendente es que Gracia entendía por intuición que aquel monstruo parecía conectar a la perfección con las dos naturalezas antagónicas presentes, los zombis asesinos y cruentos y los hombres y mujeres que se habían salvado. Igualmente era capaz de acercarse hasta las celdas y darles la mano, tocarles, mirarles con la misma o simulada compasión cuando la doctora abría las puertas y les dejaba relacionarse. 

    La doctora Gracia estaba convencida de que Mortuorion podía ser un eslabón de la cadena. Un primer paso transicional hacia el avance en la retroactividad del mal. Sabía por sus conclusiones científicas que muchos de los especímenes capturados concentraban dentro de sus cuerpos un alto índice de radiación expuesta previamente en condiciones naturales. Lo que la posterior deducción lógica no aseverada le alcanzó a sospechar de igual modo, fue que no todos procedían del mismo perímetro radial donde se encontraban ellos, incluso podían haber venido de muy lejos andando días, semanas o meses. Y que se podrían abrir dos vías de investigación para esclarecer el origen de la catástrofe. Lo que no sabía era si ésta había tenido un alcance mundial, de carácter apocalíptico. Lo que sí sabía a ciencia cierta por los análisis de laboratorio era la alta concentración de la mayoría de ellos de isótopos de los elementos químicos que emiten radiación más comunes: partículas alfa, beta o rayos gamma, lo que se traduciría en forma de gases del tipo: radio, cesio, uranio, torio, plutonio y radón, que son, a su vez, los elementos químicos más naturales. ¿Y por qué en los maltrechos cuerpos de una minoría de muertos vivientes estos elementos no estaban incluidos? ¿Tendría que ver con la zona geográfica?- se preguntaba. Tal era la incognita a dilucidar que muchas veces se atormentaba con la idea de que ellos no eran los únicos hombres y mujeres vivos.

    ¿Qué podría haber ocurrido hace casi treinta años?
    Como investigadora del funcionamiento del cuerpo humano en su años de estudiante de medicina en la facultad, cuando todavía existía prospección de vida lógica y naturalizada, había estudiado por hobbie un capítulo acerca del tan laureado culturalmente como icono pop de la modernidad, el fenómeno postapocalíptico, y dentro de él la faceta o capítulo al que le habían dedicado algunos científicos aventureros que encuadraron proyectos de conocimiento de la ficción postapocalíptica. Un factor a desglosar fue adentrarse en el concepto de los zombies como máquinas de movimiento perpetuo. Tal que sirviera como desmentido de la fantasia general. Y se extrajeron conclusiones meridianas: por ejemplo, que aun cuando existiera un motivo para la zombificación, el movimiento continuo era imposible porque estas criaturas quedaban sujetas a los límites de la física. Sin aporte de energía que sustente el cerebro en última instancia y también al corazón y el bombeo diastólico y sistólico, pero fundamentalmente la interacción entre sí de las neuronas, no podría existir ninguna resurrección corporal una vez producida la muerte cerebral. Sin el movimiento, no pueden ser autónomas estas criaturas, morirían en todo caso de inanición. Pero, de entrada, no podrían moverse y andar kilometrajes brutales por paisajes rurales y ciudades.
    Si lograran nutrirse, sus capacidades físicas permanecerían altamente deterioradas y serían inferiores a las del ser humano. Lo que estaba claro era que éstos sí podían nutrirse pero su cerebro carecía de absoluta conciencia y físicamente acababan por descomponerse al cabo de unos meses como límite máximo, llevando a cabo movimientos muy lentos, como así sucedía en la realidad respecto a este último aspecto. Así era como este grupo había conseguido sobrevivir y construir la fortificación, no sin sufrir numerosas pérdidas durante el proceso. Algunos de los propios los habían tenido que capturar para que la doctora Gracia los analizara sin que difirieran un átomo de los demás que habían llegado, salvo el hecho de que sus cuerpos no contenían material radiactivo. Lo cual daba pie a inducir que alrededor de la zona extensa en la que se encontraban no había habido ninguna explosión nuclear ni radiactiva. Aparte de eso, tampoco habrían podido soportar las radiaciones de haberlas habido ellos mismos.

    En eso estaba, redactando sus notas, cuando se le acercó Mortuorion y se sentó junto a ella, esta vez, acercó su mejilla y la mantuvo pegada a la de la doctora. Esta, muy sorprendida le dió un beso en los labios (ya habían comprobado que el contagio no devenía del contacto, de los fluidos corporales ni de la sangre, tampoco provenía del aire cercano, exhalaciones, etc) sino solo por las mordeduras, esto es, únicamente los que conservaban algunos dientes y los clavaban en la carne contagiaban a un humano. También se había comprobado que ello sucedía si el cerebro se mantenía imperecedero e incorrupto durante ese momento del percance. ¿Qué ocurría realmente con el cerebro de un muerto no viviente ligado a la viveza de un ser humano normal y qué relación había con la sangre bucal o el pus de la boca o el armazón dental? Se arriesgó a que la mordiera pero no dudó un instante en comprobar su conjetura en vivo y en directo. El zombi bueno no solo no la mordió sino que la abrazo con todas sus fuerzas. Luego, la miró con ese rictus de incredulidad e ignorancia tontuna del que siempre hacía gala.

    Después de prodigarse caricias, bajaron al vestíbulo con los demás. El monstruo bueno y el resto de compañeros tenían por costumbre comer juntos y a las mismas horas. Era una cuestión básica de disciplina y orden, también de salvaguardar la seguridad. Comían las verduras del huerto, las que habían recogido de la última cosecha, que empezaban a escasear. A Mortuorion le habían concedido como premio del buen comportamiento un gigantesco pedazo de costilla de un no viviente que habían sacrificado para que pudiese comer en condiciones. Recordemos que solo comía carne muerta no humana. -Este es como los vampiros buenos que solo beben sangre de animal- señaló el gracioso del equipo. -No seas tan maleducado y pídele disculpas ahora mismo- le soltó en un tono enérgico la doctora Gracia Simón. -Pero si no hace falta, no nos entiende. -Hazlo o te quito tu ración de esta noche. -Está bien, doctora de pacotilla, por cierto, sabes que aun estoy esperando a que me contestes a la propuesta que te hice (acostarse con él, pues estaba harto de masturbarse). Lo dijo con semblante serio y muy educadamente. -Lo siento, yo seguiré igual. -Vale, entonces, cumpliré solo tu propio deseo: -Perdóname Mortuorion, no era mi intención ofenderte con una de mis bromas macabras. 
    Mortuorion le miró compasivamente y giró el labio inferior roído hacia un lado y hacia el otro. 
    -¿Eso quiere decir que me da las gracias porque le he pedido perdón?
    -Puedes considerarlo así- respondió la doctora. Y ahora quiero comunicaros que dispongo de un antídoto todavía no probado en los animales de granja sanos que salvamos cuando salimos de caza con el jepp y las armas que conseguimos de la armería del pueblo. Pero dudo que sea una prueba de verdad y un criterio científico probarlo con animales. No se los comen. ¿Quién quiere ser el siguiente después de mí?
    -Ya estamos con que la abuela fuma. De nuevo con tus prodigiosas teorías de que hay vida mucho más allá del océano atlántico, vamos hombre. ¿Qué pretendes? ¿Que emigremos y que ese potingue sirva de protección? Me niego rotundamente a ser un conejillo de indias -dijo el hombre de antes, que estaba enamorado de la doctora Gracia.
    -Ya estás mirándote tu precioso y rutilante ombligo...-contestó ella enfadada.
    -Nada de eso. Me preocupo por tí.
    -Claro, por mí y mis ideas que nos han llevado hasta aquí, no sea que pierdas un cerebrito privilegiado y un cuerpo de tía buena.
    -No me entiendes... yo... te quiero... -declaró casi imperceptiblemente, aunque todos le oyeron. -No me gustaría quedarme sin novia, si tú... solo si tú quieres...
    Gracia se sonrojo y admitió: -Creí... perdóname... pensé... estaba en la convicción de que solo querías mi cuerpo para desahogarte y ya está. 
    -Pues no, Gracia, no. Afortunadamente, aun no lo hemos olvidado todo y el amor existe. Mientras haya conciencia... ¿lo entiendes ahora?
    -Ayúdadme todos -dijo con enorme contundencia. Debemos comprobar si hay otro lugar mucho más lejano donde se puede vivir mejor, donde el virus o la mutación no ha llegado a afectar a la población en general. O donde se ha logrado restituir el orden anterior, aunque solo fuera parcialmente... Ayudadme...
    Los compañeros, un total de dieciocho comensales, empezaron a debatir al respecto, con sus dimes y diretes, dudas, temores, negativas rotundas, etc. La doctora permanecía callada y Jose también. Ambos se miraban fíjamente a los ojos, como probándose a sí mismos en todo lo que acababan de manifestar.

    Hasta que sonó la alarma. Por primera vez en muchísimo tiempo, diríase que unos 15 años durante los cuales la rutina había sido el leitmotiv.

    Asustados, la mayoría cogieron las armas que tenían a disposición, en el comedor.
    -Vayamos al laboratorio- gritó uno. Allí se encuentra todo el arsenal. La valla está desprotegida y no sabemos cuántos pueden entrar.
    -No, asegurémonos de cuántos son. Nos dirigiremos a la atalaya. Arriba se ve todo muy bien y en perfectas condiciones. Cojamos solo lo necesario. Y las metralletas y los dispositivos de largo alcance. Fundamental.
    -Sube tú, Jose, eres el más rápido. Luego, infórmanos. 
    -De acuerdo, Gracia. 
    Se miraron con dulzura y se despidieron.
    Cuando Jose bajó, su cara era un cromo. El panorama, según relató era dantesco. Había cientos y cientos de ellos atravesando la alambrada pues la habían derribado casi por completo, todo lo que circundaba el edificio.
    La doctora, viendo que no había salvación posible, tomó una determinación drástica.
    -Atención, no tenemos tiempo, intentaré explicarme con brevedad. Si tomamos el licor que he extraído del cerebro de Mortuorion, y si es cierto que toda la humanidad ha perecido, ésta tendrá una segunda posibilidad de enmendar sus errores y de evolucionar. Quedaríamos nosotros convertidos en mortuoriones, por así decirlo, en caso de que algo fallara. Solo lo he podido comprobar en aves y en un perro con el virus de la rabia. Se ha vuelto manso y dócil. Puede que porque es mamífero. Nuestra mascota. 
    -¿Nuestro Scooby Doo?
    -No importa, lo que quiero decir es que es mejor eso que ser uno de ellos al cien por cien. ¿Me entendéis ahora? No os lo dije pero Mortuorion aprende y rápido. Reconoce las letras del alfabeto y cuando le nombro palabras básicas las reconstruye en un puzle. 
    -Se les oye de cerca. Aprisa. Yo me lo tomo- dijo Jose.
    Todos contestaron afirmativamente. Mientras los zombies subían por la escalera de la planta baja al comedor de la primera planta, los dieciocho habían bajado al laboratorio por una puerta anexa. 
    Allí tomaron el antídoto. 
    -Matemos ahora a los enjaulados. 
    -No podemos, el ruido alertaría a toda la troupe que debe estar dentro de cualquiera de las habitaciones. Se escucha barullo y objetos que se rompen. Dios...
    -No te lo había confesado todavía, Jose, pero yo también te quiero. Pase lo que pase.
    -Yo también, Gracia. Pase lo que pase.

    La ventana cedió empujada por varias manos purulentas que hacían presión para entrar al laboratorio. Empezaron a dispararles pero eran muchos; demasiados. Así que ni corta ni perezosa y antes de que consiguieran entrar los primeros engendros, la doctora Gracia ordenó el refugio en las jaulas explicando que ya les había inoculado el antídoto hacía tres días, el efecto sanador en el perro mascota se había producido hacía tan solo dos días, fue un proceso más rápido. Aun así, había que arriesgarse para no ser comidos, tan solo mordidos. Es más, la doctora confiaba en que serían mordidos y se volverían zombies mansos. Y si no les atacaban, muchísimo mejor. Los hierros de las jaulas eran como neveras aislantes y si no hacían ruido no descubrirían a nadie dentro. Se encerraron en diferentes depósitos blindados de notable tamaño donde había al menos repartidos quince y puestos unos al lado de los otros. 

    La doctora Gracia sabía muchas cosas de las que no había informado a nadie. Por ejemplo, que aparte de aprender con exhacerbada aceleración Mortuorion podía vivir años. Logró aislar su cadena de ADN y descubrió que en ese estado llevaba alrededor de veinte años, desde la niñez-pubertad  y que se había desarrollado hormonalmente por sí solo. Es por ello, que todos los infectados que habían entrado al laboratorio habían vuelto al estado natural post-mortem, es decir, a ser verdaderos muertos en escaso tiempo, en semanas.

    Una mañana una patrulla de rescate internacional logró cruzar ese extrarradio puntual de una zona que por sus coordenadas geográficas y su situación entre mares era un tanto dificultosa. Lo hicieron con equipos especiales de salvamento y de defensa, altamente militarizados. Sus integrantes eran todos europeos de diferentes nacionalidades, estando éstas mayoritariamente adscritas a la Europa de la parte Suroeste. Eran plenamente conscientes de que llegar a España y Portugal no había sido tarea fácil, de todos modos. Una vez emprendido el proyecto-misión en varias regiones hispanoportuguesas y francesas y habiendo rescatado a personas, alcanzaron la pequeña aldea cercana a Utiel, donde se encontraba la fortificación. 

    La inspección absoluta duró cerca de dos horas. Y finalmente, se adentraron en el laboratorio, una zona de la residencia bastante escondida ya que era un sótano al que se accedía por dos portones ocultos por estanterías correderas, uno desde una de las paredes de una sala adyacente al laboratorio que servía de dormitorios con literas y otro por el suelo del primer piso comedor cuyo perímetro de acceso daba a una escalera interior de bajada y cuyo suelo quedaba tapado por la otra estantería. A los antiguos inquilinos les había llevado trabajo construir la fortificación y las alambradas con su monumental estructura interna y externa de esa forma, por falta de utillaje sobre todo. Lo habían ido robando del pueblo cercano en sus idas y venidas.

    De los restos de los zombis intrusos quedaba poca cosa. Tan solo algo de piel y huesos.
    Enseguida repararon en unas cerca de quince cajas amplias y grandes tapadas y altamente blindadas por material de metal. Parecía hierro. Las puertas eran pesadas y conformaban un ancho de especial grosor.

    Lo cierto es que los oficiales y soldados no esperaban encontrar a nadie con vida a tenor de lo que habían visto. Afuera quedaban algunos zombies sentados o moviéndose calmadamente. Solo habían tenido que disparar durante el camino estrecho que conducía al recinto antiguamente alambrado y fortificado.

    Cuando abrieron las puertas de las cajas se quedaron perplejos y mudos. No dispararon enseguida porque se dieron cuenta de que había hombres muertos, que no se habian transformado en monstruos infectados por el virus. Cuatro mantenían sus facciones casi humanas pero algo transformadas. Reconocieron a una mujer viva, también transformada levemente. Todos los que estaban vivos junto a zombies que no ofrecían ningún tipo de reacción beligerante ni violenta tenían los brazos levantados en señal de paz. Diez supervivientes, cinco humanos y otros cinco semihumanos en total clamaban para no ser disparados. Los que ya habían sido zombies desde un principio, ahora edulcoradamente corregida su agresividad, se mantenían inmóviles y eran acariciados por el grupo de diez, en una de las neveras. En las otras catorce neveras pervivían más infectados tratados con el mismo antídoto pero que se encontraban aislados de los humanos que habían sido sus protectores.

    Por fin, alguien del dispositivo de salvamento, el que parecía estar al mando preguntó: -¿qué ha sucedido? ¿Pueden hablar?

    -Soy... soy la doctora Gracia Simón. No nos mateis. No os haremos ningún daño. He conseguido un antídoto que puede revertir algunos de los síntomas y en otros casos... evi... evitar que los zombies coman carne humana viva. Por favor, dennos algo de comer... Llevamos dos meses aquí y hemos tenido que alimentarnos de ocho de nuestros compañeros que han muerto por causas naturales. Soy... soy...la doctora Simón... -enfatizó con mucha dificultad y vocalizando como pudo. Les enseñaba una probeta que llevaba sujeta a la mano derecha. Con la otra acariciaba a Mortuorion para tranquilizarlo. De los ojos del primer zombi bueno brotaban lágrimas de emoción. 


    -Tranquilícese, señora, digo, doctora. Les daremos comida. Les atenderá un equipo médico móvil. Tranquilícense.
    -Somos... somos... pacíficos... dijo Jose.

    -¿Les han mordido?
    -Solo a cinco de nosotros, a mí no, como puede ver, pero el efecto del antídoto ha impedido que evolucione la enfermedad hacia la no vida. A la doctora la han mordido pero ya ve que conserva toda su lucidez. Es mi novia. No la hagan daño, por favor. Ella, con su inteligencia, valentía y buena voluntad puede salvar a mucha gente. Nosotros, los que quedamos, estamos más o menos bien gracias a ella.

    -Les entiendo. Soy francés pero sé hablar español, expresó el comandante en jefe. En Europa ha sido menos virulento que en otras partes del mundo. Hay numerosos equipos de salvamento recorriendo la geografía internacional. Han tenido suerte. Mucha suerte.

    -Y ustedes también- señaló la doctora con desconfianza- si se portan bien, si. Ustedes lograrán disponer de la misma suerte que nosotros solo si cooperan conmigo. El virus es mutable. Muta. Dentro de equis tiempo, si no administramos dosis a la gente, no se sabe qué puede ocurrir.

    -¿Y por qué debería de creerla, señorita? 

    -Póngame a prueba y pondrá a prueba a toda la humanidad.

    El superior militar encargó a uno de los suyos que recogieran cualquier probeta de antídoto que vieran del laboratorio.

    -Llevaros a la señora y que la atiendan. Del resto me encargo yo, ordenó en un perfecto inglés norteamericano el comandante en jefe. Cuando se llevaron a la doctora Gracia, sacó su pistola y apuntando dió la consigna a sus hombres: "fuego a discreción".

    Clan of Ximox - Stranger
    LETRA
    Ahora me siento como un extraño
    cuando te mire a los ojos
    cuando miro a tus ojos
    solo camina, no hables.

    Así que vamos a caminar 
    de un lado a otro
    mientras no hablemos
    cara a cara



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    Este Post Está Escrito Por:

    Marisa Doménech Castillo

    Soy la autora de este blog y bloguera desde 2014. Y fue un flechazo; casi por casualidad, porque fue trasteando por internet, cuando ví la posibilidad de crearme un sitio para escribir. Ahora, tras mucho trabajo de documentación en marketing digital, a mi nivel, claro, y también de búsqueda de información temática, he decidido iniciar mis pinitos como redactora de contenidos o freelance, como prefiráis, es decir, profesionalmente. Si bien, ya he colaborado con algún blog/web. En realidad soy activista política.BIO @NuevoItaca  E-MailEspero que vuestro paso por aquí sea lo más agradable posible para vosotros/as.
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