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ALEGORIA DEL MEDITERRANEO LEVANTINO DE SOROLLA


Dignifico a mi amado Mar Mediterráneo con una mirada lánguida pero serenamente apreciada. Como en un ensueño alegórico. Desde un Jardín de Las Delicias particular, cohesionado con el Sol y las estampas paisajísticas propias de los cuadros de Sorolla, con esas mujeres de blanco paseando por la playa, niños desnudos curtiéndose bajo la iluminación estelar de la mañana y los pescadores echando sus redes en las tranquilas aguas. Enfrente, las casas de madera y de barro, arquitectónicamente trabajadas, semejantes a la artesanía articulada por las manos de un orfrebre y desde las cuales se podían divisar a la perfección lo que el mismo pintor elaboró plásticamente de forma magistral, los reflejos de la luz en el agua. Pareciera que su salinidad se personificase en mis papilas gustativas, que los ojos fuesen la fuente del deseo primigenio, que mis manos alcanzasen la magnificencia de las olas desplegadas alrededor de las barcas de bajamar en su acotado y localista viaje costero. Y resplandecían esas cabañas impresionistas, reflejo de una realidad casi mística, pero verdadera en su apariencia y materialidad, hechas igual que la suya, aquella morada de la Casa dels Bous, utilizada para resguardar los bueyes y otros animales que transportaban la barcas hasta orilla del mar; dicha casa, la cual, refulguraba encendida como una visión cosmoestelar, se ubicaba limítrofe con la playa, en primera línea de la luminidad, efecto resolutorio en sus lienzos y vivo retrato de la vida y de sus gentes allá entre el puente de finales del XIX y principios del XX. Porque con el artista plástico por antonomasia de Valencia no murió su esencia, sino que se proyectó en el recuerdo ancestral y anacrónico de la posteridad. Yo recojo el testigo, mientras lanzo una ofensiva al futuro y al desnorte de las tradiciones autóctonas en una etapa de división y enfrentamiento, sentada en mi mecedora, pintando un cuadro sobre otro cuadro interior que desgaje progresivamente el devenir del arte, la cultura y el justo placer.


Como decía, me encuentro en plena efervescencia lectora y visual, aquí en la Malvarrosa sublimada y nostálgica. Enmedio de la arena y el calor pausado que mece mis laboriosas lecturas y apuntes. Desde un encuadre perfecto, el perfecto lienzo de una plasmación, virtual, virtuosa y pragmática. Mi casa ahora es una más del escenario estructural costero, la de esta antigua zona de humedales que hacia 1848 tomó como propiedad un francés, Félix Robillard, quien trabajaba en el Botánico.

El privilegiado rincón adoptó el nombre de Malva-Rosa en honor a las flores que cultivó Robillard, jazmines, rosas y este tipo de geranio que le dió nombre a la plantación, una vez hubo desecado el terreno y pudo hacerlas florecer.

Hasta que la gente bien situada empezó a visitar el lugar y establecerlo como un sitio para el relax y el descanso. Por fin, en 1902, Joaquín Sorolla edificó su chalet tradicional. Esas casas bajitas y bañadas cariñosamente por la brisa y el salitre son todo un compendio histórico. Junto a las cabañas construidas por pescadores, convivían pequeños palacetes y villas decimonónicas de enorme relevancia para sus moradores. Sentimental sencillez frente a sofisticación pudiente. Patrimonio social, artístico e histórico que conservo en mi autoalegoría ensoñadora como el reflejo de lo que fue una vez y de lo que ya no queda apenas nada en el estrato de la realidad del siglo XXI, frente al proyecto de demolición y de remodelación, transformador del clásico arte costumbrista en nuevas casas modernas, grandes palacios y chalets ultraurbanizados y aun cuando el pasado aguante, representado por casitas semirruinosas. Triste panorama el de la especulación urbanística, la ley del suelo no perdona. 


Frente a mí, como en un flashback, se encuentran varios niños con la piel muy morena jugando con las olas ectoplasmáticas, embellecidas como una sombra celeste. Varios pescadores degustan una paella y las mujeres con vestidos tersos y de líneas rectas y escuetas, con sus sombrillas, marchan en grupo bañándose los pies en la orilla. Otro grupo de niñas se dirijen hacia donde está su nurse que sujeta a otro infante, vestidas ellas graciosamente con sus camisones de baño, amplios y acariciados por el viento matutino. Nada mejor para los malos humores y los transtornos anímicos del alma, pues ya lo decían los médicos de la época.


Más de 2.000 recreaciones y escenarios se vislumbran ante mis ojos. No puedo por más sentir una admiración profunda. Estructuras pictóricas emblemáticas que se contornean como si todavía estuviesen vivas. Como yo y mis vivencias dormidas, aterciopeladamente mortecinas. Canta, siente, se expresa mi espectro etéreo, exequo con el recuerdo originario del paisaje del Mare Nostrum levantino.

Entonces rememoro aquello que dijo el artista: 
“¡El agua era de un azul tan fino! Y la vibración de la luz era una locura. He presenciado el regreso de la pesca: las hermosas velas, los grupos de pescadores, las luces de mil colores reflejándose en el mar… me proporcionaron un rato difícil de olvidar.”

Me marcho decidida en el Tranvía para visitar la Calle Pavía, atravesándola en dirección recorrido hasta su casa natal, donde nació Sorolla, el número 8 de la calle de las Mantas. Muy próxima a ella tenemos la céntrica Iglesia de Santa Catalina, donde fue bautizado e igualmente cercana, la Iglesia de San Martín, lugar donde se casó con Clotilde García. Mis pasos flotantes, que no alcanzan siquiera a acariciar el asfalto, pues son especialmente volátiles, me empujan a sobrevolar la calle, conduciéndome ahora a la Lonja, La Lonja de la Seda; sus escaleras fueron inmortalizadas en el cuadro "El Grito del Palleter" ¿Y cómo no acudir al Círculo de Bellas Artes, del que Sorolla fue socio? Allí mismo, tras mi sideral paseo, en los alrededores del Palacio Gótico de la calle Cadirers, casi rompo a llorar de emoción. Pero me detengo, porque las ánimas transfiguradas, debemos ostentar un ánimo emocional contenido tendente a la serenidad crepuscular, por analogía, celestial, similar a esos amaneceres puros y nítidos, tan naturales como universales donde renace un nuevo ciclo.

Y con un chasquido de dedos, lanzando al aire una voluntad acérrima, angelical, regreso a las arenas de mi Mediterráneo clásico. Acabo de ver, además, la calle Las Barcas, en honor a él, La Catedral, siendo ésta una de sus primeras inspiraciones pictóricas. También el Ayuntamiento, El Palacio de La Exposición, donde participó Sorolla mostrando sus cuadros...

La felicidad es un estado. No hay otro modo de entender el paso del tiempo y el trascender más allá de la perpetuidad de la memoria. Así que le pregunto a un pescador de bajura: 

-¿Como ha ido hoy? 
Y me responde granjeándose una sonrisa en su rostro, noble y exhuberante, de oreja a oreja: 
-Senyoreta, tot be avui ¿Vol pujar? (Señorita, todo bien hoy ¿Quiere subir?) 
-Encantada. Y dígame: ¿es esto el cielo, buen hombre? 
La sentencia fue unánime para ambos: 
-Si, senyoreta. 
-Me lo imaginaba así. Moltes gracies.

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Este Post Está Escrito Por:

Marisa Doménech Castillo

Soy la autora de este blog y bloguera desde 2014. Y fue un flechazo; casi por casualidad, porque fue trasteando por internet, cuando ví la posibilidad de crearme un sitio para escribir. Ahora, tras mucho trabajo de documentación en marketing digital, a mi nivel, claro, y también de búsqueda de información temática, he decidido iniciar mis pinitos como redactora de contenidos o freelance, como prefiráis, es decir, profesionalmente. Si bien, ya he colaborado con algún blog/web. En realidad soy activista política.BIO @NuevoItaca  E-MailEspero que vuestro paso por aquí sea lo más agradable posible para vosotros/as.

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